Y te subís al colectivo
como hacés todo
como si cualquier cosa
y la ves ahí sentada
y el tiempo sobreviene
y pesa
y en sus ojos gastados
están los tuyos
y en su pelo revuelto
hay rastros
de una tarde tan vieja
que ya no podés contarla
y ella te mira
y sabe
y vos la mirás
y sabés
y los dos saben
y en ese cruce de miradas
hay dos historias diferentes
del mismo adiós
sin palabras.
8/23/2008
8/06/2008
Mentoring Carly
Hoy, después casi tres meses de permanencia en la Argentina, Carly Stingl regresa a Madison, Wisconsin.
Carly es estudiante del último año de la carrera de periodismo en la Universidad de Wisconsin, y durante este tiempo, colaboró con el área de contenidos de Vivir en Argentina.
Como responsable del sector, tuve a mi cargo la orientación de Carly, cuyo objetivo era mejorar el dominio del español escrito.
Sin embargo, una tarea que podría pensarse meramente como una supervisión, se transformó en un desafío que, visto desde el presente, fue muy enriquecedor tanto en el plano laboral como en el personal.
Dede el punto de vista del trabajo, quienes hacemos Vivir en Argentina nos esforzamos para ofrecer a los extranjeros información ajustada y objetiva sobre nuestro país. Para eso, la mirada de una persona inquieta, curiosa y entusiasta como Carly es invalorable porque nos ayuda a comprender cuáles son los intereses y las necesidades de quienes visitan Argentina.
Desde el punto de vista personal, cada charla que tuve con ella, tanto fuese sobre los temas que le tocó abordar o sobre cuestiones puramente gramaticales o estilísticas, como cuando hablamos acerca de la problemática y la idiosincracia del país, me obligó a pensarme como argentina, a revisar el pasado y el presente, y a brindarle respuestas consistentes a preguntas tan simples –y tan complejas– como “¿Por qué en la Argentina el voto es obligatorio?” o “¿Podrías explicarme el conflicto entre el campo y el Gobierno?” u otras más relacionadas con la vida cotidiana como “¿Es que aquí todos los hombres juegan al fútbol?”.
Algunas cuestiones fueron bastante divertidas. Por ejemplo, dado que Carly es vegetariana desde hace cinco años, su inserción en un contexto en el cual la carne no sólo es un alimento sino que detenta la categoría de orgullo nacional no fue fácil.
Con un estilo inusualmente abierto y sin preconceptos, Carly se lanzó a la conquista de esta ciudad caótica y superpoblada, muy distinta a su habitual lugar de residencia. Caminó Buenos Aires de punta a punta. Curioseó librerías y cafés. Hizo entrevistas callejeras. Rechazó piropos de típicos “machos argentinos”. Y hasta obtuvo su DiscoCard para sentirse “local” y evitar que su condición de extranjera la expusiese al frecuente abuso de los sobreprecios.
Durante su última semana en Buenos Aires, nuestras conversaciones giraron sobre la despedida y sobre su futuro. Hablamos sobre la posibilidad de que escribir ocupase mucho más tiempo y espacio en su vida. Al día siguiente me invitó a ver su blog.
También charlamos sobre sus ganas de volver. Le pregunté por qué no pensar en hacer aquí sus estudios de posgrado. Me miró sorprendida. Le parecía que su nivel de español no se lo permitiría, que no estaba preparada para el desafío. Investigamos un poco –¡bendita internet!– y descubrió, con cierta decepción, que sólo se aceptaban veinticinco alumnos por año.
–¡Son muy pocas plazas! ¿Cómo voy a hacer para ingresar?, me dijo.
La alenté a que lo intentara. Ayer mismo tuvo una entrevista en “La Nación” y algo que le parecía inalcanzable se transformó en una posibilidad cierta y atractiva. Estaba feliz. Yo también.
Probablemente, Carly siga colaborando con nosotros desde los Estados Unidos. Los artículos que escribió hasta hoy acerca de nuestro país y, sobre todo, de la Ciudad de Buenos Aires, muestran su entusiasmo y su pasión por el periodismo.
Carly es estudiante del último año de la carrera de periodismo en la Universidad de Wisconsin, y durante este tiempo, colaboró con el área de contenidos de Vivir en Argentina.
Como responsable del sector, tuve a mi cargo la orientación de Carly, cuyo objetivo era mejorar el dominio del español escrito.
