5/30/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad V Feria de vanidades

Tiempo después, con la alianza ya legalmente constituida, los equipos que hasta ese momento habían trabajado en diferentes lugares se mudaron a la sede oficial de “Todos para adelante”. Allí marché yo también a vivir la experiencia de estar todos bajo el mismo techo, respirar el aire de la campaña, sentir la adrenalina preelectoral y ver a los militantes en acción.
Lo que hasta ese momento había sido un tranquilo discurrir de los días se transformó de pronto en agitación sin respiro. Las militantes de la tercera edad, que ocupaban sus tardes llenando sobres con material promocional, entraban en nuestra área de trabajo cada hora u hora y media gritando como colegialas excitadas: “¿Llegaron los pins y las banderitas? ¿Llegaron los pins y las banderitas?”. Estaban impacientes por lucir en sus pechos el botón con la cara del “líder” y hacer flamear los colores del partido. Los integrantes de la juventud, en cambio, no mostraban interés por el merchandising sino por presentarnos regularmente los productos de su bullente creatividad que se materializaban en irrealizables proyectos de comerciales y actos multitudinarios. La salita verde, por su parte, continuaba con las reuniones semanales, mientras que cada integrante persistía en las actitudes que ya he relatado. Finalmente, en una de esas reuniones, se aprobaron los guiones para los comerciales de televisión y, unos días después, estábamos listos para filmar.
Titánica fue la tarea de juntar a los candidatos de todas las provincias. No menos arduo fue explicarles el tipo de vestimenta que tenían que llevar. Pero lo peor de todo fue recibir, una tras otra, llamadas en las que preguntaban si cremita era lo mismo que marrón, si gris oscuro daba igual que gris claro o gris topo, si negro era mejor que azul, si el cinturón, los zapatos, la corbata y el pañuelito debían combinar, confirmando que cualquier burla que yo hubiese inventado no era más que un amago de realidad, triste realidad.
Llegué a la locación a las seis de la mañana para estar mientras se armaban el set –en la sala de reuniones de una empresa– y el lugar donde se tomarían algunas fotos –en una oficina de la misma empresa–, todo especialmente acondicionado para que pareciera que los muchachos eran devotos del trabajo.
De a poco, empezaron a caer los candidatos, funda con traje en mano, listos para pasar a maquillaje. A medida que se amontonaban, el ambiente se iba haciendo más raro: al equipo de filmación, como treinta personas entre maquillaje, iluminación, cámaras, eléctricos, director y asistentes, nos sumábamos nosotros, los integrantes del equipo creativo, y a todo eso, los inminentes protagonistas de las joyas del séptimo arte que estábamos a punto de pergeñar. De todos modos, nadie perdía sus características propias. El “langa” se paseaba entre la gente con una taza de café y su invariable sonrisa; la “camionera” había venido más enjoyada que nunca; el “líder” mostraba que podía ser el capo de la alianza pero su esposa, pegada a él como estampilla y susurrándole constantemente al oído, denunciaba quién llevaba los pantalones; desde un rincón, la dama joven, devenida candidata a concejal por la gracia recibida y otorgada, le hacía sonrisitas al jefe de campaña; uno de los mascarones de proa, el del traje marrón-cremita, recitaba su parlamento en una esquina, mirando a la pared como si estuviese en penitencia. El clima era de algarabía estudiantil hasta que el director a cargo de la filmación dio la orden de comenzar y comenzó a acomodar a los actores. Luego pidió que se encendieran las luces y, tras el tradicional “se filma”, todos vimos en silencio cómo se desarrollaba el evento. Las cosas iban medianamente bien, considerando que no estábamos trabajando con profesionales, cuando un grito sacudió la escena. La esposa del “líder”, que miraba con atención en el monitor del director, sentada en el sillón del director, haciendo como que era el director, había sido presa de un ataque de histeria:
–¡Pepe! ¡Te brilla la frente! ¡Maquillaje, maquillaje!
La maquilladora, delgada, bonita y simpática, se acercó a reparar tamaña afrenta al buen gusto, seguida por la mirada llamante de la esposa que no era ni delgada ni bonita ni simpática. Y, dos minutos después, todo había vuelto a la normalidad. Casi.
