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8/18/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – V

La publicación de las notas en el sitio web despertó cataratas de comentarios en favor y en contra. Los primeros fueron expuestos; los segundos, cuidadosamente omitidos. También se recibieron numerosas solicitudes de trabajo, cosa común cuando algunos advierten que un viejo amigo está a punto de acceder a una posición legislativa y deciden reavivar un vínculo agonizante para sacar, ellos también, su tajada de la tajada ajena. El gesto del candidato al leer los pedidos de empleo no dejaba lugar a dudas: jamás les haría lugar. Para terminar de mostrar la hilacha, una confusión de nombres hizo que llegara a mi casilla de e-mail la respuesta a un correo enviado por un viejo amor en el cual el señor felizmente casado exponía sus armas de seducción invitándome –en realidad invitaba a la dama con mi nombre– a un encuentro furtivo que le diera cauce al exceso de adrenalina que produce el proceso electoral.
La funcionaria, en cambio, hizo un súbito giro en su actitud y desistió, sin que mediara explicación, de todos los emprendimientos que teníamos planificados. Los folletos, que ya habían sido impresos, se transformaron en una montaña de papel inservible. La fabricación de los kits para la ancianidad pudo ser detenida sin mayores costos. Y el matarial fílmico quedó arrumbado en un rincón. Apenas un mes más tarde, los medios informaron de un acuerdo entre la abanderada de los gerontes y un viejo zorro del partido gobernante. Las fotos los mostraban alzando las manos eufóricamente en señal de victoria.
Mis recuerdos entrecruzados dicen que dos historias diferentes pueden no ser tan diferentes y tener un mismo final. Ambos funcionarios lograron su cometido. El señor del ente ocupó su banca en el Congreso. La benefactora de los viejitos siguió escalando posiciones, esta vez bajo el ala de otro cacique.

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – IV

Con el dinero de esas partidas que habían estado olvidadas, armamos un equipo para producir el material que llevaría a la funcionaria al estrellato. Fotografías en las que se la vería en las calles de su pueblo, rodeada de adeptos de la tercera edad con cara de feliz cumpleaños para ilustrar las portadas de los folletos; un cámara siguiéndola en todo momento para engrosar el material fílmico de archivo que se ofrecería a los medios y que, en un futuro no muy lejano, se editaría para ser aplicado a un video que destacara los logros de su gestión; diseñadores que crearían un kit de manualidades a las mujeres de más de sesenta años y uno de cartas españolas con tanteadores para diversos juegos a los hombres de más de setenta. El día señalado para la producción fotográfica y fílmica, la funcionaria nos recibió en su casa. Llegamos con el auto al portón de hierro, único intervalo en el enorme paredón que aislaba la casa del caserío de chapas circundante; un hombre de mediana edad lo abrió y nos indicó con gestos que siguiéramos hasta el final del camino de cemento. Una vez allí, descendimos. En la puerta de lo que llamó “el quincho” nos esperaba la funcionaria. Se acercó con una enorme sonrisa, copa en mano, haciendo equilibrio sobre los tacos altos. Nos dio la bienvenida y nos invitó a entrar. “El quincho”, construido en ladrillo y con techo de tejas, era un lugar acogedor que despertó nuestra admiración. Fue imposible sustraerse al contraste entre el barrio paupérrimo que rodeaba la casa y el interior suntuoso. Baste decir, para dar una idea del lujo, que en las paredes colgaban cuadros de firmas que provocaban escalofríos y que, a poco de llegar, una mucama de uniforme negro y guantes blancos se acercó a cada uno de los presentes para ofrecernos una copa de lo mismo que bebía la funcionaria: Veuve Clicquot.
Entre risas y burbujas, le preguntamos a la funcionaria si no temía por su seguridad y la de sus bienes, a lo que respondió que “de ninguna manera, los pobres son mi protección”. Un rato después acordamos salir a la zona céntrica del pueblo para hacer unas fotos. Al llegar a la plaza –típica escenografía pueblerina: plaza, iglesia, correo, comisaría y dependencias públicas– un grupo de ancianos se acercó a nosotros. El ánimo era festivo y parecía importarles poco el rigor de la tarde invernal. Intentaban darle un beso o estrechar la mano de la funcionaria. La mayor parte se dirigía a ella llamándola por el apodo familiar: “Mechi”. Y “Mechi” prodigaba sonrisas y abrazos mientras el fotógrafo registraba cada gesto. Viéndola desenvolverse en medio de la gente, sonreír estratégicamente a la cámara que la seguía y derramar expresiones de cariño en el momento exacto de ser fotografiada no quedaba duda alguna acerca de cuál era su modelo de liderazgo. Una mirada algo más atenta permitía advertir cómo, una vez fotografiados, los ancianos se alejaban hacia una suerte de puesto de comidas y bebidas improvisado en la esquina opuesta de la plaza para retirarse munidos de sandwiches y gaseosas. Finalizada la jornada de filmación y con una importante cantidad de tomas fotográficas, volvimos al quincho donde nos esperaba un asado monumental. Ya entrada la madrugada nos retiramos de la casa de la funcionaria. Cuando nuestro auto se alejaba del portón vimos cómo uno de los jardineros sacaba a la calle gran cantidad de sobras de comida y los “protectores” se acercaban rápidamente a cobrar su parte del festín.

7/27/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – III

Lo que tenía entre manos, concluí, no era muy diferente. Al menos hasta ese momento. Dos días después ya estaba inmersa en la organización de la tarea: acciones de prensa en medios gráficos, un website de actualización diaria que estaría vigente hasta la semana posterior a las elecciones –cosa de recibir las felicitaciones y agradecimientos– y, por supuesto, los insoslayables envíos de mails a las bases de datos “provistas” por empresas y organizaciones. Para que todo eso pudiera concretarse, nos reunimos en el ente (en, no con) a discutir acerca de las secciones, los temas y el orden de las notas. Una sección se dedicaría tanto a contestar los “agravios” –a la persona del candidato, a otros candidatos, al partido, a quienes ya se desempeñaban en la función pública y siguen las firmas– vertidos en los medios masivos como a señalar las omisiones de información, también consideradas ofensas. Por mucho que traté, no pude convencer al candidato de que ese espacio debía llamarse “Síganme los buenos”. Para mi asombro, no lo rechazó por ridículo sino porque “¿Sabés? La asociación con el color rojo… mmm… no me parece que vaya con lo nuestro”, y se decidió por una obviedad: “El lado verdadero”. Otra sección, estúpida y pseudopoéticamente llamada “Proyectos cumplidos y sueños por cumplir”, daría cuenta del desempeño del candidato en la actividad privada, sus logros y asignaturas pendientes porque, tal como lo había dicho en nuestra primera reunión, para él la tarea legislativa sólo tenía como fin asegurarse el retiro. El tercer espacio, que en mi cabeza quedó grabado como “Qué voy a ser cuando sea grande” pero que en realidad se llamó “Legislar para todos”, tenía como objetivo mostrar la creatividad del candidato en cuanto a proyectos a presentar ni bien confirmado en su función. A todo esto se sumaban las cosas básicas: mail de contacto, formulario para recibir newsletter, etc. Y mi trabajo, era llenar esos espacios recién definidos con notas y reflexiones (¡reflexiones!). Lo que hasta ese momento me había parecido un trabajo pobre y fácil, se transformó, merced a las demandas de la estructura partidaria, en el más grande de los desafíos que se le pueda exigir a la imaginación de una persona. Mi primera nota estuvo dedicada a fundamentar el explícito, y persistentemente desoído por casi todos los medios de comunicación, deseo de la Primera Dama de no ser llamada Primera Dama. En la segunda, debía justificar el clientelismo político de manera tal que la mayoría de los lectores se sintieran compelidos a aceptarlo –y loarlo– como muestra de conciencia social. Mientras las redactaba, mi voz interior vigilante me inquiría por qué me prestaba a semejante barbaridad y mi voz interior inescrupulosa la acallaba gritando que si no era yo, alguien más lo iba a hacer. Y ganaron los gritos.