Sin embargo, una tarea que podría pensarse meramente como una supervisión, se transformó en un desafío que, visto desde el presente, fue muy enriquecedor tanto en el plano laboral como en el personal.
Dede el punto de vista del trabajo, quienes hacemos Vivir en Argentina nos esforzamos para ofrecer a los extranjeros información ajustada y objetiva sobre nuestro país. Para eso, la mirada de una persona inquieta, curiosa y entusiasta como Carly es invalorable porque nos ayuda a comprender cuáles son los intereses y las necesidades de quienes visitan Argentina.
Desde el punto de vista personal, cada charla que tuve con ella, tanto fuese sobre los temas que le tocó abordar o sobre cuestiones puramente gramaticales o estilísticas, como cuando hablamos acerca de la problemática y la idiosincracia del país, me obligó a pensarme como argentina, a revisar el pasado y el presente, y a brindarle respuestas consistentes a preguntas tan simples –y tan complejas– como “¿Por qué en la Argentina el voto es obligatorio?” o “¿Podrías explicarme el conflicto entre el campo y el Gobierno?” u otras más relacionadas con la vida cotidiana como “¿Es que aquí todos los hombres juegan al fútbol?”.
Algunas cuestiones fueron bastante divertidas. Por ejemplo, dado que Carly es vegetariana desde hace cinco años, su inserción en un contexto en el cual la carne no sólo es un alimento sino que detenta la categoría de orgullo nacional no fue fácil.
Con un estilo inusualmente abierto y sin preconceptos, Carly se lanzó a la conquista de esta ciudad caótica y superpoblada, muy distinta a su habitual lugar de residencia. Caminó Buenos Aires de punta a punta. Curioseó librerías y cafés. Hizo entrevistas callejeras. Rechazó piropos de típicos “machos argentinos”. Y hasta obtuvo su DiscoCard para sentirse “local” y evitar que su condición de extranjera la expusiese al frecuente abuso de los sobreprecios.
Durante su última semana en Buenos Aires, nuestras conversaciones giraron sobre la despedida y sobre su futuro. Hablamos sobre la posibilidad de que escribir ocupase mucho más tiempo y espacio en su vida. Al día siguiente me invitó a ver su blog.
También charlamos sobre sus ganas de volver. Le pregunté por qué no pensar en hacer aquí sus estudios de posgrado. Me miró sorprendida. Le parecía que su nivel de español no se lo permitiría, que no estaba preparada para el desafío. Investigamos un poco –¡bendita internet!– y descubrió, con cierta decepción, que sólo se aceptaban veinticinco alumnos por año.
–¡Son muy pocas plazas! ¿Cómo voy a hacer para ingresar?, me dijo.
La alenté a que lo intentara. Ayer mismo tuvo una entrevista en “La Nación” y algo que le parecía inalcanzable se transformó en una posibilidad cierta y atractiva. Estaba feliz. Yo también.
Probablemente, Carly siga colaborando con nosotros desde los Estados Unidos. Los artículos que escribió hasta hoy acerca de nuestro país y, sobre todo, de la Ciudad de Buenos Aires, muestran su entusiasmo y su pasión por el periodismo.
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apuntes y reflexiones,
sin etiqueta
7/25/2008
Abuso / Creerle a las víctimas
La comunidad psi se rasga las vestiduras porque uno de sus más destacados miembros, especialista en violencia familiar y abuso de menores, acaba de ser imputado por uno de los delitos más aberrantes que se pueda concebir: la pedofilia.
Claro, ahora que casi resulta cotidiano el abuso por parte de maestros, religiosos y familiares directos, lo que quedaba a salvo era aquello que hoy se pone en cuestión: la perversión proveniente, justamente, de los profesionales que se ocupan de teorizar, entre otras cosas, acerca de la perversión.
Tengamos presente algo: no es la psicología lo que se está cuestionando sino a un hombre que ejerce la profesión de psicólogo y que, además, hasta donde hoy se sabe, está seriamente sospechado de ser un abusador. Tampoco es cuestión de condenar –y ni siquiera considerarla como factor condicionante– la elección sexual de una persona. De modo que no vale apelar a ningún espíritu de cuerpo en el primer caso ni a cualquier disparate homofóbico en el otro.