–¡Pepe! ¡Tenés los ojos rojos! ¡Maquillaje, maquillaje, el colirio, rápido!, –volvió a aullar la santa esposa del "líder".

La maquilladora, delgada, bonita y simpática pero ya con cara de embole, llegó corriendo con el frasquito en la mano. Cuando se estaba acercando al “líder” para solucionar el inconveniente, la esposa del capo se le interpuso, le arrebató el milagroso Lidil y se abalanzó hacia su marido, que esperaba ya con la cabeza en alto, con tanto ímpetu que estrelló el pico del frasco contra el interior del ojo del sumiso cónyuge. Resultado: filmación suspendida por un rato y esposa saliendo “a tomar aire” por consejo del “director” que trataba por todos los medios de contener la ira del otro director.
Retomamos la tarea, sin embargo, algo había cambiado en el ánimo de los presentes. Cierto cansancio y malestar empezaba a notarse, sobre todo en los políticos que viendo lo avanzado de la hora se impacientaban por cumplir con los compromisos que llenaban sus agendas. Por fin pudimos volver a rodar. Aunque no todo iba a salir tan fácil como parecía. Uno de los candidatos tenía un parlamento de apenas cinco palabras: “Vamos a combatir la corrupción”. No podía ser más sencillo, sobre todo para alguien que, como él, había pertenecido al Poder Judicial. Pero la escena demandó más de dos horas. Toma tras toma, el tipo intentaba sin éxito decir su línea.
A la quinta vez que el contundente "Vamos a compartir la corrupción" estremeció la implacable luminosidad de los reflectores, medio equipo creativo estaba revolcándose y ahogando las risas bajo la enorme mesa de cristal; parte del equipo de filmación había salido de la sala porque no podía aguantar las carcajadas y el ánimo del director era apocalíptico; y los candidatos intercambiaban miradas de vergüenza ajena y propia. Hasta que alguien, desde el fondo de la habitación, gritó: “Bueno, che, no lo gasten, al menos el tipo quiere compartir”.

5/28/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad IV Todos para adelante

Con el correr de las reuniones de la salita verde, que seguían llevándose a cabo con regularidad cada martes y a las que yo tenía que asisitir en mi función de escribiente, los participantes empezaron a conocerme y saludarme con amabilidad. Atrás había quedado mi estupor al saber que las radios encendidas se debían a la paranoia de la clase política –después pude comprobar que casi toda la clase política sufre de la misma paranoia– que temía que sus tan importantes elucubraciones fuesen grabadas mientras una perfecta desconocida –yo, durante el primer encuentro– anotaba cada palabra que se decía en el cónclave (tal vez pensaron que la escritura me saldría con interferencias). Como observadora, por otra parte, había advertido que el incipiente acercamiento entre la dama joven y el jefe de campaña ya era un franco coqueteo en el que, por supuesto, ambos olvidaban que tenían sus respectivos cónyuges; el “langa”, en cambio, se había dado por vencido en la conquista de la “camionera”, y los mascarones de proa llegaban cada vez más temprano para ocupar los lugares próximos a donde supuestamente se sentaría el “líder”, de todos modos, nunca pude saber si lo hacían por ambición política o porque los platos de medialunas siempre quedaban de ese lado.
Por fin, un día, el nombre del nuevo partido quedó fijado como “Todos para adelante”. No me detendré a especificar el recorrido semiológico que condujo a esa elección. Sólo diré que, mientras copiaba las alternativas en mi cuadernito cuadriculado, se me ocurrieron algunos obvios mensajes de campaña del tipo: “Todos para adelante. Estamos para atrás” o “Todos para adelante así te la damos por atrás” o “Todos para adelante te deja para atrás” que seguramente, por ser tan obvios, se le iban a ocurrir a otro para poner en ridículo al partido que, por supuesto, no se llamó partido porque “partido” quiere decir “que no está entero”, sino alianza porque tenía que ver con "el compromiso, el matrimonio, la unión indisoluble". Claro que los cerebros que con tanta profundidad analizaban los contenidos estaban dejando de lado lo nefasto que, en un pasado reciente, había resultado ese modelo de amontonamiento provisorio.