7/25/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – II

Mientras caminaba por la vereda angosta, cubierta de desechos de oficinas que aún no habían sido recolectados, no pude eludir los recuerdos de aquella otra historia. Una mujer, funcionaria del Ejecutivo de una provincia lejana, había descubierto que su dependencia contaba con una abultada partida presupuestaria, acumulada a través de varios ejercicios fiscales, que, según una ley provincial, debía ser destinada a beneficios no jubilatorios para la tercera edad. El monto del presupuesto, a simple vista, permitiría mejorar de manera sensible los servicios de salud y diseñar programas de actividades recreativas, ocupacionales, educativas y vacacionales. En una provincia chica, eso significaba una ancianidad saludable y feliz. Mientras la funcionaria me explicaba todo esto, imaginé haber sido convocada para elaborar un plan estratégico de inversión de esos recursos. Mi fantasía me llevó a pensar que, por una vez, mi trabajo estaría destinado a la gloria: el bien público por encima de las ambiciones personales, la entrega por sobre la mezquindad, la vocación de servicio venciendo al servilismo. Soñé. Dos minutos después, arriaba las banderas del idealismo y no sin cierta vergüenza guardaba los “trapos” para mejor ocasión.
–La cosa es así: –me dijo la funcionaria- tenemos una oportunidad inmejorable para lanzar mi carrera por la gobernación. Usted estará de acuerdo conmigo en que no se puede entregar todo este dinero sin sacar algún beneficio…
Un súbito ataque de amnesia había sacado del horizonte de la funcionaria al entonces gobernador y candidato a la reelección, su padrino político, el hombre que la había designado y al cual ella había respondido con fidelidad hasta ese momento.
–Imaginate, –siguió– cientos de miles de volantes con mi foto en cada centro de jubilados, en cada hospital, con cada recibo de jubilación.
Imaginé. Una campaña subrepticia, sin afiches, sin grandes despliegues visibles, sin spots televisivos pero con la funcionaria metida en la mayoría de las casas, reportajes en todos los medios, acciones telefónicas y presencia en pequeños actos de donación, presentación e inauguración que, multiplicados, daban una tasa de penetración absolutamente increíble. Un trabajo de hormiga con resultados monumentales.
Si hay algo que, sin lugar a dudas, estorba a mi desempeño como fantasma es la expresividad de mi cara. Veo el paño verde, las fichitas de colores, los naipes franceses. Entiendo el juego, las combinaciones de cartas y palos, las diferentes figuras y el sistema de apuestas. Pero no tengo cara de póker. Cualquiera puede descifrar por mis gestos si tengo escalera real o apenas un par de sietes. Y, como era previsible, se vino la excusa:
–El ya está hecho… Además, si no me busco mi lugar nadie va a venir a dármelo. Esto, mi querida, no es un jardín de infantes.

7/24/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – I

Después de un tiempo alejada de la actividad de fantasma, regresé no hace mucho convocada para realizar la campaña personal del responsable de un ente –las interpretaciones de "responsable" y "ente" corren por cuenta del lector– que pretendía saltar de la posición que tenía a otra que, según dijo, le asegurara "una buena jubilación, ¿viste?". El personaje en cuestión y yo nos habíamos conocido años atrás mientras él comenzaba su carrera al estrellato como asesor de un candidato y yo, cuándo no, era la mujer invisible. Eran otras épocas, claro. Para él, de vacas flacas arañando apenas los rebotes de los flashes. Para mí, de sentirme poderoso monje negro de una naciente megaorganización.
Nuestro primer encuentro para conversar acerca del trabajo que me esperaba fue en su departamento, situado en un barrio céntrico pero sin ninguna pretensión. Por lo que pude ver, sus días de bohemia e idealismo habían quedado del lado de afuera de la puerta: los pocos ambientes a los que tuve acceso mostraban muebles antiguos, fotografías con importantes personalidades, obras de arte no menos importantes y recuerdos de numerosos viajes por el mundo. Su aspecto, cuidado y con un estilo muy diferente al que yo podía recordar, también denunciaba la bonanza de su presente.
Con una actitud zen que no le había conocido antes, ordenó té en hebras para ambos. Mientras yo me preguntaba cómo iba a hacer funcionar mi cabeza sin la imprescindible dosis de cafeína, comenzó a hablar de sus logros, de sus nuevos patrones, del acceso directo que tenía a las más altas esferas del gobierno de turno. Como, al parecer, mi rostro no le devolvía la expresión admirativa que él esperaba sino una mueca que le permitía inferir que yo estaba pensando algo cercano al "somos pocos y nos conocemos", calentándose las manos con la taza de té, susurró:
–De aquello, nada.
Comprendí que en su curriculum habría un portentoso hueco y que, como testigo de lo omitido, se me solicitaba, una vez más, silencio. Finalmente, dado que sus actividades en la entidad que presidía lo reclamaban con urgencia, acordamos cuáles serían las acciones, con qué tiempo contábamos para llevarlas a cabo y los honorarios profesionales que me correspondían.
Ya en la puerta de calle, antes de despedirnos, me dijo:
–Dale tus datos a mi secretaria... es para que arme el contrato.
Sentí que la saliva no me pasaba por la garganta al comprender que la ciudadanía –y yo misma– se estaría haciendo cargo de mi remuneración y me asaltó una imagen parecida a un déjà vu. Bajo otro rostro y en otro lugar, el pasado insistía en volver.

6/13/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad VII Balance y memoria

Luego de todas las peripecias habidas y por haber generadas por la renuencia de la Junta Nacional Electoral a aprobar las boletas que debían estar en el cuarto oscuro de cada mesa de toda la Nación, finalmente, habíamos llegado a los últimos días antes del comicio con el siguiente balance:
Una nueva pareja formada por el jefe de campaña y la candidata joven y bonita.
Una candidata “camionera” que había resistido como tal los embates del “langa”.
Un “langa” que había sido puesto en caja por la que, aunque por poco tiempo más, todavía era su esposa.
Un amontonamiento deforme de mascarones de proa que ya estaban pensando en nuevas alianzas y rejuntes, visto que se habían resignado los cargos legislativos de la Ciudad de Buenos Aires.
Un ex integrante del Poder Judicial que estaba dispuesto a repartir un pedazo de la torta.
Un candidato principal obeso –lo mío no es hambre, es ansiedad– casi tuerto a manos de su sacrosanta esposa y carcelera.
Un candidato iguana que se quedó con la mejor parte del asado y, por las dudas, lo escupió para que a nadie más se le ocurriera probarlo.
Una banda de sociólogos, psicólogos y creativos casi desempleados y sin invitación para los festejos postelectorales en un conocido hotel céntrico.
Un envido perdido y un truco no querido, muy lejos del uno por uno es negocio.
El saldo personal para mí fue que el día de las elecciones, cuando me metí en el cuarto oscuro, supe que algo de mi candidez democrática se había perdido para siempre. Me tomé mi tiempo, miré una por una las boletas mientras imaginaba las alternativas que todos habrían tenido que atravesar para que esos papelitos estuviesen apilados sobre las mesas. Supuse otras nuevas parejas, otras mujeres sisebutas, otros candidatos paranoicos, babosos o ventajeros. Di por sentado que tras todas esas listas se escondía la misma ausencia de ideas, de debates, de propuestas. Hasta que me golpearon la puerta. Entonces busqué en mi cartera un pedazo de hoja de cuaderno cuadriculado, de uno de esos en los que me había pasado meses anotando sandeces sobre el que garabateé un “yo sé que todos mienten” bien grande. Luego lo doblé, lo puse en el sobre y, sin volver la vista atrás, salí del aula.

6/10/2007

Memorias del fantasma: La invención de la realidad VI De gurú a cuatro de copas

Faltando unas pocas semanas para las elecciones, cada vez se me complicaba más ser un fantasma. Un poco era porque, con la multiplicación de las apariciones públicas de los candidatos, yo vivía a un ritmo enloquecedor, tratando de no perderme entre las nubes de periodistas, fotógrafos y camarógrafos que, además, no debían advertirme; sin olvidar el ejército de guardaespaldas que estaba al servicio de los peces gordos y sus allegados, entre los que, ¡oh, dioses del Olimpo!, tenía el honor de contarme. El otro poco, que en realidad era mucho, se debió a que, seguramente por cuestiones de fragilidad emocional que no me corresponde analizar, los políticos me habían adoptado como una suerte de consejera integral en cuestiones de la índole más variada. Aunque, si lo pienso bien, esa elección tuvo que ver también con mi capacidad innata de hacer de cuenta que escucho con atención mientras en realidad estoy pensando en lo que voy a cocinar cuando llegue a casa. Lo cierto es que, haya sido por lo que haya sido, mi lugar de escribiente silenciosa se tornó en el de casi indispensable gurú que recibía consultas sobre vestimentas, cortes de cabello, lugares discretos para un “almuerzo de trabajo”, estado de las rutas, cronogramas de filmación y grabación, colores de bases de maquillaje y, debido al aumento inocultable del ya prominente abdomen del principal candidato, opciones de dietas, programas de ejercicios e implementación de trucos para que en las tomas fotográficas y entrevistas la considerable busarda no ocupase el primer plano.
Sin embargo, una importante alianza preelectoral de último momento requirió de mi vieja costumbre de observar y anotar en las reuniones, cosa que me provocó alguna satisfacción porque me permitía eludir el estado de excitación que todos padecían en ese momento.
Reunidos en la sede del partido que había manifestado su voluntad de sumarse a “Todos para adelante”, los líderes de ambos movimientos, algunos consultores de los entornos más próximos, los jefes de campaña y yo, cuaderno y lápiz en mano, comenzamos con el encuentro en el cual se pactaría la distribución de los cargos. Como de costumbre, no fui presentada a los convocantes y, desde mi rincón, me apliqué a la tarea de relevamiento de rostros y palabras. Si nuestro jefe de campaña era mitad jefe de campaña y mitad adolescente enamorado de la bonita candidata joven, el jefe de campaña del otro partido era un cuarto de jefe de campaña y tres cuartos de tinto en damajuana. El rostro hinchado, los ojos enrojecidos, el infernal aliento etílico y su hablar empastado no dejaban lugar a dudas acerca de la afición al trago de quien había sido introducido como el máximo referente a la hora de las decisiones. El líder de esa agrupación, cuyo lugarteniente y cuñado tenía un indudable aspecto de gremialista, era un hombre blancuzco y con aspecto frágil; de mirada perdida y piel escamosa, transmitía menos calidez que un reptil.
El líder de “Todos para adelante”, por su parte, parecía haber entrado en un estado de deseperación al advertir que sobre la mesa no había nada que pudiera engullir para calmar su permanente angustia oral.
Llevaba yo unos minutos escribiendo mis impresiones cuando comenzaron a tratarse las cuestiones relativas a la repartija de cargos y la negociación se tornó áspera. En un tardío ataque de lucidez, el hombre iguana advirtió mi presencia:
–¿Quién es ella?, –dijo mirándome con sus ojos fríos, –¿Y qué está anotando? ¡Que no anote más! ¡Esto es inconcebible!
Una vez más, los rasgos paranoides de la clase política se ponían de manifiesto. Los “Todos para adelante” cruzamos miradas y, comprendiendo que la reunión no continuaría si yo persistía en tomar notas, guardé la lapicera en mi bolso y me dispuse a seguir escuchando y, esta vez, memorizando.
El jefe de campaña enamorado intentó una respuesta aplacatoria:
–La señora es…
Pero el jefe de campaña etílico lo interrumpió con un balbuceo que quiso ser tajante:
–Es un cuatro de copas. Y nosotros no hablamos con… ni para… ningún cuatro de copas.
No necesité apelar a ningún profundo conocimiento del juego de truco para darme cuenta de que el mentado cuatro inservible era yo. Tampoco fue difícil comprender que estaba rodeada de anchos falsos capaces de gritar quiero vale cuatro sólo para hacer arrugar al contrincante.
Meter presión fue la estrategia elegida por el reptil. Sus condiciones para sumarse a “Todos para adelante” fueron más que claras: resignaría los cargos electivos nacionales para conservar solamente los de la Capital. Cambiaba un máximo de cuatro diputados por el nada despreciable número de diez legisladores de la ciudad. En ese partido sin cartas bravas, el envido sería, al parecer, la mano ganadora. Y cuando en candidato iguana, de puro macho, cantó treinta el candidato ansioso, de puro cagón, en vez de echarle la falta se guardó sus veinticuatro sin decir palabra.