Desde su rol profesional, el señor en cuestión –si puede llamársele señor– es autor de textos en los que describe con claridad meridiana los circuitos, mecanismos y efectos del abuso y la violencia. Explica que, habitualmente, las víctimas padecen, además de graves secuelas psicológicas, la vergüenza –e incluso el sentimiento de culpa– de haber sido abusadas y, sobre todo, la dificultad para que sus testimonios y denuncias sean considerados verdaderos.
Sé, por experiencia propia, el esfuerzo que implica no sólo hacerse escuchar sino que la palabra proferida sea tomada como verdad. Sé lo que significa recorrer el sinuoso camino de la Justicia; el grado de exposición que requiere llevar adelante una denuncia de abuso; y las profundas heridas que una experiencia de este tipo deja en quien las ha padecido.
Una persona abusada, antes de ser abusada, ha sido prolijamente minada en su voluntad. El abusador es –si se me permiten bellas metáforas para tan pobre destino– alguien que, como un hábil desguazador, siguiendo un estricto plan, se dedica a desarmar un noble velero. Con paciencia infinita, pieza por pieza, va destrozando la personalidad de la víctima. O, visto de otro modo, es una experimentada araña que, incansable, va envolviendo a su presa hasta dejarla inmóvil, agotada después de haberse debatido en la pegajosa maraña, entregada a su suerte. El abuso físico es, entonces, una pelea desigual e injusta en la que una de las partes ya ha sido vencida por la contundente efectividad del abuso psicológico.
Si la víctima reacciona antes de ser destruida por completo, le tocará –como primer paso– el difícil proceso de reconocerse. Descubrirá con estupor que no sabe cómo ni en qué momento llegó a ser esa persona degradada y empobrecida en que se ha transformado. Sentirá vergüenza, culpa, temor. Emprenderá la ardua tarea de recomponer sus vínculos, las redes afectivas y protectoras que el abusador fue quebrando, con el objetivo de facilitar su tarea, a medida que avanzaba. E intentará, por sobre todas las cosas –y a veces con escasa esperanza–, que le crean.
Era casi esperable, entonces, la primera reacción de los colegas, colaboradores y alumnos de quien ayer, amparado en un derecho, se negó a declarar. Incredulidad frente a la imagen brindada por la víctima, tan contradictoria respecto de aquella con la que ellos convivían a diario. Sospecha acerca de quien, desde el lugar de la impotencia y la debilidad, desnuda las inenarrables miserias de un poderoso. Escepticismo ante la evidencia. Sin embargo, es difícil aceptar estos sentimientos viniendo de personas –profesionales– que trabajan identificando y analizando las características patológicas de un abusador, advirtiendo la responsabilidad de la sociedad en estos hechos, alentando su denuncia y asistiendo a las víctimas.
Si algo queda a la vista es la cruel perversión de alguien que, al describir una conducta patológica, se sirve de sus propias experiencias, de sus propios –bajísimos– instintos, de su incontrolable impulso de dañar a un semejante que es más vulnerable aún por ser menor de edad. Alguien que, al dibujar a un monstruo, no puede escapar a imprimirle sus propios rasgos y su propia expresión y, aun así, lo ve como otro, ajeno a sí mismo e, incluso, lo juzga condenable.
Hasta donde hoy se sabe, este hombre le ha hecho un daño irreparable a menores –todavía no se sabe cuántos– haciendo uso y abuso de su autoridad, de su saber, de su posición social, económica e intelectual, y es patrimonio de la Justicia velar para que no vuelva a hacerlo. Pero, para que no dañe a la sociedad, a las instituciones y a la ciencia, cada uno de nosotros tendrá que hacer su trabajo. Ese trabajo es combatir esa forma sutil de complicidad, ese tenue matiz de desinterés; es abandonar la comodidad y la falta de compromiso; es, por más que duela, enfrentar una verdad que en estos casos siempre es horrorosa y siniestra.
El primer paso de ese trabajo es creerle a las víctimas.
Claro, ahora que casi resulta cotidiano el abuso por parte de maestros, religiosos y familiares directos, lo que quedaba a salvo era aquello que hoy se pone en cuestión: la perversión proveniente, justamente, de los profesionales que se ocupan de teorizar, entre otras cosas, acerca de la perversión.