Casi al final de la reunión, el “líder” hizo un emocionado brindis celebrando “el bautismo del nuevo movimiento que sumaría a sus filas a las mayorías silenciosas y hartas de la corrupción” y todos aplaudieron de pie. Antes de retirarnos también quedaron definidas las líneas de campaña sobre las que habría que apoyar toda la producción discursiva: las primarias eran corrupción, seguridad y desempleo –¿alguna vez fueron otras?– y las secundarias, educación y salud. ¡Oh, Dios mío!
Si algo me alegraba, en medio de semejante pobreza de nombre y de ideas, era saber que de ahí en más yo tendría que dejar de anotar para comenzar a pensar en estrategias de campaña. ¡Cuánto me equivocaba! No sólo no dejé de anotar sino que, además, tuve que comenzar a pensar estrategias de campaña, bases fundacionales de la alianza, propuestas concretas para los potenciales legisladores, materiales de promoción y comerciales de televisión y radio.
Mientras yo empezaba a pensar todo eso, las investigaciones continuaban y los asesores legales de la nueva agrupación se dedicaban a hacer todos los trámites necesarios para la obtención de la personería jurídica que les permitiría contar con los beneficios que favorecen la actividad política: presupuesto, desgravaciones impositivas varias, segundos gratuitos de televisión y radio –el famoso “espacio cedido a los partidos políticos” que nos atormenta la tanda durante las campañas electorales–, y la remuneración por cada sufragio, a cobrar luego del comicio; sin contar con los desinteresados aportes de empresas y organizaciones que servirían para pagar, entre otras cosas, los honorarios del equipo creativo del que yo ya era parte.
Para la redacción de las bases me sugirieron que interiorizara acerca de dichos y expresiones de los fundadores de la Nación –se referían al país, no al diario– que servirían también para hacer toda la gráfica de lanzamiento de la joven –¿joven?– agrupación. Obediente, me sumergí en la lectura de documentos y textos históricos desde la mal llamada Revolución de Mayo hasta la también mal llamada Revolución Libertadora. Cuando pregunté al jefe de campaña cuáles eran las personalidades que debían estar excluidas en la búsqueda me contestó con tono ofendido que yo debería saber que estábamos “formando una alianza inclusiva y plural” y que nuestra comunicación tenía que “mostrar el grado de apertura, innovación y modernidad más allá de cualquier diferencia estereotipada y dejando atrás los prejuicios del pasado”. Salí de su oficina preguntándome si me había invitado a incluir la palabra de Evita o si estaba justificando su apasionado romance con la dama joven.

5/27/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad III Llevo en mis oídos...

Llegamos a la reunión con media hora de retraso, lo que para el “director” –siempre fiel al “estoy llegando”– era un verdadero record de puntualidad. Entramos en la sala donde parte de la plana mayor estaba ubicada. Me llamó la atención ver algunas caras conocidas de otros partidos y concluí que me hallaba frente a un evidente rejunte de militantes de segunda línea de partidos de segunda línea, lo cual era una ecuación peligrosamente mediocre. También había rostros nuevos para mí y, dadas las circunstancias, para desasnarme debería esperar a la finalización del cónclave.
Busqué un lugar alrededor de la enorme mesa ovalada, tratando de quedar en una posición que me permitiera cumplir con la tarea de observación y anotación que me había sido encomendada. Al rato, entró el candidato que impulsaba el curioso apelotonamiento ideológico –y que iba a constituirse en el líder– precedido de su amigo y jefe de campaña, una especie de eterno y jocoso adolescente. Entonces, casi como por obra de un milagro, se encendieron tres radios, sintonizadas en emisoras diferentes, que había en las esquinas de la habitación y, a pesar del molesto barullo que causaban y que empastaría todo el desarrollo del encuentro, hubo un suspiro de alivio generalizado.
Cuando parecía que la reunión iba a comenzar, entraron dos mozos con sendas bandejas llenas de medialunas y jarras con café y té que repartieron sobre la mesa. Hubo un momento de confusión cuando varias manos se lanzaron en búsqueda del desayuno.
El jefe de campaña, con sonrisa de chico en campamento escolar, le acercó al "líder" uno de los platos con medialunas y el "líder", ni lerdo ni perezoso, se lanzó a dar cuenta de ellas como un refugiado biafrano, mostrando que la angustia oral había pasado a ser un trastorno severo de la personalidad y que, por mucho que lo intentara, su personal trainer no podría eliminar el exceso de peso ganado a fuerza de legítimo, intenso y persistente ejercicio mandibular.