5/30/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad V Feria de vanidades

Tiempo después, con la alianza ya legalmente constituida, los equipos que hasta ese momento habían trabajado en diferentes lugares se mudaron a la sede oficial de “Todos para adelante”. Allí marché yo también a vivir la experiencia de estar todos bajo el mismo techo, respirar el aire de la campaña, sentir la adrenalina preelectoral y ver a los militantes en acción.
Lo que hasta ese momento había sido un tranquilo discurrir de los días se transformó de pronto en agitación sin respiro. Las militantes de la tercera edad, que ocupaban sus tardes llenando sobres con material promocional, entraban en nuestra área de trabajo cada hora u hora y media gritando como colegialas excitadas: “¿Llegaron los pins y las banderitas? ¿Llegaron los pins y las banderitas?”. Estaban impacientes por lucir en sus pechos el botón con la cara del “líder” y hacer flamear los colores del partido. Los integrantes de la juventud, en cambio, no mostraban interés por el merchandising sino por presentarnos regularmente los productos de su bullente creatividad que se materializaban en irrealizables proyectos de comerciales y actos multitudinarios. La salita verde, por su parte, continuaba con las reuniones semanales, mientras que cada integrante persistía en las actitudes que ya he relatado. Finalmente, en una de esas reuniones, se aprobaron los guiones para los comerciales de televisión y, unos días después, estábamos listos para filmar.
Titánica fue la tarea de juntar a los candidatos de todas las provincias. No menos arduo fue explicarles el tipo de vestimenta que tenían que llevar. Pero lo peor de todo fue recibir, una tras otra, llamadas en las que preguntaban si cremita era lo mismo que marrón, si gris oscuro daba igual que gris claro o gris topo, si negro era mejor que azul, si el cinturón, los zapatos, la corbata y el pañuelito debían combinar, confirmando que cualquier burla que yo hubiese inventado no era más que un amago de realidad, triste realidad.
Llegué a la locación a las seis de la mañana para estar mientras se armaban el set –en la sala de reuniones de una empresa– y el lugar donde se tomarían algunas fotos –en una oficina de la misma empresa–, todo especialmente acondicionado para que pareciera que los muchachos eran devotos del trabajo.
De a poco, empezaron a caer los candidatos, funda con traje en mano, listos para pasar a maquillaje. A medida que se amontonaban, el ambiente se iba haciendo más raro: al equipo de filmación, como treinta personas entre maquillaje, iluminación, cámaras, eléctricos, director y asistentes, nos sumábamos nosotros, los integrantes del equipo creativo, y a todo eso, los inminentes protagonistas de las joyas del séptimo arte que estábamos a punto de pergeñar. De todos modos, nadie perdía sus características propias. El “langa” se paseaba entre la gente con una taza de café y su invariable sonrisa; la “camionera” había venido más enjoyada que nunca; el “líder” mostraba que podía ser el capo de la alianza pero su esposa, pegada a él como estampilla y susurrándole constantemente al oído, denunciaba quién llevaba los pantalones; desde un rincón, la dama joven, devenida candidata a concejal por la gracia recibida y otorgada, le hacía sonrisitas al jefe de campaña; uno de los mascarones de proa, el del traje marrón-cremita, recitaba su parlamento en una esquina, mirando a la pared como si estuviese en penitencia. El clima era de algarabía estudiantil hasta que el director a cargo de la filmación dio la orden de comenzar y comenzó a acomodar a los actores. Luego pidió que se encendieran las luces y, tras el tradicional “se filma”, todos vimos en silencio cómo se desarrollaba el evento. Las cosas iban medianamente bien, considerando que no estábamos trabajando con profesionales, cuando un grito sacudió la escena. La esposa del “líder”, que miraba con atención en el monitor del director, sentada en el sillón del director, haciendo como que era el director, había sido presa de un ataque de histeria:
–¡Pepe! ¡Te brilla la frente! ¡Maquillaje, maquillaje!
La maquilladora, delgada, bonita y simpática, se acercó a reparar tamaña afrenta al buen gusto, seguida por la mirada llamante de la esposa que no era ni delgada ni bonita ni simpática. Y, dos minutos después, todo había vuelto a la normalidad. Casi.
–¡Pepe! ¡Tenés los ojos rojos! ¡Maquillaje, maquillaje, el colirio, rápido!, –volvió a aullar la santa esposa del "líder".

La maquilladora, delgada, bonita y simpática pero ya con cara de embole, llegó corriendo con el frasquito en la mano. Cuando se estaba acercando al “líder” para solucionar el inconveniente, la esposa del capo se le interpuso, le arrebató el milagroso Lidil y se abalanzó hacia su marido, que esperaba ya con la cabeza en alto, con tanto ímpetu que estrelló el pico del frasco contra el interior del ojo del sumiso cónyuge. Resultado: filmación suspendida por un rato y esposa saliendo “a tomar aire” por consejo del “director” que trataba por todos los medios de contener la ira del otro director.
Retomamos la tarea, sin embargo, algo había cambiado en el ánimo de los presentes. Cierto cansancio y malestar empezaba a notarse, sobre todo en los políticos que viendo lo avanzado de la hora se impacientaban por cumplir con los compromisos que llenaban sus agendas. Por fin pudimos volver a rodar. Aunque no todo iba a salir tan fácil como parecía. Uno de los candidatos tenía un parlamento de apenas cinco palabras: “Vamos a combatir la corrupción”. No podía ser más sencillo, sobre todo para alguien que, como él, había pertenecido al Poder Judicial. Pero la escena demandó más de dos horas. Toma tras toma, el tipo intentaba sin éxito decir su línea.
A la quinta vez que el contundente "Vamos a compartir la corrupción" estremeció la implacable luminosidad de los reflectores, medio equipo creativo estaba revolcándose y ahogando las risas bajo la enorme mesa de cristal; parte del equipo de filmación había salido de la sala porque no podía aguantar las carcajadas y el ánimo del director era apocalíptico; y los candidatos intercambiaban miradas de vergüenza ajena y propia. Hasta que alguien, desde el fondo de la habitación, gritó: “Bueno, che, no lo gasten, al menos el tipo quiere compartir”.

5/28/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad IV Todos para adelante

