Lenta, inexorablemente
una niebla piadosa
desdibujó tu pensamiento.
La mirada se te volvió hacia atrás,
lejos,
y se instaló en la aldea
al pie de una montaña.
La voz se te mezcló
con viejas voces
del idioma infantil.
Dulce canción.
Perdidos la historia, el recuerdo,
perdidas las caras del presente,
tu mano envejecida
aún tiene algo
de aquella, firme,
de las tardes en la plaza.
Y en la sonrisa
impersonal
que agradece mi presencia
hay un atisbo
de la risa compartida.
No sé si llorar porque te vas
o porque te fuiste
hace ya mucho tiempo.
3/19/2007
Intermezzo florentino – 1990
I
La ciudad despierta, tendida a mis pies.
Lo que mis ojos ven con tanta pasión no será olvidado.
Mi voracidad no puede ser infecunda.
Algo de mí cambia, aquí tan lejos, y aún no sé qué es.
II
Me despierto en Florencia.
El Arno guarda,
en su lentitud,
un segundo despertar.
III
Ojos que la muerte
debería haber vaciado
y están vivos.
IV
Vieja bruma.
La mirada nueva,
de siglos.
Crujir de ropas y
olores nauseabundos.
Ariadna deshace
el laberinto
con el hilo
de una memoria
inesperada.
La ciudad despierta, tendida a mis pies.
Lo que mis ojos ven con tanta pasión no será olvidado.
Mi voracidad no puede ser infecunda.
Algo de mí cambia, aquí tan lejos, y aún no sé qué es.
II
Me despierto en Florencia.
El Arno guarda,
en su lentitud,
un segundo despertar.
III
Ojos que la muerte
debería haber vaciado
y están vivos.
IV
Vieja bruma.
La mirada nueva,
de siglos.
Crujir de ropas y
olores nauseabundos.
Ariadna deshace
el laberinto
con el hilo
de una memoria
inesperada.
Sobrevolando – 1991
El Universo es el espejo en el que la divinidad se contempla
Giordano Bruno (1548–1600)
Giordano Bruno (1548–1600)
Olvidamos. La vida es un trabajo: olvidar para volver a recordar. Y volver a olvidar.
A lo largo de los años, de las décadas, de los siglos, hemos olvidado y redescubierto, periódicamente las mismas cosas. Somos hijos del olvido y padres de nuestra memoria. De la memoria del tiempo con que estamos construidos.
Olvidamos. Creamos un saber propio a partir de un descubrimiento que es mero recuerdo. El origen del universo está marcado en nosotros. Lo conocemos pero intentamos ignorarlo. Poseemos las huellas del origen de la humanidad. Pero no sabemos cómo leerlas. Somos un reflejo perfecto del orden universal. Pero ese orden, fácilmente decodificable, se nos hace incomprensible y sólo vemos caos. Comprendemos poco. Apenas lo contingente, lo momentáneo, lo temporal. Sabemos parcialmente de manera lineal y sucesiva. Por un mecanismo de sospechosa defensa, hemos abolido laboriosamente todas nuestras percepciones de totalidad. Y aquello que se nos presenta, con inusitada perseverancia, como totalizador, superpuesto y multidimiensional, produce en nosotros un sentimiento de angustia porque lo asociamos con la locura.
Todo nuestro saber debe ser desmenuzado, estar ajustado y contenido en una serie de reglas que reducen los conocimientos a estructuras fijas y preestablecidas. Todo lo que allí no cabe, lamentablemente, no existe.
De entre las cosas que los griegos nos legaron –y que olvidamos, tal vez para adjudicarnos la gloria de su descubrimiento– hay una que periódicamente vuelve a florecer: su concepción del universo.
