Estructura flexible. Templo y envase. Revoltijo de células insurrectas. Albergue de órganos silenciosos que se aplican a sus funciones como obedientes soldados. Manojo de huesos y músculos y tendones y nervios y arterias. Vehículo y canal. Territorio inconmensurable del alma o cárcel en la que, enjaulado entre costillas, el corazón sobrevive. Límite entre lo privado y lo público, entre el adentro y el afuera con la piel como delicada armadura. Lugar del dar y del recibir, allí donde el intercambio se concreta en un abrazo. Entero, perfecto, autónomo y, aún así, en la eterna búsqueda de hacerse uno con otro.
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6/13/2008
6/02/2008
La vida en cien palabras – Los vencimientos
Una pila de papeles: luz, gas, agua, teléfono, declaraciones de impuestos. Documentos personales: el registro de conducir, la cédula. Vacunas: polio, tétanos, hepatitis, meningitis, sarampión, viruela. Envases de alimentos: leche, pan, manteca, queso, yogur, mostaza, mayonesa, cubos de caldo, sobres de sopas instantáneas. Varios: pilas, baterías, tickets de descuento, promociones, beneficios, credenciales, tarjetas de crédito. Remedios para el cuerpo. Remedios del alma. Sentimientos. Relaciones. Todo termina mostrando su fecha de vencimiento. Esa fina línea que lo separa de lo seguro. Un día señalado para un final previsto. Todo parece caducar, rendirse al tiempo. Hasta el amor y la vida misma.
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5/30/2008
La vida en cien palabras – El silencio
El teléfono deja de sonar. La lluvia no repiquetea en las veredas. Las hojas de los árboles están quietas. La heladera detiene su zumbido. Las palabras se ahogan. Los diálogos se cortan. Todo entra en una calma espesa y tensa. Todo es humo blanco o frío de cristal. Miradas mudas. Fuego que es brasa y no crepita. Gritos proferidos en el vacío de un laboratorio. Como ensayo. Como prueba. Sin error. Corazones acallados, detenidos. Relojes digitales. Latidos y tic-tacs que ya no son. Las bocas y el aire coinciden: no emitir, no transmitir. Entonces lastima, como una fiera, el silencio.
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5/24/2008
La vida en cien palabras – La cena
Lava, corta, ordena, pica, planifica, vuelve a lavar, va hacia la heladera, saca un nuevo ingrediente, lava, corta, ordena, pica, planifica. Llora cebollas. Ríe albahaca. Los dedos ágiles. La luna en la ventana. Y zambulle todo en la olla. Huele suspiros de golosa plenitud. Sonríe. Revuelve. Revuelve. Sonríe. Respira los borbotones de la salsa. Y revuelve. Y sonríe. Imagina los pasos ansiosos, el tintineo de las copas, el choque metálico de los cubiertos. Servilletas como palomas. Pan y vino. La sencilla alegría de una cena que aún no ha comenzado pero que ella lleva largo tiempo preparando en su corazón.
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La vida en cien palabras – Amor
Sólo recuerda el perfume persistente de la lluvia. Y la lejana claridad de un amanecer. Habían estado hablando durante horas. De todo. De nada. Del tiempo. De la eternidad. Hasta que súbitamente ella se puso de pie y dejó la habitación. Entonces él se sintió solo. Aún sabiéndola del otro lado de la puerta. Aún consciente de que volvería en apenas minutos tal vez con una nueva copa de vino, tal vez sonriendo, tal vez… Pero él había conocido esa soledad instantánea y profunda. Y supo que no quería en su vida ese sentimiento helado. Y supo cuánto la amaba.
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