Con el correr de las reuniones de la salita verde, que seguían llevándose a cabo con regularidad cada martes y a las que yo tenía que asisitir en mi función de escribiente, los participantes empezaron a conocerme y saludarme con amabilidad. Atrás había quedado mi estupor al saber que las radios encendidas se debían a la paranoia de la clase política –después pude comprobar que casi toda la clase política sufre de la misma paranoia– que temía que sus tan importantes elucubraciones fuesen grabadas mientras una perfecta desconocida –yo, durante el primer encuentro– anotaba cada palabra que se decía en el cónclave (tal vez pensaron que la escritura me saldría con interferencias). Como observadora, por otra parte, había advertido que el incipiente acercamiento entre la dama joven y el jefe de campaña ya era un franco coqueteo en el que, por supuesto, ambos olvidaban que tenían sus respectivos cónyuges; el “langa”, en cambio, se había dado por vencido en la conquista de la “camionera”, y los mascarones de proa llegaban cada vez más temprano para ocupar los lugares próximos a donde supuestamente se sentaría el “líder”, de todos modos, nunca pude saber si lo hacían por ambición política o porque los platos de medialunas siempre quedaban de ese lado.
Por fin, un día, el nombre del nuevo partido quedó fijado como “Todos para adelante”. No me detendré a especificar el recorrido semiológico que condujo a esa elección. Sólo diré que, mientras copiaba las alternativas en mi cuadernito cuadriculado, se me ocurrieron algunos obvios mensajes de campaña del tipo: “Todos para adelante. Estamos para atrás” o “Todos para adelante así te la damos por atrás” o “Todos para adelante te deja para atrás” que seguramente, por ser tan obvios, se le iban a ocurrir a otro para poner en ridículo al partido que, por supuesto, no se llamó partido porque “partido” quiere decir “que no está entero”, sino alianza porque tenía que ver con "el compromiso, el matrimonio, la unión indisoluble". Claro que los cerebros que con tanta profundidad analizaban los contenidos estaban dejando de lado lo nefasto que, en un pasado reciente, había resultado ese modelo de amontonamiento provisorio.
Casi al final de la reunión, el “líder” hizo un emocionado brindis celebrando “el bautismo del nuevo movimiento que sumaría a sus filas a las mayorías silenciosas y hartas de la corrupción” y todos aplaudieron de pie. Antes de retirarnos también quedaron definidas las líneas de campaña sobre las que habría que apoyar toda la producción discursiva: las primarias eran corrupción, seguridad y desempleo –¿alguna vez fueron otras?– y las secundarias, educación y salud. ¡Oh, Dios mío!
Si algo me alegraba, en medio de semejante pobreza de nombre y de ideas, era saber que de ahí en más yo tendría que dejar de anotar para comenzar a pensar en estrategias de campaña. ¡Cuánto me equivocaba! No sólo no dejé de anotar sino que, además, tuve que comenzar a pensar estrategias de campaña, bases fundacionales de la alianza, propuestas concretas para los potenciales legisladores, materiales de promoción y comerciales de televisión y radio.
Mientras yo empezaba a pensar todo eso, las investigaciones continuaban y los asesores legales de la nueva agrupación se dedicaban a hacer todos los trámites necesarios para la obtención de la personería jurídica que les permitiría contar con los beneficios que favorecen la actividad política: presupuesto, desgravaciones impositivas varias, segundos gratuitos de televisión y radio –el famoso “espacio cedido a los partidos políticos” que nos atormenta la tanda durante las campañas electorales–, y la remuneración por cada sufragio, a cobrar luego del comicio; sin contar con los desinteresados aportes de empresas y organizaciones que servirían para pagar, entre otras cosas, los honorarios del equipo creativo del que yo ya era parte.
Para la redacción de las bases me sugirieron que interiorizara acerca de dichos y expresiones de los fundadores de la Nación –se referían al país, no al diario– que servirían también para hacer toda la gráfica de lanzamiento de la joven –¿joven?– agrupación. Obediente, me sumergí en la lectura de documentos y textos históricos desde la mal llamada Revolución de Mayo hasta la también mal llamada Revolución Libertadora. Cuando pregunté al jefe de campaña cuáles eran las personalidades que debían estar excluidas en la búsqueda me contestó con tono ofendido que yo debería saber que estábamos “formando una alianza inclusiva y plural” y que nuestra comunicación tenía que “mostrar el grado de apertura, innovación y modernidad más allá de cualquier diferencia estereotipada y dejando atrás los prejuicios del pasado”. Salí de su oficina preguntándome si me había invitado a incluir la palabra de Evita o si estaba justificando su apasionado romance con la dama joven.

5/27/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad III Llevo en mis oídos...

Llegamos a la reunión con media hora de retraso, lo que para el “director” –siempre fiel al “estoy llegando”– era un verdadero record de puntualidad. Entramos en la sala donde parte de la plana mayor estaba ubicada. Me llamó la atención ver algunas caras conocidas de otros partidos y concluí que me hallaba frente a un evidente rejunte de militantes de segunda línea de partidos de segunda línea, lo cual era una ecuación peligrosamente mediocre. También había rostros nuevos para mí y, dadas las circunstancias, para desasnarme debería esperar a la finalización del cónclave.
Busqué un lugar alrededor de la enorme mesa ovalada, tratando de quedar en una posición que me permitiera cumplir con la tarea de observación y anotación que me había sido encomendada. Al rato, entró el candidato que impulsaba el curioso apelotonamiento ideológico –y que iba a constituirse en el líder– precedido de su amigo y jefe de campaña, una especie de eterno y jocoso adolescente. Entonces, casi como por obra de un milagro, se encendieron tres radios, sintonizadas en emisoras diferentes, que había en las esquinas de la habitación y, a pesar del molesto barullo que causaban y que empastaría todo el desarrollo del encuentro, hubo un suspiro de alivio generalizado.
Cuando parecía que la reunión iba a comenzar, entraron dos mozos con sendas bandejas llenas de medialunas y jarras con café y té que repartieron sobre la mesa. Hubo un momento de confusión cuando varias manos se lanzaron en búsqueda del desayuno.
El jefe de campaña, con sonrisa de chico en campamento escolar, le acercó al "líder" uno de los platos con medialunas y el "líder", ni lerdo ni perezoso, se lanzó a dar cuenta de ellas como un refugiado biafrano, mostrando que la angustia oral había pasado a ser un trastorno severo de la personalidad y que, por mucho que lo intentara, su personal trainer no podría eliminar el exceso de peso ganado a fuerza de legítimo, intenso y persistente ejercicio mandibular.
Finalmente, cuando cada asistente tuvo su ración y el silencio masticatorio se hizo general, uno de los hombres se puso de pie y comenzó el análisis de las encuestas. Tan admirables eran su histrionismo y su gracia que olvidé, tal vez porque me parecía intrascendente, que tenía que anotar todo hasta que un disimulado codazo del “director” me volvió a la tarea y, sin dejar de escribir cifras, porcentajes y variables, me encontré mirando de reojo a los presentes para advertir, no sin sorpresa, que la dama más joven intercambiaba miradas cómplices con el jefe de campaña; que uno de los mascarones de proa, viejo militante de un pequeño partido nacional, tenía una marcada actitud obsecuente hacia el devorador de medialunas; que la otra dama, más o menos de mi edad, a pesar del irreprochable traje sastre color manteca y los oros que le colgaban por todos lados, cada vez que emitía una palabra parecía un camionero; y que otro mascarón de proa con dientes recién estrenados se hacía el “langa” con una espantosa falta de disimulo.
Mientras tanto, el sociólogo –porque según me enteré después, era un sociólogo– a cargo del análisis de las encuestas terminaba su exposición diciendo que la noticia más relevante de la semana había sido el asesinato de una jovencita gracias a los veinticinco golpes de plancha propinados por su concubino. En ese momento, tomó la palabra un hombre de aspecto bastante desprolijo que se había mantenido en silencio desde el inicio de la reunión. Con una amplia sonrisa que dejaba ver los dientes oscurecidos por el exceso de nicotina, dijo ser el nuevo encargado de las encuestas cualitativas y pasó a dar unas cuantas explicaciones acerca de su modalidad de trabajo: cantidad de grupos, cantidad de personas por grupo, tiempo de duración de las entrevistas, parámetros de investigación, para luego pasar a los resultados del procesamiento. Por lo que entendí, que no era mucho, la búsqueda estaba orientada al nombre que se le debía poner al partido para que la gente se sintiese identificada y, a la hora de las urnas, votase por los candidatos. El psicólogo –porque el tipo, además de sucio, era psicólogo– hizo una exposición detallada de los sentimientos que habían generado en los integrantes de los grupos las palabras fuerza, movimiento, partido, unión, alianza, confederación y otras que no pude anotar porque me distraje con las manchas de grasa que tenía en el sweater. Luego se explayó sobre las reacciones que despertaban los términos país, pueblo, gente, nación, república, y las implicancias que tenía desde el punto de vista semiológico el uso de preposiciones que unieran ambos conceptos. Para terminar, hizo entrega de un ejemplar de la investigación al “líder” y otro al “director”. A partir de ese momento, todos empezaron a hablar al mismo tiempo como los chicos de una salita de cuatro –la salita verde, nombre que, debo confesar, quedó instituido para mi uso interno– cuando la maestra termina de contarles un cuento, y ya no hubo manera de retomar el cauce de la reunión. El “líder”, con una miga de medialuna en la barbilla, en un rapto de creatividad sublime, tiraba combinaciones azarosas de palabras para bautizar el partido; el “langa” se había acercado peligrosamente a la “camionera” enjoyada; la dama joven le hablaba casi al oído al jefe de campaña y los mascarones de proa, viendo los platos vacíos, se iban corriendo hacia la puerta para retirarse de a uno sin siquiera saludar.
Mi cabeza era un revoltijo de datos y, si no me equivocaba, el nombre más adecuado para el partido debía ser algo así como “Club de la pachanga”. Con la sala casi vacía, los sonidos de las radios dejaron de ser un murmullo para empezar a distinguirse: en el fondo, una locutora anunciaba tiempo inestable para la tarde; a mi izquierda, Shakira se preguntaba dónde están los ladrones y la voz de Luis Miguel acometía un insoportable no sé tú desde la derecha. Todo un mensaje.