Eurínome, Diosa de las Cosas Desnudas, surgiendo desnuda del Caos, al no encontrar nada sólido en qué apoyar los pies, separó el mar del firmamento y danzó solitaria sobre las olas. La Noche de alas negras, cortejada por el viento, puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad. Eros salió de ese huevo y puso el Universo en movimiento. La Madre Tierra emergió del Caos y dio a luz a Urano mientras dormía. Tres instancias míticas de la Creación. Tres historias en las que se entrecruzan Caos, noche, Universo y mujer.
Pero en la visión griega del Universo hay un concepto que nuestro pensamiento encuentra difícil de concebir: Universo es UNO. De allí en más, en ese pasado remoto, toda cuenta era una partición. Dos, la mitad de uno. Tres, la tercera parte. Cuatro, la cuarta. Uno: siempre Todo.
Ese todo que nos reune, nos identifica, nos iguala y, a la vez, nos diferencia. Ese Todo y nosotros, piezas indispensables, imposibles de reemplazar. Hacedoras del equilibrio inestable del Universo. Nosotros, también, Universo. Dentro del Universo. Y el Universo en nosotros. Tan opuesto al conceto de sumatoria de individualidades que aún anida con sorprendente fuerza en los casuales moradores de este mundo.
Siglos más tarde, Leibniz, un filósofo alemán, enunció con la poesía y la sencillez de la verdad este criterio reversible de la relación entre el hombre y el Universo. La idea surgió mientras se encontraba mirando un estanque. Vio el Universo en el agua del estanque. En los nenúfares que flotaban. En cada pez. Concluyó, aunque lo hayamos olvidado, que bastaba con mirar una parte para encontrar allí el Todo.
Tiempo después, el movimiento Romántico alemán experimentó una suerte de desesperación en pos de hacer realidad una idea vertebradora: ser uno con el mundo. Cada miembro penó, a lo largo de su vida, por volver a la concepción griega del Universo. Según su teoría, los dioses, irritados por la conducta de los hombres, se habían retirado de la Tierra. Los poetas, con su misión superior, debían ser los encargados de restablecer la comunicación interrumpida. Como mediadores de la voz divina, traían la palabra que los ayudaría a construir un mundo más integrado. Sólo el crepúsculo ofrecía un instante de consuelo. Ese momento en que la luz se hace difusa, en que no se sabe bien si el día está naciendo o muriendo, era el que los dioses elegían para volver a comunicarse fugazmente con los hombres. ¿Quién, frente a un ocaso, no ha tenido la sensación de lo indefinible? ¿Quién ha podido nombrar los colores del cielo, los matices que cambian a cada instante, que escapan a nuestra mirada y a nuestra comprensión? Sin embargo, el final de la ilusión romántica fue trágico: la humanidad, embarcada en el sueño de la Ilustración, corría hacia otros lugares.
Desde entonces hasta hoy, el conocimiento científico traspasó nuestra existencia. Llegó a ocupar el espacio de todas nuestras preguntas borrando así la, tal vez, más humana de nuestras necesidades: la necesidad de lo inexplicable. Creando una conciencia individual, potente y monolítica. Pero ese saber hegemónico y aparentemente indestructible, llevaba en sí mismo, en los postulados en los que sustentaba su estructura, el germen de su destrucción. Parapetado, protegido, cerrado era, sin embargo, víctima de su propio encierro. Propenso a ceder frente a la más mínima fisura, no fue capaz de soportar la grieta.
Hoy estamos aquí, han pasado siglos. Muchos murieron por ideas que actualmente se sostienen con la mayor naturalidad. En el camino, para acceder a ellas, algunos debieron crear los paraísos artificiales. Fueron los llamados "malditos". La historia de la literatura está llena de esos "malditos", sin importar la época en que hayan desparramado sus pensamientos. Todo el arte, en realidad, es territorio de exiliados. En la era de la masa, los idealistas fueron parte de la interminable procesión de neuróticos. Afortunadamente, ya no se necesita ser loco para creer que el Orden perdido florece saludablemente en nuestro interior como reflejo de un orden mayor que debemos renunciar a comprender y a explicar con las palabras que usamos a diario. Un Orden que a veces sólo deja espacio para el silencio. Un Orden que sentimos –y por fin el sentimiento vuelve a ser un patrón de verdad– y del que nos sentimos parte.