Finalmente, cuando cada asistente tuvo su ración y el silencio masticatorio se hizo general, uno de los hombres se puso de pie y comenzó el análisis de las encuestas. Tan admirables eran su histrionismo y su gracia que olvidé, tal vez porque me parecía intrascendente, que tenía que anotar todo hasta que un disimulado codazo del “director” me volvió a la tarea y, sin dejar de escribir cifras, porcentajes y variables, me encontré mirando de reojo a los presentes para advertir, no sin sorpresa, que la dama más joven intercambiaba miradas cómplices con el jefe de campaña; que uno de los mascarones de proa, viejo militante de un pequeño partido nacional, tenía una marcada actitud obsecuente hacia el devorador de medialunas; que la otra dama, más o menos de mi edad, a pesar del irreprochable traje sastre color manteca y los oros que le colgaban por todos lados, cada vez que emitía una palabra parecía un camionero; y que otro mascarón de proa con dientes recién estrenados se hacía el “langa” con una espantosa falta de disimulo.
Mientras tanto, el sociólogo –porque según me enteré después, era un sociólogo– a cargo del análisis de las encuestas terminaba su exposición diciendo que la noticia más relevante de la semana había sido el asesinato de una jovencita gracias a los veinticinco golpes de plancha propinados por su concubino. En ese momento, tomó la palabra un hombre de aspecto bastante desprolijo que se había mantenido en silencio desde el inicio de la reunión. Con una amplia sonrisa que dejaba ver los dientes oscurecidos por el exceso de nicotina, dijo ser el nuevo encargado de las encuestas cualitativas y pasó a dar unas cuantas explicaciones acerca de su modalidad de trabajo: cantidad de grupos, cantidad de personas por grupo, tiempo de duración de las entrevistas, parámetros de investigación, para luego pasar a los resultados del procesamiento. Por lo que entendí, que no era mucho, la búsqueda estaba orientada al nombre que se le debía poner al partido para que la gente se sintiese identificada y, a la hora de las urnas, votase por los candidatos. El psicólogo –porque el tipo, además de sucio, era psicólogo– hizo una exposición detallada de los sentimientos que habían generado en los integrantes de los grupos las palabras fuerza, movimiento, partido, unión, alianza, confederación y otras que no pude anotar porque me distraje con las manchas de grasa que tenía en el sweater. Luego se explayó sobre las reacciones que despertaban los términos país, pueblo, gente, nación, república, y las implicancias que tenía desde el punto de vista semiológico el uso de preposiciones que unieran ambos conceptos. Para terminar, hizo entrega de un ejemplar de la investigación al “líder” y otro al “director”. A partir de ese momento, todos empezaron a hablar al mismo tiempo como los chicos de una salita de cuatro –la salita verde, nombre que, debo confesar, quedó instituido para mi uso interno– cuando la maestra termina de contarles un cuento, y ya no hubo manera de retomar el cauce de la reunión. El “líder”, con una miga de medialuna en la barbilla, en un rapto de creatividad sublime, tiraba combinaciones azarosas de palabras para bautizar el partido; el “langa” se había acercado peligrosamente a la “camionera” enjoyada; la dama joven le hablaba casi al oído al jefe de campaña y los mascarones de proa, viendo los platos vacíos, se iban corriendo hacia la puerta para retirarse de a uno sin siquiera saludar.
Mi cabeza era un revoltijo de datos y, si no me equivocaba, el nombre más adecuado para el partido debía ser algo así como “Club de la pachanga”. Con la sala casi vacía, los sonidos de las radios dejaron de ser un murmullo para empezar a distinguirse: en el fondo, una locutora anunciaba tiempo inestable para la tarde; a mi izquierda, Shakira se preguntaba dónde están los ladrones y la voz de Luis Miguel acometía un insoportable no sé tú desde la derecha. Todo un mensaje.