5/25/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad II Precalentamiento

Esa mañana me presenté en la casa-oficina donde me esperaba un escritorio tranquilo y con todo lo que podía necesitar para desempeñar mi tarea. Como el “director” aún no había llegado y yo no tenía directivas precisas para comenzar a trabajar, pasé un largo rato ordenando las cosas a mi modo, incluidos los pensamientos que, desde el final de la entrevista, dos días antes, habían seguido la misma trayectoria que una veintena de caballos desbocados en el exiguo terreno de mi cabeza. No era para menos. Acostumbrada a manejar mis tiempos, a decidir el momento de una reunión, a mirar de reojo el ritmo de mi casa, una de las cosas que me habían parecido interesantes acerca de este puesto era la flexibilidad horaria. Claro que, a esas alturas, yo no tenía la más peregrina idea de cuán flexible podía llegar a ser. Finalmente, cerca de mediodía, después de haber llamado varias veces para decir “estoy llegando” –tampoco supe, hasta que la experiencia me lo demostró, el grado de elasticidad de ese simple gerundio–, el “director” apareció ante mí con una pila de papeles que depositó ruidosamente sobre el escritorio.
–Bueno, –me dijo –, acá está casi todo el material que tendrías que leer. Si encontrás alguna dificultad para comprender, estoy en mi oficina. No dudes en preguntarme.
Le devolví la sonrisa y tomé el primer documento, sólo separado de los demás por un broche común. El título, “Tracking de la semana 18 – Investigación cuantitativa”, no prometía mucho. Al dar vuelta la página, surgió ante mis ojos la primera de los cientos de miles de estadísticas que vería en los meses siguientes. Con ese gesto comenzó mi entrenamiento intensivo para la construcción de un partido político.
Menos de una semana tuve para interiorizarme de las investigaciones que se habían estado llevando a cabo. En pocos días aprendí cómo leer una encuesta, qué variables eran las más significativas, la importancia de la ficha técnica. Supe de preguntas abiertas o cerradas, de segmentación, de barrido, de cortes. De investigaciones cuantitativas y cualitativas. De focus groups, de telemarketing proactivo, de mensajes taylor made. De períodos ventana, de migración del voto, de nichos. Y no escribí ni una letra. Y del partido, ni noticias.
El ritmo de producción de información era febril. De manera sistemática, de martes a domingo, se medía la intención de voto tomando como parámetros edad, sexo, barrio o distrito o ciudad, nivel socioeconómico y nivel de educación, es decir las variables duras. Además, se interrogaba acerca de quién era el sostén del hogar, la cantidad de miembros de una familia que trabajaban, cuáles eran para el entrevistado los problemas más relevantes de la sociedad y cuál era la noticia que más lo había impactado en los últimos siete días. El lunes se procesaban los resultados. Cada quince días recibíamos las investigaciones cualitativas que iban dibujando las que deberían ser las virtudes del candidato y también los defectos o vicios que tendría que evitar. Del mismo modo, se relevaban series de palabras relacionadas con la actividad política y el ejercicio de funciones legislativas y ejecutivas.
Mientras yo intentaba procesar la información y me preguntaba para qué demonios me servía y cuándo comenzaría la tarea para la que me habían contratado, el “director” se la pasaba de reunión en reunión, de modo que sólo lo vi esporádicamente, en los intervalos entre un “estoy llegando” y otro.
Un lunes, antes de que me fuera a casa, entró a mi oficina para decirme que al día siguiente ambos teníamos que asistir a la reunión de los martes. Cuando le pregunté de qué se trataría el encuentro, me dijo:
–La plana mayor del partido (no pregunté qué partido, así que nunca me pude enterar) se reúne todos los martes con los analistas y asesores (tampoco pregunté analistas de qué ni asesores de quién) para la lectura de las encuestas (de eso sí venía sabiendo un poquito), la interpretación de los resultados y el debate de ideas (bueno, al menos, había más de una idea para debatir).
No conforme con lo intrincado de la explicación que no había contestado mi pregunta, volví a intentar, esta vez con algo más directo:
–¿Y yo qué tengo que hacer ahí?
–Buenooo… esteeee… ejemmm…vos te sentás ahí, observás y anotás.
Sentarme, observar y anotar, pensé. No parecía difícil. Además, me estaban pagando una fortuna para no haber hecho otra cosa que ser lectora de encuestas y, ahora, una especie de taquígrafa del encuentro.

5/23/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad I Una entrevista exitosa

Cuando recibí el llamado para ese nuevo trabajo, mi experiencia como fantasma era bastante amplia. La búsqueda se orientaba a una persona altamente entrenada para escribir, investigar sobre historia, informada y, por sobre todas las cosas, de máxima discreción. Una amiga que ya formaba parte del equipo, sabiendo que mi perfil se ajustaba, le había proporcionado mis datos a quien estaba a cargo de la dirección. Sin embargo, aunque la propuesta era sumamente atractiva, yo nunca antes me había desempeñado en política y el salto de la ficción a la realidad me provocaba un molesto cosquilleo en el estómago. Si bien no se me había informado para quién trabajaría, el desafío de conocer por dentro las alternativas de una campaña electoral sonaba muy tentador.
La entrevista, que por acuciante necesidad de mis potenciales empleadores tuvo lugar casi inmediatamente después del llamado, se desarrolló en una mansión estilo Tudor acondicionada como oficina y situada en un elegante barrio de la ciudad. Una amable recepcionista me condujo a través de una gran sala donde trabajaban al menos cinco personas para luego ascender a la planta alta donde, tras una doble puerta de madera, me esperaba el “director”: cincuenta y pocos, barba y cabello entrecanos y cuidadosamente descuidados, y con ese agradable no sé qué que denuncia que el “don de gentes” ha escalado hasta transformarse en “don de agenda”. Tras él, una pizarra blanca en la que se destacaba lo que parecía ser el borrador de un diagrama organizacional; y a un costado, un gran televisor encendido y sin volumen.
En pocas palabras, café mediante, volvió a explicarme los requerimientos mínimos para ocupar la posición y me preguntó si creía cumplirlos. Ni lerda ni perezosa, le contesté que de otro modo no estaría postulándome y agregué que, en definitiva, al momento de llamarme él ya debería haber estado convencido. Reímos de buena gana. La esgrima verbal nos sentaba bien a ambos. Entablamos una conversación casi sin importancia acerca de cuestiones de actualidad. Minutos después, yo había comprendido que la mecánica de la charla consistía en un simple “cambio de figuritas”: te cuento algo para que me cuentes algo. Entonces me relató su trayectoria para luego decir:
–Hablame de tus antecedentes laborales.
A ver si me explico: los fantasmas no tenemos antecedentes laborales; de los otros no estoy segura, pero laborales no; nuestro curriculum vitae es un compendio de vaguedades, no sólo porque debemos guardar secreto profesional sino también porque si decidiéramos gritar a los cuatro vientos para quiénes trabajamos nadie querría creerlo. Así que sonreí y, consciente de que todo lo que dijese podía ser tomado en mi contra, me quedé calladita. Sin saberlo, había pasado la prueba de fuego de la discreción. El bache de silencio se llenó con generalidades que tendían a indagar acerca de mi situación familiar, disponibilidad horaria, nivel socioeconómico. Lo que no mucho tiempo después yo iba a poder identificar como las “variables duras” de una maqueta de interrogación.
–¿Y qué me podés decir acerca de tu formación?, disparó después de haber hecho una reseña de sus estudios.
Como no tenía nada que ocultar, me explayé acerca de mi completísima lista de estudios incompletos no sin sentirme una especie de vagabunda de facultades, investigadora de disciplinas disímiles y abandónica consuetudinaria. A esta altura de la entrevista, muchos de los empleados habían golpeado la puerta del despacho para despedirse. Cuando le llegó el turno a la recepcionista, el “director” le dijo:
–Antes, por favor, traeme un gin tonic, –y, mirándome –¿Un gin tonic, un whisky?
–Gracias, pero no trabajo mientras tomo. –contesté.
Se rió y siguió hablando, vaso en mano, hielo tintineando contra el cristal, cigarrillo y el televisor, que había estado encendido en todo momento, ahora con el volumen más alto para poder escuchar los noticieros que se emitían a esa hora.
Algo trascendente debo haber comentado acerca de lo que veíamos porque de inmediato tomó el control remoto, apagó el aparato y me miró fijo:
–¿Sabés por qué estás acá? –sin darme tiempo a contestar la obviedad que se me ocurría, siguió –Vas a trabajar en la construcción de un partido político. ¿Cuándo podés empezar?