Hoy estamos aquí. Intentando mirar el mundo con ojos de halcón. Sobrevolando. Viendo el Todo. Siendo el Todo. Sin dejar de ver ni de ser la parte. La parte importante sin la que ese Todo no sería lo mismo.
"... vi la circulación de mi oscura sangre,
vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte,
vi el Aleph, desde todos los puntos, vi el Aleph en la tierra
y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra,
vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré,
porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural,
cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado:
el inconcebible universo. [...]
Sentí infinita veneración, infinita lástima."
Jorge Luis Borges
vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte,
vi el Aleph, desde todos los puntos, vi el Aleph en la tierra
y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra,
vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré,
porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural,
cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado:
el inconcebible universo. [...]
Sentí infinita veneración, infinita lástima."
Jorge Luis Borges
1/23/2007
Fixed memories y traumdeutung
Cada noche, ella cumple con un ritual preestablecido: se desviste, coloca la ropa con prolijdad sobre una silla, se lava los dientes, comprueba que el despertador está programado para sonar a las 6.15, a las 6.20, a las 6.25 y a las 6.30, y luego se desploma sobre el territorio sin norte de la cama.
Al rato, cuando el sueño ya le ha franqueado la entrada a ese otro universo en el que lo cotidiano se transforma en irreal, un ejército silencioso comienza su labor.
Centenares de pequeños pies recorren afanosamente cada recoveco de su cabeza. Con manos ágiles, descuelgan los recuerdos, limpian las sensaciones, eliminan todo rastro de alegría, dolor, rencor, amor u odio; borran las experiencias. Sin embargo, lejos de hacer con lo removido una enorme y chisporroteante fogata, lo ensobran con prolijidad según rubros, categorías o segmentos. Allí van, con sumo cuidado, el mediodía de verano en que nació su hijo; la tarde en que, de tanto reír, tuvo un acceso de tos; el dolor por la muerte de su padre; aquellas vacaciones en la playa; sus ojos húmedos frente a los cuadros de Botticelli; la mañana en que descubrió que lo que había creído amor no era más que un error, el día en que los pelos de la nuca se le erizaron de pánico.
Dado que los recuerdos recién arrancados tienen ciertas características particulares, requieren un cuidado específico antes de ser envasados. El recuerdo del primer amor, por ejemplo, es tibio y aterciopelado. Los relacionados con momentos de mucha hilaridad son de un calor húmedo. Los de odio, crepitantes. Los de placidez generan a su alrededor una brisa cálida. Por eso, una vez desprendidos, y luego de una rigurosa limpieza, deben alcanzar una temperatura neutra y uniforme; de lo contrario, dentro del sobre crean una capa de moho que, de no ser removida de inmediato, lisa y llanamente, los descompone generando un olor insoportable que termina transmitiéndose a otros recuerdos e impregnándolos para siempre. Del mismo modo, aquellos que han caducado o que han entrado en estado de descomposición, son reducidos, transformándose en una sustancia parecida a la ceniza de papel.