5/25/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad II Precalentamiento

Esa mañana me presenté en la casa-oficina donde me esperaba un escritorio tranquilo y con todo lo que podía necesitar para desempeñar mi tarea. Como el “director” aún no había llegado y yo no tenía directivas precisas para comenzar a trabajar, pasé un largo rato ordenando las cosas a mi modo, incluidos los pensamientos que, desde el final de la entrevista, dos días antes, habían seguido la misma trayectoria que una veintena de caballos desbocados en el exiguo terreno de mi cabeza. No era para menos. Acostumbrada a manejar mis tiempos, a decidir el momento de una reunión, a mirar de reojo el ritmo de mi casa, una de las cosas que me habían parecido interesantes acerca de este puesto era la flexibilidad horaria. Claro que, a esas alturas, yo no tenía la más peregrina idea de cuán flexible podía llegar a ser. Finalmente, cerca de mediodía, después de haber llamado varias veces para decir “estoy llegando” –tampoco supe, hasta que la experiencia me lo demostró, el grado de elasticidad de ese simple gerundio–, el “director” apareció ante mí con una pila de papeles que depositó ruidosamente sobre el escritorio.
–Bueno, –me dijo –, acá está casi todo el material que tendrías que leer. Si encontrás alguna dificultad para comprender, estoy en mi oficina. No dudes en preguntarme.
Le devolví la sonrisa y tomé el primer documento, sólo separado de los demás por un broche común. El título, “Tracking de la semana 18 – Investigación cuantitativa”, no prometía mucho. Al dar vuelta la página, surgió ante mis ojos la primera de los cientos de miles de estadísticas que vería en los meses siguientes. Con ese gesto comenzó mi entrenamiento intensivo para la construcción de un partido político.
Menos de una semana tuve para interiorizarme de las investigaciones que se habían estado llevando a cabo. En pocos días aprendí cómo leer una encuesta, qué variables eran las más significativas, la importancia de la ficha técnica. Supe de preguntas abiertas o cerradas, de segmentación, de barrido, de cortes. De investigaciones cuantitativas y cualitativas. De focus groups, de telemarketing proactivo, de mensajes taylor made. De períodos ventana, de migración del voto, de nichos. Y no escribí ni una letra. Y del partido, ni noticias.
El ritmo de producción de información era febril. De manera sistemática, de martes a domingo, se medía la intención de voto tomando como parámetros edad, sexo, barrio o distrito o ciudad, nivel socioeconómico y nivel de educación, es decir las variables duras. Además, se interrogaba acerca de quién era el sostén del hogar, la cantidad de miembros de una familia que trabajaban, cuáles eran para el entrevistado los problemas más relevantes de la sociedad y cuál era la noticia que más lo había impactado en los últimos siete días. El lunes se procesaban los resultados. Cada quince días recibíamos las investigaciones cualitativas que iban dibujando las que deberían ser las virtudes del candidato y también los defectos o vicios que tendría que evitar. Del mismo modo, se relevaban series de palabras relacionadas con la actividad política y el ejercicio de funciones legislativas y ejecutivas.
Mientras yo intentaba procesar la información y me preguntaba para qué demonios me servía y cuándo comenzaría la tarea para la que me habían contratado, el “director” se la pasaba de reunión en reunión, de modo que sólo lo vi esporádicamente, en los intervalos entre un “estoy llegando” y otro.
Un lunes, antes de que me fuera a casa, entró a mi oficina para decirme que al día siguiente ambos teníamos que asistir a la reunión de los martes. Cuando le pregunté de qué se trataría el encuentro, me dijo:
–La plana mayor del partido (no pregunté qué partido, así que nunca me pude enterar) se reúne todos los martes con los analistas y asesores (tampoco pregunté analistas de qué ni asesores de quién) para la lectura de las encuestas (de eso sí venía sabiendo un poquito), la interpretación de los resultados y el debate de ideas (bueno, al menos, había más de una idea para debatir).
No conforme con lo intrincado de la explicación que no había contestado mi pregunta, volví a intentar, esta vez con algo más directo:
–¿Y yo qué tengo que hacer ahí?
–Buenooo… esteeee… ejemmm…vos te sentás ahí, observás y anotás.
Sentarme, observar y anotar, pensé. No parecía difícil. Además, me estaban pagando una fortuna para no haber hecho otra cosa que ser lectora de encuestas y, ahora, una especie de taquígrafa del encuentro.