5/15/2007

Memorias del Fantasma: Fábula con moraleja múltiple y consolatoria

La tarea del fantasma no es siempre la misma sino que se rige por distintos grados de compromiso con el texto y con el autor en cuestión. Así, para trazar una escala que facilite la comprensión, el grado 4, o de mayor compromiso, puede tratarse de la construcción del texto completo a partir de una idea de quien reivindicará la autoría, lo que incluye desde la estructura hasta el estilo; el grado 3, la reescritura de un material dado de acuerdo a una estrategia de viabilidad editorial diseñada por el fantasma; el grado 2, la simple –aunque no tan simple– edición de la obra de acuerdo a parámetros preacordados; y el grado 1, para autores prolíficos y/o multigénero, el cumplimiento de un rol que podría identificarse con el de "albacea" de la producción y que comúnmente se llama "llevar la obra de...". Cada tarea implica diversos estadios de intervención y conlleva sus propios dilemas éticos tanto para quien contrata como para el contratado.
Mientras realizaba mi trabajo de fantasma en grado 3 para una conocida escritora, fui convocada para colaborar con la constitución de un nuevo partido político –historia que será objeto de otro post. Quien facilitó mi acceso a este nuevo grupo de trabajo fue una amiga, también escritora, que ya formaba parte del mismo. Como ambas tareas no se superponían decidí, puesto que las condiciones estaban dadas, seguir adelante con las dos.
Un día estábamos mi amiga y yo en un descanso del ritmo vertiginoso que imponía la lectura de encuestas, grupos de opinión y análisis de las últimas noticias para la definición de la plataforma partidaria de la nueva fuerza política, cuando, en un tono que no dejaba lugar a dudas sobre la reserva que se requería, le transmití mi sorpresa por haber descubierto que en el libro que estaba reescribiendo, una caótica acumulación de relatos sin estructura referidos a la vida en el pueblo natal de la "autora", había descubierto un texto que desde el primer momento me había sonado conocido. Demasiado conocido. El comentario hecho al pasar tuvo el destino que tenía que tener: el olvido.
Sin embargo, un par de semanas más tarde, el azar hizo que llegase a mis manos el texto de un escritor norteamericano. Durante la lectura de los cuentos, de un tono ágil y vivaz como toda la obra de ese autor, me topé, tristemente, con el relato que explicaba por qué el otro me había resultado tan familiar. Se trataba de una burda copia.
La situación me alteró profundamente: alguien me pagaba para que reescribiera algo de lo cual reivindicaba la autoría pero que ya había sido escrito por otra persona, con lo cual el solitario trabajo del escritor había dejado de ser solitario para convertirse en una especie de promiscuo ménage à trois. Desde mi posición de fantasma, yo ya tenía demasiado rollo pensando que esa bazofia potenciada vendería al menos diez mil ejemplares como para, además, hacerme cargo de la corrección ilegal de un clásico de la literatura. La palabra plagio me atormentaba.
En ese estado de total desconcierto llegué una mañana a la sede del incipiente partido político. Mi amiga escritora ya estaba allí y, dándose cuenta de mi consternación, me interrogó acerca de los motivos. En pocas palabras, esta vez solicitándole la necesaria reserva del caso, le comenté lo que me había sucedido. Se mostró no sólo solidaria sino más bien enojada con la actitud de la "autora" y no se privó de hacerme la recomendación de que me corriera de ese lugar lo más pronto posible.
Le agradecí sinceramente su consejo y me aboqué a la tarea de esa jornada.
Dos días después recibí un llamado telefónico. El por esos tiempos novedoso sistema de identificación de llamadas me mostró el nombre de la "autora". Al atender, ajena a lo que se me avecinaba, escuché la voz furibunda citándome a una reunión que tendría lugar unas horas más tarde para después cortar la comunicación sin darme tiempo a articular palabra.
Pedí permiso para retirarme antes de la sede del partido y concurrí puntualmente al bar donde había sido citada. La "autora" ya estaba allí, no menos furiosa que cuando me había llamado. Con voz sibilante me acusó de chismosa, envidiosa, irrespetuosa e irresponsable. Me dijo que quién creía que era yo para acusarla de plagio cuando hacía un trabajo tan sucio como el que hacía –olvidándose convenientemente que yo hacía lo que ella no sabía cómo hacer y, encima, por esa tarea tan indigna, ella me pagaba una considerable suma de dinero. Para terminar, como correpondía a semejante ofensa, prescindió de mis servicios para siempre. Poco me costó entender que algo de lo que yo le había confiado a mi amiga se había filtrado poniéndome en esa odiosa posición. Me faltaba saber cómo. Y también me faltaba recriminarle a la indiscreta su actitud.
Al día siguiente, de vuelta en mi ahora único trabajo, la encaré sin siquiera saludarla:
–¿Cómo es que "fulana" se enteró de lo que te comenté?
Mi confidente apenas pudo balbucear una excusa. A fuerza de presionar, logré sacarle la verdad: en una charla con otra amiga, reconocidísima escritora, cometió la infidencia sin recordar –o haciéndose la que no recordaba– que ambas mujeres, la inculpada y la anoticiada, no sólo eran colegas sino también grandes amigas. Como justificación a esa conducta impropia mencionó que se sentía indignada por la actitud de quien llamó "esa mechera literaria". Además, la acusó de "narcisista e incompetente".
Varias enseñanzas me dejó este episodio. La primera fue que la condición de intelectual no inhibe la de chismoso. La segunda, que allí donde hay involucradas más de dos mujeres, la inminencia del desastre no debería ser ignorada. La tercera, que en estos tiempos en los cuales el plagio se justifica con benevolencia, términos rimbombantes y citas de autoridad, bajo el irónico nombre de "homenaje" (ver Carta de Puán respecto de "Bolivia construcciones"), es imprescindible tener buenos amigos en el círculo de la teoría literaria o una sólida formación en el tema (cosas que la "autora" seguramente no tenía). La cuarta y consolatoria, que si por pudor no me iba a recomendar por mi excelente desempeño, al menos tampoco lo haría por mi imperdonable desliz.

5/10/2007

Memorias del Fantasma: VIII – "Costa Pobre", aquí me detengo

Aquí me detengo. Contar más sería violar el secreto profesional. Sólo diré que el partido mayoritario, como estaba previsto, ganó las elecciones.
Tardé tiempo en recuperarme de las experiencias vividas en "Costa Pobre". Por cierto, nunca volví a ese lugar. Durante meses me cuestioné si debía seguir desempeñándome como fantasma. Hasta que una mañana, al despertar, me dije a mí misma: "Volveré y seré ventrilocuo".

Memorias del Fantasma: VII – "Costa Pobre", amarga victoria

La jornada campestre me dejó exhausta. El desfile de gente alrededor de la pileta había sido incesante. Entre tragos y bandejas, conversaciones más o menos aburridas y algún chapuzón, todo el futuro gabinete, la numerosa familia y una considerable cantidad de amigos habían visitado a XX, que permanecía con el agua al cuello sin dejar de dar órdenes a los mozos que tenían a cargo el servicio. Ante la extraña visión de esa cabeza que asomaba entre las barras de hielo, llegué a preguntarme cómo le era posible mantener el autoritarismo con el cuerpo hecho una pasa de color violeta. A mí me hubiera, por lo menos, intimidado. Pero, claro, yo no soy XX. Finalmente, ese día interminable había acabado cuando el “coronel” volvió a depositarme en el único lugar donde, al parecer, podía tener un rato de tranquilidad: el hotel.
A la mañana siguiente comenzaba el gran día. De nuevo al auto y a cruzar la ciudad. Llegada al diario, trabajo en el despacho, revisión del discurso, impresión y sobre. La entrega, finalmente, estaría a cargo de un viejo camarada de “el Tito”, general retirado y hombre de su absoluta confianza.
De golpe, me asaltaron todas las dudas: ¿se sentiría cómodo el candidato leyendo lo que yo había escrito? ¿Prestaría atención a las indicaciones para la grabación? ¿Le dirían que era una mujer quien había preparado el texto (era muy fácil no hacerlo y había, además del machismo intrínseco de los “costapobreños”, muchas razones de peso para ello, entre otras, el anotarse un punto en la carrera de chupamedias)? ¿Recibiría yo algún comentario sobre la opinión de “el Tito”?
Me despedí del sobre y de quien lo llevaba guardándome todas las dudas y deseando únicamente volver al hotel a descansar; deseo que se hizo realidad merced a la servicial compañía del “coronel”. Una vez en mi habitación, prendí el aire acondicionado, me saqué los zapatos, me tiré en la cama y me dormí. Al despertar, faltaban apenas minutos para el inicio del acto. Sintonicé la radio –no lo transmitirían por televisión– y seguí las alternativas. Un locutor explicaba la ausencia de “el Tito” mientras la multitud hacía escuchar su desaprobación.
–“El Tito” jamás abandonará a su pueblo. De su mano, “Costa Pobre” será una potencia, –decía tratando de tapar los abucheos. –"El Tito" no estará aquí esta noche pero su presencia es una luz que ilumina nuestro camino y su voz es la voz que nos guía hacia el crecimiento. Por eso, a pesar de no haber venido, podremos escuchar sus palabras.
De inmediato, se hizo un silencio que el locutor agradeció. Mi corazón comenzó a palpitar más rápidamente: muchas de las dudas que había tenido durante el día quedarían despejadas en pocos instantes. La voz de “el Tito” quebró la noche:
Querido pueblo costapobreño, desde este lugar donde me encuentro quiero decirles que nada ni nadie logrará alejar mi corazón del de ustedes.
Una cierta desilusión me asaltó. Ese no era el comienzo de mi discurso. Pero, luego de una profunda inspiración, “el Tito” continuó:
Mi pueblo es mi fuerza. A los hombres de mi país les aseguro que habrá trabajo para todos. A las mujeres, que tanto han luchado y siguen luchando desde sus casas, desde sus tareas, como sostenes de miles de hogares, les prometo ser quien personalmente lleve adelante el proyecto de retiro pago. Al campesinado de mi patria, que trabaja para extraer de nuestro suelo su potencia y su fecundidad, le aseguro que nunca más tendrá que vender una cosecha por monedas. A los jóvenes…
Cada palabra, cada maldita palabra que yo había pensado para él, estaba allí, siendo dicha tal y como le había sugerido que la dijera. Cada silencio que había marcado en mis notas fue respetado como una orden. Cada promesa falsa. Cada declaración demagógica. Cada mentira. Con una obediencia ciega, “el Tito” había hecho de mis palabras las suyas. Con una convicción escalofriante, asumía un compromiso que tendría necesariamente que violar desde el momento mismo de calzarse la banda presidencial. Y no le importaba. Me temblaron las rodillas y se me revolvió el estómago. Tuve la certeza de que ése era un triunfo profesional del cual no podría enorgullecerme nunca. Lo que yo había escrito con la liviandad y el desprejuicio con que se escribe una ficción; los tonos que había marcado como para una presentación teatral; esa puesta en escena que "el Tito" había procesado con ladina sabiduría eran, de ahí en más, la realidad que la mayor parte de los habitantes de “Costa Pobre” había comprado para su futuro.

