5/06/2007

Memorias del Fantasma: II – "Costa Pobre", reconocimiento del terreno

Muy instalada me hallaba yo en la suntuosa oficina del director del diario XX, uno de los cuatro que se editaban en la capital de “Costa Pobre”, cuando llegaron a mis manos los informes estadísticos que necesitaba para completar la investigación acerca del perfil de los votantes y, consecuentemente, elaborar el discurso del candidato.
Las cifras eran sorprendentes. Para ese entonces, el país contaba con apenas un 15% de la red vial asfaltada. La población campesina estaba por encima del 75%. Dos terceras partes de los habitantes de “Costa Pobre” eran analfabetos funcionales, lo que equivale a decir que podían leer pero no comprender lo que leían. Y en el rubro sostén del hogar, el número de mujeres era sensiblemente mayor que el de hombres. Con este panorama, cualquier sutileza podía pasar como un mensaje cifrado que no llegaría a nadie.
Mientras tanto, a mi alrededor tenía lugar una acalorada reunión en la que participaban el dueño del grupo editorial; su hijo menor que ocupaba la dirección del diario, y mi ocasional chofer, que a esta altura a mí me costaba mucho identificar con un simple transportador de personas dada la “ferretería” que cargaba en el auto.
–Te vas ya a la casa del ZZ (que tampoco era el candidato a presidente sino su compañero de fórmula) y le decís que el discurso va a estar listo a la noche. –decía el mandamás en un tono que no dejaba lugar a dudas sobre quién era, de verdad, el mandamás. Lo miré. Vestía un ambo blanco del estilo que se había usado en los años setenta: pantalón oxford sin pinzas y sin bolsillos; saco entallado y de solapas anchas. Una camisa casi transparente de color celeste fuerte, abierta hasta la mitad del pecho, dejaba ver una importante cadena de oro de la que pendía una cruz del mismo material con incrustaciones de turquesas. Tras los metales preciosos, el pecho oscuro mostraba varias cicatrices. Cabello aclarado, anteojos oscuros. Zapatos también blancos con algo de taco. Su apariencia y su altura por encima del promedio hacían que el hombre a quien estaba dirigiendo sus órdenes pareciera aún más pequeño y humilde. Encorvado, con la cabeza hundida entre los hombros, la mirada clavada en el piso y necesitando las dos manos para sostener un sobre, aceptaba las directivas.
El hijo del empresario, probablemente incómodo por la escena que se desarrollaba en mi presencia, atinó a decir:
–Papá…
La respuesta no se hizo esperar:
–¿Papá qué? –bramó.
–El coronel… –insistió el hijo.
–¡El coronel, las pelotas!
Bajé la cabeza y traté de concentrarme en mis papeles.
Sin un pero y sin darle la espalda, el hombre salió del despacho como si estuviese vencido. Antes de desaparecer de nuestra vista susurró:
–Gracias, señor. Enseguida vuelvo, señor.
Ni bien se cerró la puerta, el Elvis Presley del subdesarrollo se sentó frente a mí, vaso de Chivas Regal en la mano, y dijo:
–¡Estos milicos de mierda sólo saben obedecer!
Volví a bajar la cabeza y a tratar de concentrarme en mis papeles.

5/05/2007

Memorias del Fantasma: I – "Costa Pobre", el desembarco



Hace algunos años fui convocada en mi carácter de fantasma para realizar una tarea en un rincón de Sudamérica. El trabajo en cuestión tenía que ver con producir contenidos comunicacionales para el candidato a presidente del partido mayoritario de ese país.