5/23/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad I Una entrevista exitosa

Cuando recibí el llamado para ese nuevo trabajo, mi experiencia como fantasma era bastante amplia. La búsqueda se orientaba a una persona altamente entrenada para escribir, investigar sobre historia, informada y, por sobre todas las cosas, de máxima discreción. Una amiga que ya formaba parte del equipo, sabiendo que mi perfil se ajustaba, le había proporcionado mis datos a quien estaba a cargo de la dirección. Sin embargo, aunque la propuesta era sumamente atractiva, yo nunca antes me había desempeñado en política y el salto de la ficción a la realidad me provocaba un molesto cosquilleo en el estómago. Si bien no se me había informado para quién trabajaría, el desafío de conocer por dentro las alternativas de una campaña electoral sonaba muy tentador.
La entrevista, que por acuciante necesidad de mis potenciales empleadores tuvo lugar casi inmediatamente después del llamado, se desarrolló en una mansión estilo Tudor acondicionada como oficina y situada en un elegante barrio de la ciudad. Una amable recepcionista me condujo a través de una gran sala donde trabajaban al menos cinco personas para luego ascender a la planta alta donde, tras una doble puerta de madera, me esperaba el “director”: cincuenta y pocos, barba y cabello entrecanos y cuidadosamente descuidados, y con ese agradable no sé qué que denuncia que el “don de gentes” ha escalado hasta transformarse en “don de agenda”. Tras él, una pizarra blanca en la que se destacaba lo que parecía ser el borrador de un diagrama organizacional; y a un costado, un gran televisor encendido y sin volumen.
En pocas palabras, café mediante, volvió a explicarme los requerimientos mínimos para ocupar la posición y me preguntó si creía cumplirlos. Ni lerda ni perezosa, le contesté que de otro modo no estaría postulándome y agregué que, en definitiva, al momento de llamarme él ya debería haber estado convencido. Reímos de buena gana. La esgrima verbal nos sentaba bien a ambos. Entablamos una conversación casi sin importancia acerca de cuestiones de actualidad. Minutos después, yo había comprendido que la mecánica de la charla consistía en un simple “cambio de figuritas”: te cuento algo para que me cuentes algo. Entonces me relató su trayectoria para luego decir:
–Hablame de tus antecedentes laborales.
A ver si me explico: los fantasmas no tenemos antecedentes laborales; de los otros no estoy segura, pero laborales no; nuestro curriculum vitae es un compendio de vaguedades, no sólo porque debemos guardar secreto profesional sino también porque si decidiéramos gritar a los cuatro vientos para quiénes trabajamos nadie querría creerlo. Así que sonreí y, consciente de que todo lo que dijese podía ser tomado en mi contra, me quedé calladita. Sin saberlo, había pasado la prueba de fuego de la discreción. El bache de silencio se llenó con generalidades que tendían a indagar acerca de mi situación familiar, disponibilidad horaria, nivel socioeconómico. Lo que no mucho tiempo después yo iba a poder identificar como las “variables duras” de una maqueta de interrogación.
–¿Y qué me podés decir acerca de tu formación?, disparó después de haber hecho una reseña de sus estudios.
Como no tenía nada que ocultar, me explayé acerca de mi completísima lista de estudios incompletos no sin sentirme una especie de vagabunda de facultades, investigadora de disciplinas disímiles y abandónica consuetudinaria. A esta altura de la entrevista, muchos de los empleados habían golpeado la puerta del despacho para despedirse. Cuando le llegó el turno a la recepcionista, el “director” le dijo:
–Antes, por favor, traeme un gin tonic, –y, mirándome –¿Un gin tonic, un whisky?
–Gracias, pero no trabajo mientras tomo. –contesté.
Se rió y siguió hablando, vaso en mano, hielo tintineando contra el cristal, cigarrillo y el televisor, que había estado encendido en todo momento, ahora con el volumen más alto para poder escuchar los noticieros que se emitían a esa hora.
Algo trascendente debo haber comentado acerca de lo que veíamos porque de inmediato tomó el control remoto, apagó el aparato y me miró fijo:
–¿Sabés por qué estás acá? –sin darme tiempo a contestar la obviedad que se me ocurría, siguió –Vas a trabajar en la construcción de un partido político. ¿Cuándo podés empezar?