Aproximadamente a las cuatro de la mañana, el ritmo de trabajo cambia. Cierta tensión, cierta lejana incertidumbre hace que los pequeños trabajadores se detengan y, expectantes, se peguen a las suaves paredes mimetizándose con ellas. Entonces hace su entrada otro ejército, más pequeño, más extraño, que desfila con ritmo y curso irregulares, provocando a veces una enorme agitación y otras, un plácido bienestar. Antes de desaparecer, con notable ignorancia de la labor que han interrumpido, estos personajes van dejando adherencias en algunas de las superficies. Son resabios de la consistencia de las telarañas. Algunos se asemejan de manera notable a los recién envasados recuerdos. Otros están curiosamente cambiados. Muchos de ellos parecen no tener relación alguna con nada antes visto en ese universo de penumbra y destellos. Aunque la mayoría se desvanece sin dejar rastros, algunos colgajos se resisten a convertirse en niebla. Entonces, cuando retorna la calma, el ejército camuflado recomienza la tarea. A los recuerdos envasados van sumándose, cuidadosamente catalogadas, las telarañas remanentes. Luego, cuando la luz del amanecer empieza a vislumbrarse, el ritmo se hace frenético. Como manzanas pintonas y perfumadas que por milagro vuelven a pender de las ramas del árbol, como las luces intermitentes de las guirnaldas navideñas, los recuerdos y los resabios son amorosamente desmbalados y repuestos en sus lugares. Poco a poco, retoman su temperatura distintiva, su color, su olor. Orondos y vigorosos, algunos se cuelan en el entresueño previo al despertar. Y allí donde otrora hubo un recuerdo que ha sido descartado, queda ahora una cicatriz mínima, indolora, parecida a un pequeño ombligo. Entonces suena el despertador y comienzan, a la vez, la retirada del batallón y la vuelta a la conciencia diurna.
Cada mañana, ella se sorprende de lo pertinaz de sus olvidos. De la vitalidad de sus recuerdos. De esa catarata de presencias sin resentimiento que la invade al ponerse en funcionamiento para afrontar el nuevo día. De los acertijos que le presenta la memoria de los sueños, esos restos que trata como velos –parecidos a suaves y persistentes telarañas– que deben ser sucesivamente retirados para dejar al descubierto una verdad necesaria.
De vez en cuando, se sorprende esbozando una sonrisa al rememorar su infancia castigada; o se le cae una lágrima inexplicable frente a la felicidad reencontrada.
Durante el día, ella, tendida en el diván, desteje incógnitas frente al oído atento de su analista. Mientras tanto, la mayoría de los pequeños seres se entrega al descanso con la satisfacción de la tarea cumplida y, alguno que otro, debido a la distracción o a la inexperiencia, recibe una reprimenda por haber colgado mal un recuerdo.
Al rato, cuando el sueño ya le ha franqueado la entrada a ese otro universo en el que lo cotidiano se transforma en irreal, un ejército silencioso comienza su labor.
Centenares de pequeños pies recorren afanosamente cada recoveco de su cabeza. Con manos ágiles, descuelgan los recuerdos, limpian las sensaciones, eliminan todo rastro de alegría, dolor, rencor, amor u odio; borran las experiencias. Sin embargo, lejos de hacer con lo removido una enorme y chisporroteante fogata, lo ensobran con prolijidad según rubros, categorías o segmentos. Allí van, con sumo cuidado, el mediodía de verano en que nació su hijo; la tarde en que, de tanto reír, tuvo un acceso de tos; el dolor por la muerte de su padre; aquellas vacaciones en la playa; sus ojos húmedos frente a los cuadros de Botticelli; la mañana en que descubrió que lo que había creído amor no era más que un error, el día en que los pelos de la nuca se le erizaron de pánico.
Dado que los recuerdos recién arrancados tienen ciertas características particulares, requieren un cuidado específico antes de ser envasados. El recuerdo del primer amor, por ejemplo, es tibio y aterciopelado. Los relacionados con momentos de mucha hilaridad son de un calor húmedo. Los de odio, crepitantes. Los de placidez generan a su alrededor una brisa cálida. Por eso, una vez desprendidos, y luego de una rigurosa limpieza, deben alcanzar una temperatura neutra y uniforme; de lo contrario, dentro del sobre crean una capa de moho que, de no ser removida de inmediato, lisa y llanamente, los descompone generando un olor insoportable que termina transmitiéndose a otros recuerdos e impregnándolos para siempre. Del mismo modo, aquellos que han caducado o que han entrado en estado de descomposición, son reducidos, transformándose en una sustancia parecida a la ceniza de papel.