Como ya me había desempeñado en esa área, creí que estaba en condiciones de realizarlo y volé –literalmente– a ocupar mi puesto. Grande fue mi sorpresa cuando, al descender del avión, junto a la escalerilla me esperaba un hombre de mediana edad. Muy correcto, avanzó directamente hacia mí y me señaló la lujosa camioneta 4x4 estacionada apenas a cinco metros de la aeronave. Vale la pena aclarar que el avión venía completo, que traía pasajeros de ambos sexos, que el señor no me dirigió la palabra, que yo no tenía identificación alguna y que resulté ser la única persona honrada con tal recibimiento.
Ceremoniosamente, abrió la puerta del vehículo y me invitó a sentarme en el asiento del acompañante, luego dio la vuelta y se instaló en el del conductor. Su indicación muda de que me ajustara el cinturón de seguridad –cosa que él no hizo– me dio una idea de lo preciosa que le resultaba la tarea que le había sido encomendada.
Una vez que abandonamos el predio del aeropuerto, se aclaró la garganta y pronunció las primeras palabras:
–El señor XX (que no era el candidato sino quien financiaba la campaña) me encargó llevarla al diario.
Aliviada, asentí con la cabeza. Al menos, el dato confirmaba que me había subido al automóvil correcto. A partir de ese instante, mientras atravesábamos la ciudad capital, se transformó en una suerte de parco guía turístico e hizo unas pocas referencias histórico geográficas: la Casa de Gobierno, la avenida principal, la estatua conmemorativa del prócer más importante…
En un momento, al levantar el brazo para hacerme un señalamiento, el saco liviano que tenía puesto –otro signo de cortesía, ya que la temperatura por esos lados siempre es alta– se abrió dejando ver una pistola.
Mi corazón se aceleró. Era la primera vez que veía un arma de fuego así, en vivo y en directo. Sin advertir mi turbación o fingiendo no advertirla, él continuó con el city tour. Poco a poco, fui recuperando la compostura. Unos minutos después salimos del centro de la ciudad y nos internamos en la periferia. La mayoría de las calles eran de tierra cubierta con piedras laja. Las construcciones, precarias. Y los vehículos tenían décadas prestando servicio. El panorama era ciertamente descorazonador y la visión del entorno me hacía cuestionarme el haber aceptado ese trabajo. De pronto, mi gentil chofer clavó los frenos frente a un enorme bache. Aun sostenida por el cinturón de seguridad, me desplacé hacia adelante al igual que todo lo que había en la camioneta. Entre otras cosas, algo que golpeó con fuerza el taco de mi bota. Mientras me reacomodaba, miré hacia abajo y vi el caño grueso y lustroso de algo que mi ignorancia identificó como una ametralladora. Esto debe ser lo que suelen llamar arma de guerra, pensé. Horrorizada, alcé la cabeza. El hombre me estaba mirando. Sonreía. Giró el volante y estacionó frente a un edificio enorme que se alzaba entre las casuchas. Detuvo el auto y me dijo:
–Bienvenida a Costa Pobre y al diario XX.

5/03/2007

La culpa es de Poe

Mi paso por la universidad fue rápido e intenso. Sin contar los dos cuatrimestres del Ciclo Básico Común, fueron tres años de lujuria intelectual. Los grandes que hasta pocos años atrás habían estado silenciados, ocupaban nuevamente el territorio que les pertenecía y su regreso transformó la experiencia universitaria en una aventura para privilegiados, una travesía ardua y fascinante.
Para mí, que venía de ser dos veces madre, de estudiar ingeniería y arquitectura; ser alumna de la Facultad de Filosofía y Letras era cumplir un sueño que había estado, literalmente, clausurado.
Pero, al poco tiempo, cuando las mieles del encantamiento comenzaron a disolverse en la inevitable rutina, quedaron al descubierto las internas de académicos y alumnos.
Había cátedras para iniciados y cátedras para "dummies". Había materias-materias y materias-de-rellleno. Había docentes eminentes y docentes dinosaurios. Estructuralistas y old fashioned. Estaban los repatriados y los que nunca habían dejado de estar. Y ambos grupos cruzaban entre sí miradas de desprecio y desconfianza.
Entre el alumnado estaban los posmodernos, con su pasión por la filosofía y los grandes teóricos del siglo XX; los militantes que no tenían demasiado tiempo para estudiar; y los burgueses que, con demasiado tiempo y recursos, eran mejor recibidos en las cátedras ortodoxas que en las supuestamente revolucionarias.
Había mucho y variado. Lo que no había era un plan de estudios. Eso, sumado al hecho de que las correlatividades eran muy pocas y que, además, –siempre y cuando se cursaran diferentes programas– se podía cursar dos veces la misma materia y valía como dos; hacía que la carrera de Letras fuese caótica.
Sin embargo, no fue nada de todo eso lo que me hizo abandonar. Una noche, mientras asistía al tercer teórico del día –martes y jueves de 21 a 23–, cuando se me caían los párpados del sueño, sentía que los pies se me paralizaban del frío y pensaba no sin nostalgia que no vería a mis hijos hasta la mañana siguiente, la voz del profesor indicó las lecturas obligatorias para la siguiente clase: Edgar Allan Poe, "La caída de la casa Usher". ¡No lo podía creer! No voy a discutir a Poe que es uno de mis escritores favoritos. Pero, habiendo tanta literatura me parecía imposible que tres docentes sobre tres que había escuchado en el día hablaran del mismo texto que yo había leído por primera vez a los nueve años. Sí, tanto en Teoría y Crítica Literaria I como, con absoluto derecho, en Literatura Norteamericana como en la fría noche de agosto en que se desarrollaba la clase de Literatura Argentina III, Roderick y Madeline Usher volvían a ser los protagonistas.
Algo se me revolvió adentro. Muy contra mi costumbre, en mitad de la clase abandoné el aula. Silenciosa, me deslicé por las escaleras de Puán. Salí a la calle. Respiré hondo. Y nunca más volví a la facultad.

Ensayo

Se mira en el espejo,
se regala una sonrisa
y se invita a jugar,
cómplice de sí misma.
Intenta con el rojo,
el negro,
el morado,
acusar las líneas,
rellenar las curvas,
pintar sobre lo ya pintado.
Un moño en la cabeza,
un collar, pendientes
y pulseras
dibujan personajes.
Es la misma que
se mira mirarse.
Es la que se prepara
para una fiesta.
Para salir a trabajar.
La que espera
a un imaginario marido.
Es ella.
Es otra.
Es todas.
Es el futuro
que ensaya
en el tocador de mamá.