5/09/2007

Memorias del Fantasma: VI – "Costa Pobre" on the rocks

Creo haber mencionado, aunque brevemente, alguna característica climática de la capital de “Costa Pobre”. Por estar en el límite entre la condición de tropical y la de subtropical, la división estacional no se realiza de acuerdo al criterio de estación seca y estación de lluvias. Sin embargo, lo que los “costapobreños” llaman invierno dista mucho de ser lo que nosotros, más meridionales, festejamos como la llegada del frío para, un mes más tarde, execrarla esperando el ingreso a los días más cálidos para, un tiempo después, hartos del húmedo pegoteo porteño, rogar por algo de fresco (cosas del inconformismo que nos caracteriza). En fin, para completar mi relato diré que, aunque bien entrado el otoño, el calor había sido agobiante desde el momento mismo en que descendí del avión.
Esa mañana, cuando me avisaron que el “coronel” se encontraba en el lobby esperándome, yo ya me había decidido por un atuendo liviano e informal apto para un día al aire libre. Asimismo, descarté el traje de baño porque prefería mantener un perfil profesional alejado de cualquier situación que implicara un exceso de familiaridad. Al llegar al lobby me encontré con el rostro conocido que me transportaría a la finca de los XX. A pesar de su habitual cortesía, el “coronel” mostró apuro por lo que, de inmediato, abordamos la 4x4. Me pregunté si él estaría armado y si, bajo mi asiento, todavía descansaría el imponente “fierro” que se había dejado ver en nuestro anterior encuentro. Al darme cuenta de que existencia de las armas a mi alrededor no me preocupaba, sentí un escalofrío y tuve temor de mi casi inmediata adaptación a circunstancias extremas.
Rápidamente dejamos atrás la ciudad. Luego de unos cuantos kilómetros por la ruta que llevaba al aeropuerto, nos desviamos y, ya sobre tierra, a medida que avanzábamos por el camino angosto, la vegetación se tornaba selvática y enmarañada. Durante todo el trayecto, quien me conducía se mantuvo en silencio. Aunque era evidente que el recorrido le resultaba familiar la velocidad a la que manejaba me inquietó sobremanera. En un momento comentó, en voz tan baja que parecía hablar consigo mismo, que el señor iba estar muy enojado cuando llegáramos. Unos veinte minutos más tarde, luego de una curva del camino, en el punto libre que la vegetación dibujaba a lo lejos, divisé una enorme reja negra y dorada, más propia de una ciudad europea que de ese lugar perdido en medio de la nada. Cuando estábamos a unos cien metros, un campesino pobremente vestido abrió el monumental portón y, sin disminuir la velocidad, nos internamos por el centro de la hilera de árboles que formaban un túnel encima de la camioneta. Al finalizar la arboleda se abrió ante nosotros un jardín de dimensiones impresionantes que, además, se veía cuidado casi con obsesividad. Cuando la 4x4 se detuvo frente a la casa, más parecida a un castillo de la región vitivinícola francesa que a una finca selvática, descendí. El calor me pegó en la cara y el efecto del aire acondicionado se desvaneció de inmediato. Caminé al encuentro de XX hijo que me esperaba bajo la galería con piso de mármol blanco. De inmediato, me condujo al interior de la casa. En penumbras y en silencio atravesamos varios salones decorados en consonancia con el exterior: sofás tapizados en terciopelos oscuros, alfombras persas, arañas con decenas de luminarias, hasta llegar al ventanal que daba al jardín trasero. Allí, dentro de la piscina, con el agua al cuello y los infaltables lentes oscuros, estaba XX padre. Me dedicó una amplia sonrisa y me invitó a sentarme bajo el gazebo más próximo a él. No parecía para nada molesto como había temido el “coronel”. Por el contrario, estaba radiante. Un mozo de smoking negro se acercó empujando una mesa rodante cargada de bebidas. Bajo el sol de mediodía el hombre sudaba de manera cruel. Mientras servía unos tragos, sin que mediara, al menos para mí, ningún incidente, el vozarrón de XX resonó como un trueno.
–¡Te acordaste, mierda! Parece que ni poniéndote un cohete en el culo podés hacer las cosas como corresponde… ¡Y yo acá, cagándome de calor!
Giré la cabeza para ver a quién se dirigía este nuevo exabrupto y vi al “coronel” que, todavía con el saco puesto y una bolsa de arpillera arriba del hombro, caminaba hacia nosotros cargando una barra de hielo. La primera de las quince que, viaje tras viaje, depositaría en la pileta para enfriarle el agua al mandamás.

Memorias del Fantasma: V – "Costa Pobre", reposo y meditación

Recostada en la cama de mi habitación en el hotel más lujoso de la capital “costapobreña” intenté hacer un repaso de la jornada. Lo más positivo era que la lectura del discurso a los integrantes del futuro gabinete y otros pesos pesados había resultado un éxito. Luego había tenido lugar la cena en un restaurante de comidas típicas, rodeados por fotógrafos sociales que, para mi horror, a la mañana siguiente publicarían en todos los diarios capitalinos el testimonio del encuentro entre la desconocida –o sea yo– y los poderosos empresarios. Lo más negativo fue que mis esperanzas de tomar contacto con el candidato se habían desvanecido tras la confirmación, por parte del futuro presidente de la Cámara de Diputados, que “el Tito” no estaría disponible para el encuentro conmigo. Ni siquiera se presentaría en el acto. Por eso, alguien a designar sería el encargado de acercarle una copia que él grabaría para que pudiese ser emitida en la concentración popular a llevarse a cabo dos días después en el estadio más grande de la ciudad. Me preocupó el hecho de que dependiéramos solamente de la expresividad de la voz y que una lectura descuidada o poco ajustada a la puntuación desluciera la intencionalidad de las palabras de modo que salté de la cama y borronée una suerte de mapa de lectura en el que, con todo respeto, le sugería a “el Tito” la extensión de los silencios, el tono paternalista, cierta dulzura en el momento de abordar las promesas a las mujeres, los ancianos y los niños; la utilización de un lenguaje más coloquial en un determinado tramo dirigido al campesinado; el giro hacia la arenga cuando tuviese que hacer el pedido de voto. Aunque no estaba muy convencida de la eficacia de las instrucciones, las adjunté en una carta personal que acompañaría el texto.
Cuando ya estaba por dormirme, con una mezcla de alegría, decepción, incredulidad y agotamiento pero también aburrida debido a que la televisión local no hacía más que mostrar infomerciales de astrólogos, tarotistas y videntes; sonó el teléfono. Era XX junior. Según sus palabras, como una muestra de hospitalidad y agradecimiento, estaba formalmente invitada a un día de esparcimiento en la finca de la familia. El “coronel” me pasaría a buscar por la mañana.