Aproximadamente a las cuatro de la mañana, el ritmo de trabajo cambia. Cierta tensión, cierta lejana incertidumbre hace que los pequeños trabajadores se detengan y, expectantes, se peguen a las suaves paredes mimetizándose con ellas. Entonces hace su entrada otro ejército, más pequeño, más extraño, que desfila con ritmo y curso irregulares, provocando a veces una enorme agitación y otras, un plácido bienestar. Antes de desaparecer, con notable ignorancia de la labor que han interrumpido, estos personajes van dejando adherencias en algunas de las superficies. Son resabios de la consistencia de las telarañas. Algunos se asemejan de manera notable a los recién envasados recuerdos. Otros están curiosamente cambiados. Muchos de ellos parecen no tener relación alguna con nada antes visto en ese universo de penumbra y destellos. Aunque la mayoría se desvanece sin dejar rastros, algunos colgajos se resisten a convertirse en niebla. Entonces, cuando retorna la calma, el ejército camuflado recomienza la tarea. A los recuerdos envasados van sumándose, cuidadosamente catalogadas, las telarañas remanentes. Luego, cuando la luz del amanecer empieza a vislumbrarse, el ritmo se hace frenético. Como manzanas pintonas y perfumadas que por milagro vuelven a pender de las ramas del árbol, como las luces intermitentes de las guirnaldas navideñas, los recuerdos y los resabios son amorosamente desmbalados y repuestos en sus lugares. Poco a poco, retoman su temperatura distintiva, su color, su olor. Orondos y vigorosos, algunos se cuelan en el entresueño previo al despertar. Y allí donde otrora hubo un recuerdo que ha sido descartado, queda ahora una cicatriz mínima, indolora, parecida a un pequeño ombligo. Entonces suena el despertador y comienzan, a la vez, la retirada del batallón y la vuelta a la conciencia diurna.
Cada mañana, ella se sorprende de lo pertinaz de sus olvidos. De la vitalidad de sus recuerdos. De esa catarata de presencias sin resentimiento que la invade al ponerse en funcionamiento para afrontar el nuevo día. De los acertijos que le presenta la memoria de los sueños, esos restos que trata como velos –parecidos a suaves y persistentes telarañas– que deben ser sucesivamente retirados para dejar al descubierto una verdad necesaria.
De vez en cuando, se sorprende esbozando una sonrisa al rememorar su infancia castigada; o se le cae una lágrima inexplicable frente a la felicidad reencontrada.
Durante el día, ella, tendida en el diván, desteje incógnitas frente al oído atento de su analista. Mientras tanto, la mayoría de los pequeños seres se entrega al descanso con la satisfacción de la tarea cumplida y, alguno que otro, debido a la distracción o a la inexperiencia, recibe una reprimenda por haber colgado mal un recuerdo.
FP (2006)
(...) y el universo se me reconstruyó sin ideal ni esperanza (...)
Fernando Pessoa – Tabaquería
Fernando Pessoa – Tabaquería
El escribió de pie.
Todo de golpe.
La mano alzada sobre el papel.
El papel quemándose con la tinta.
La tinta derramándose como un río.
El río corriendo en su interior.
Su interior vacío como un papel en blanco.
Superficie divina.
Medida áurea.
Cuadratura imposible.
Geometría universal.
Todo tiende a cero.
Y sin embargo,
queda la poesía.
Todo de golpe.
La mano alzada sobre el papel.
El papel quemándose con la tinta.
La tinta derramándose como un río.
El río corriendo en su interior.
Su interior vacío como un papel en blanco.
Superficie divina.
Medida áurea.
Cuadratura imposible.
Geometría universal.
Todo tiende a cero.
Y sin embargo,
queda la poesía.
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