5/01/2007

¿Blog o no blog?

Empecé a publicar en este blog –y también en el otro– como si fuese un cuaderno borrador, de esos en los que uno garabatea lo que está pensando a medida que lo va pensando o lo que no se atreve a pensar demasiado o lo que, directamente, escribe sin pensar. Lo extraño es que ésta es la única definición positiva que se me ocurre que, por cierto, no es demasiado positiva pero al menos no empieza con la palabra no, que como todos sabemos suele no ser leída como una negativa sino como una invitación a la transgresión. Lo peor de todo es que, con el correr del tiempo y de los posts, tampoco es una definición ajustada.
Las definiciones por la negativa me recuerdan a la doctora Ofelia Kovaci tratando de enseñarnos –a los brutalmente ignorantes alumnos de Gramática de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires– las tríadas fonemáticas del español rioplatense. Fue tan eficaz nuestra profesora que no sólo lo aprendí sino que también, después de décadas, recuerdo que una "p" (sin la "e") es una "p" porque no es ni una "b" ni una "m". Y es que, a pesar de lo que comparten –las tres son bilabiales oclusivas, es decir se articulan a partir de ambos labios cerrados–, la identidad de cada una se define por el rasgo diferencial que no es más que el lugar vacante que las otras dos dejan en la tríada.
Volviendo al blog (no sé por qué me fui tan lejos), y para redefinirlo en homenaje a las tríadas fonemáticas del español rioplatense, diré que lo escribo porque:
No tengo cosa mejor que hacer.
Tendría millones de cosas que hacer, incluso algunas mejores, pero no quiero hacerlas.
No me banco pensar cosas y que queden ahí, en esa especie de plasma del pensamiento donde todo puede ser una maravilla o una porquería, sin orden ni bajada a tierra.
En el plasma lo que escribo y yo somos, invariablemente, maravillosos.
No me da vergüenza.
Tal vez debería pero no me da.
No quiero transformarme en esclava de mis palabras.
He pensado mil maneras de cambiar lo escrito en los libros: comprar la edición completa, sacar una solicitada en un diario diciendo que me desdigo, arrepentirme públicamente, escribir otro que diga todo lo contrario... De modo que el botón "suprimir esta entrada" me parece un pasaje sin escalas al paraíso.
No quiero sentirme amenazada por el número de lectores.
Sí, soy fóbica, pero como dice la publicidad, todo lo que tengo de fóbica lo tengo de buena mina; así que estoy acá, sin siquiera un módico contador de visitas gratuito, casi sin enterarme quién leyó mis delirios cotidianos, eludiendo cualquier signo de sobreexposición y rezando para que unos cuantos personajes conocidos –más de los que me gustaría– no tengan la triste ocurrencia de visitarme, por voluntad o pura casualidad, y dejarme un comentario.
No quiero que algún aspecto de lo que soy se quede afuera de mis palabras.
En un principio, por eso dupliqué mis kiosquitos; es que esta misma que viste y calza tiene unos cuantos años de educación rigurosa y sistemática pero también se desvive por la televisión basura, la más basura de todas –que tantos execran como la gota de grasa que les mancha el traje–, cocinar para los amigos y otros seres queridos como una Susanita o Sarita o cualquier otro modelo de madre asfixiante de la colectividad que se les ocurra; y, como si esto fuera poco, adora el fútbol y sigue tanto el desarrollo de los campeonatos locales como el libro de pases y los torneos italianos.
No necesito quedar bien con nadie.
Tengo una lengua con Ph muy bajo –lo que implica una enorme acidez– y esto, en la vida, digamos, "real" suele ser un inconveniente que aquí, por obra y gracia de la todopoderosa blogosfera, pasa desapercibido.
No quiero tomarme demasiado en serio.
Por eso, en mi perfil aparece, en vez de mi historia profesional, la colección de animales reales e imaginarios que los horóscopos de diversas nacionalidades me han destinado. Curiosamente, en el maya vuelvo a ser perro, lo que habla de mi profunda coherencia astral.
No busco amigos.
Si vienen, bienvenidos sean a esta casa y a la de verdad; pero, tanto por fóbica como por el respeto que le tengo a la amistad, evito las largas listas en las que informo los blogs que leo, los blogs en que aparezco, los que frecuento, los que vi una vez y no volví a visitar, los que son cool, los que... nada.
No quiero ser una blogopinóloga o comentarista oficial de posts.
Así que me mantengo calladita. Sí, porque estoy convencida de que los elogios son buenos para el alma cuando son sinceros, suelo dejar mensajes que reflejan mi admiración por las palabras de otros. Un mimo nunca está de más.
En fin, me cansé de los NO. ¿Saben qué? Escribo porque se me canta.