5/08/2007

Memorias del Fantasma: IV – "Costa Pobre", garantes del proceso democrático

La noche me encontró en el mismo despacho dando los últimos toques a una –si se me permite– admirable pieza de demagogia bananera. En medio del incesante ir y venir de personas que visitaron la oficina del director por cuestiones la mayoría de las veces irrelevantes, yo había logrado abstraerme y producir un texto corto pero contundente. Al tipear el último punto, la idea de finalmente conocer al candidato volvió a cobrar fuerza dentro de mí. Pocas cosas se comparan a ver la cara de la persona para la que uno ha escrito cuando lee en voz alta las palabras ajenas como si fuesen propias. Aquello que jamás tendría nuestra firma suscripto por alguien a quien no le tiembla el pulso. Promesas que no saldrían de nuestras bocas –aunque hayan salido de nuestras plumas– arrojadas al viento sin el más mínimo rastro de duda. Cerré la laptop y junté mis cosas mientras padre e hijo terminaban de ordenar las suyas. Salimos casi sin intercambiar palabras y, habiendo prescindido para la ocasión de los servicios del “coronel”, abordamos el lujoso automóvil del empresario. Convencida de que nos dirigíamos a encontrarnos con el candidato, me relajé y escuché con rostro atento y oído ligero una charla en la que se me explicaban las bondades del blindaje total realizado a la joya de la mecánica y el diseño alemán.
–Es un poco pesado de conducir pero no lo suficiente para alguien como yo. –dijo, zalamero, el hombre de impecable traje blanco y cicatrices en el pecho.
Esbocé la sonrisita tonta que, estaba segura, se esperaba de mí en ocasiones como ésas. Ibamos atravesando la ciudad velozmente. La radio estaba sintonizada en una de las emisoras de la familia en la que se discutían, con notable desorden y superposición de voces, las alternativas de las próximas elecciones. Me costaba seguir la charla porque, además de la pasión con la que la llevaban adelante, más parecida a la de una mesa de café que a la que se puede tolerar y comprender por ese medio, los costapobreños tienen un hablar acelerado y algo agudo, lleno de giros idiomáticos. Sin embargo, el mandamás debe de haber escuchado muy bien porque comenzó a gritarle al hijo:
–¡Llame ahora y que lo saquen del aire ya mismo! ¿Este idiota se cree que le pagamos para que sea inteligente? ¡Y el demente quiere llegar a diputado! ¡Mañana vamos a salir en los comentarios de todos los diarios de la contra y no me gusta que se rían de mí! –aullaba.
Tras un “sí, papá” con voz apenas audible, el muchacho se aplicó a cumplir la orden. Mientras tanto, el centro de la ciudad había quedado atrás dejando lugar a un barrio de casas bajas medianas y calles de tierra. En una esquina, doblamos a la derecha y avanzamos hasta toparnos con un paredón. Descendimos en la más completa oscuridad y nos dirigimos a la casa que estaba a nuestra izquierda. Me quedé unos pasos detrás de los dos hombres. El mandamás hizo una seña de saludo frente a una ventana completamente cerrada. Del interior de la construcción salió un ruido metálico. Entonces, padre e hijo dieron media vuelta y me señalaron la casa de enfrente.
–Es por seguridad, –me dijo el más joven en un murmullo. –Don WW vive enfrente y aquí tiene a toda su custodia que es la que le avisa para que nos permitan entrar. Hay una planta permanente de och…
Iba a seguir explicándome cuando el padre lo interrumpió con un:
–¡Apúrese, pendejo, y mientras camina, no hable!
Atravesamos el jardín. Una mujer con uniforme negro y delantal blanco nos abrió la puerta y nos introdujo a una sala donde alrededor de quince hombres hablaban animadamente. Busqué con la mirada al candidato pero no estaba en el grupo. Flanqueada por mis dos acompañantes permanentes advertí que todos se llamaban a silencio al verme. El empresario fue presentándomelos uno a uno mencionando el nombre y el cargo que ocuparían una vez que “el Tito” ganase las elecciones. Futuros ministros, diputados y jueces desfilaron ante mí con saludos respetuosos, tras lo cual pasamos a otra sala donde había una mesa alrededor de la cual nos sentamos. Como caballeros, esperaron que la única dama –yo– tomara asiento y luego tuvo lugar una escena que me resulta imposible calificar: antes de ocupar sus lugares, cada uno de los futuros dirigentes de “Costa Pobre” extrajo de algún lugar de su osamenta un arma que depositó amorosamente sobre la mesa de madera. Entre risas y comentarios acerca de la calidad, alcance, calibre o belleza de los artefactos, se fueron ubicando en sus lugares. Como fieles testigos y garantes de la paz del proceso democrático allí estábamos, entonces, los potenciales funcionarios, una mercenaria extranjera y un verdadero arsenal.

5/07/2007

Memorias del Fantasma: III – "Costa Pobre", fantasma yo y fantasma él

Una vez que el señor XX y su hijo me pusieron al tanto –creo que más con el objetivo de que tuviera bien clarito cómo tratar al “coronel” que a manera de excusa por el incidente– del lugar que una considerable cantidad de militares expulsados de la fuerza a raíz de un intento de golpe de Estado ocupaban como “chico de los mandados” junto a las familias más poderosas de “Costa Pobre”, cierta tranquilidad en la oficina me permitió comenzar a imaginar cuáles serían los ejes del discurso que tendría que escribir. De todos modos, como ya me había sucedido en campañas anteriores, para elaborar el texto definitivo yo esperaba tener contacto directo con el candidato. Más que una cuestión de cholulismo era una necesidad. El solo hecho de ver a la persona cuya voz tendría que emular, estrechar su mano, observar el comportamiento frente a colaboradores, la manera de vestirse, o advertir algún giro idiomático característico en su expresión, significaban una importante ventaja a la hora de darle verosimilitud a las palabras. Entonces pregunté cuándo tendría lugar la reunión con YY.
Padre e hijo se miraron casi con horror. Como en una comedia de enredos, caminaban de un lado al otro del despacho esquivándose y balbuceando.
–Ehhh, bueno, claro, es cierto… –dijo el padre mientras revolvía sus mechones falso rubio.
–Es que… –intentó el hijo hasta que la mirada refulgente del progenitor pasó a través de los cristales oscuros de sus anteojos para clavarse furibunda en la de su imprudente vástago.
–No. –cerró el mandamás. –Eso no es posible.
Traté de explicarles de manera suave y convincente las razones de mi interés. Mientras argumentaba, en mi cabeza tenía lugar una suerte de revolución. La parlante expresaba que el encuentro podía darle al texto un matiz de mayor autenticidad. La pensante se debatía en la angustia de descubrir que si ya era difícil conciliar el discurso de un candidato con aquello que los votantes querían escuchar y pasar por encima de las hordas de asesores, murmuradores y consejeros que sólo buscaban consolidar su lugar bajo el sol aunque esto representase alimentar el mesianismo intrínseco de casi cualquier postulante al cargo mayor, ahora, además tenía que lidiar con un nuevo intermediario que me vedaba el acceso a mi “fuente de inspiración”. Atenta al discurso de la pensante, la parlante introdujo este último concepto esperando, tal vez, que un toque de poesía conmoviera a los empresarios devenidos en intransigentes filtros.
Algo del efecto que deseaba debo haber logrado porque el padre levantó el teléfono y se puso en comunicación con un tal Francisco, a quien le ordenó –no podía ser de otra manera– que hiciera las gestiones necesarias para habilitar mi acceso al lugar donde se encontraba el candidato. El hecho de que, en vez de colgar el auricular, arrojara el aparato contra una pared me permitió sacar la indudable conclusión de que la respuesta había sido negativa. Evidentemente, yo no sería el único fantasma de esta campaña.
A los gritos, porque el horno ya no estaba para bollos y el teléfono había quedado lejos, le pidió a la secretaria, que portaba el curioso nombre de Galantina, que buscase en el archivo todos los videos en los que se veía a YY.
Solícita pero aparentemente acostumbrada a los exabruptos de su jefe máximo, la muchacha apareció minutos después con el material que, con absoluta resignación, vi sin dejar de observar de reojo cómo los minutos pasaban llevándome contra las cuerdas para cumplir con la promesa de tener el discurso listo a la noche.
No voy a mentir: los videos cubrieron bastante bien mis necesidades y, para la caída de la tarde yo tenía bastante claro cuál iba a ser el tono y el contenido del discurso.

5/06/2007

Memorias del Fantasma: II – "Costa Pobre", reconocimiento del terreno

Muy instalada me hallaba yo en la suntuosa oficina del director del diario XX, uno de los cuatro que se editaban en la capital de “Costa Pobre”, cuando llegaron a mis manos los informes estadísticos que necesitaba para completar la investigación acerca del perfil de los votantes y, consecuentemente, elaborar el discurso del candidato.
Las cifras eran sorprendentes. Para ese entonces, el país contaba con apenas un 15% de la red vial asfaltada. La población campesina estaba por encima del 75%. Dos terceras partes de los habitantes de “Costa Pobre” eran analfabetos funcionales, lo que equivale a decir que podían leer pero no comprender lo que leían. Y en el rubro sostén del hogar, el número de mujeres era sensiblemente mayor que el de hombres. Con este panorama, cualquier sutileza podía pasar como un mensaje cifrado que no llegaría a nadie.
Mientras tanto, a mi alrededor tenía lugar una acalorada reunión en la que participaban el dueño del grupo editorial; su hijo menor que ocupaba la dirección del diario, y mi ocasional chofer, que a esta altura a mí me costaba mucho identificar con un simple transportador de personas dada la “ferretería” que cargaba en el auto.
–Te vas ya a la casa del ZZ (que tampoco era el candidato a presidente sino su compañero de fórmula) y le decís que el discurso va a estar listo a la noche. –decía el mandamás en un tono que no dejaba lugar a dudas sobre quién era, de verdad, el mandamás. Lo miré. Vestía un ambo blanco del estilo que se había usado en los años setenta: pantalón oxford sin pinzas y sin bolsillos; saco entallado y de solapas anchas. Una camisa casi transparente de color celeste fuerte, abierta hasta la mitad del pecho, dejaba ver una importante cadena de oro de la que pendía una cruz del mismo material con incrustaciones de turquesas. Tras los metales preciosos, el pecho oscuro mostraba varias cicatrices. Cabello aclarado, anteojos oscuros. Zapatos también blancos con algo de taco. Su apariencia y su altura por encima del promedio hacían que el hombre a quien estaba dirigiendo sus órdenes pareciera aún más pequeño y humilde. Encorvado, con la cabeza hundida entre los hombros, la mirada clavada en el piso y necesitando las dos manos para sostener un sobre, aceptaba las directivas.
El hijo del empresario, probablemente incómodo por la escena que se desarrollaba en mi presencia, atinó a decir:
–Papá…
La respuesta no se hizo esperar:
–¿Papá qué? –bramó.
–El coronel… –insistió el hijo.
–¡El coronel, las pelotas!
Bajé la cabeza y traté de concentrarme en mis papeles.
Sin un pero y sin darle la espalda, el hombre salió del despacho como si estuviese vencido. Antes de desaparecer de nuestra vista susurró:
–Gracias, señor. Enseguida vuelvo, señor.
Ni bien se cerró la puerta, el Elvis Presley del subdesarrollo se sentó frente a mí, vaso de Chivas Regal en la mano, y dijo:
–¡Estos milicos de mierda sólo saben obedecer!
Volví a bajar la cabeza y a tratar de concentrarme en mis papeles.