Tengamos presente algo: no es la psicología lo que se está cuestionando sino a un hombre que ejerce la profesión de psicólogo y que, además, hasta donde hoy se sabe, está seriamente sospechado de ser un abusador. Tampoco es cuestión de condenar –y ni siquiera considerarla como factor condicionante– la elección sexual de una persona. De modo que no vale apelar a ningún espíritu de cuerpo en el primer caso ni a cualquier disparate homofóbico en el otro.
Desde su rol profesional, el señor en cuestión –si puede llamársele señor– es autor de textos en los que describe con claridad meridiana los circuitos, mecanismos y efectos del abuso y la violencia. Explica que, habitualmente, las víctimas padecen, además de graves secuelas psicológicas, la vergüenza –e incluso el sentimiento de culpa– de haber sido abusadas y, sobre todo, la dificultad para que sus testimonios y denuncias sean considerados verdaderos.
Sé, por experiencia propia, el esfuerzo que implica no sólo hacerse escuchar sino que la palabra proferida sea tomada como verdad. Sé lo que significa recorrer el sinuoso camino de la Justicia; el grado de exposición que requiere llevar adelante una denuncia de abuso; y las profundas heridas que una experiencia de este tipo deja en quien las ha padecido.
Una persona abusada, antes de ser abusada, ha sido prolijamente minada en su voluntad. El abusador es –si se me permiten bellas metáforas para tan pobre destino– alguien que, como un hábil desguazador, siguiendo un estricto plan, se dedica a desarmar un noble velero. Con paciencia infinita, pieza por pieza, va destrozando la personalidad de la víctima. O, visto de otro modo, es una experimentada araña que, incansable, va envolviendo a su presa hasta dejarla inmóvil, agotada después de haberse debatido en la pegajosa maraña, entregada a su suerte. El abuso físico es, entonces, una pelea desigual e injusta en la que una de las partes ya ha sido vencida por la contundente efectividad del abuso psicológico.
Si la víctima reacciona antes de ser destruida por completo, le tocará –como primer paso– el difícil proceso de reconocerse. Descubrirá con estupor que no sabe cómo ni en qué momento llegó a ser esa persona degradada y empobrecida en que se ha transformado. Sentirá vergüenza, culpa, temor. Emprenderá la ardua tarea de recomponer sus vínculos, las redes afectivas y protectoras que el abusador fue quebrando, con el objetivo de facilitar su tarea, a medida que avanzaba. E intentará, por sobre todas las cosas –y a veces con escasa esperanza–, que le crean.
Era casi esperable, entonces, la primera reacción de los colegas, colaboradores y alumnos de quien ayer, amparado en un derecho, se negó a declarar. Incredulidad frente a la imagen brindada por la víctima, tan contradictoria respecto de aquella con la que ellos convivían a diario. Sospecha acerca de quien, desde el lugar de la impotencia y la debilidad, desnuda las inenarrables miserias de un poderoso. Escepticismo ante la evidencia. Sin embargo, es difícil aceptar estos sentimientos viniendo de personas –profesionales– que trabajan identificando y analizando las características patológicas de un abusador, advirtiendo la responsabilidad de la sociedad en estos hechos, alentando su denuncia y asistiendo a las víctimas.
Si algo queda a la vista es la cruel perversión de alguien que, al describir una conducta patológica, se sirve de sus propias experiencias, de sus propios –bajísimos– instintos, de su incontrolable impulso de dañar a un semejante que es más vulnerable aún por ser menor de edad. Alguien que, al dibujar a un monstruo, no puede escapar a imprimirle sus propios rasgos y su propia expresión y, aun así, lo ve como otro, ajeno a sí mismo e, incluso, lo juzga condenable.
Hasta donde hoy se sabe, este hombre le ha hecho un daño irreparable a menores –todavía no se sabe cuántos– haciendo uso y abuso de su autoridad, de su saber, de su posición social, económica e intelectual, y es patrimonio de la Justicia velar para que no vuelva a hacerlo. Pero, para que no dañe a la sociedad, a las instituciones y a la ciencia, cada uno de nosotros tendrá que hacer su trabajo. Ese trabajo es combatir esa forma sutil de complicidad, ese tenue matiz de desinterés; es abandonar la comodidad y la falta de compromiso; es, por más que duela, enfrentar una verdad que en estos casos siempre es horrorosa y siniestra.
El primer paso de ese trabajo es creerle a las víctimas.
7/23/2008
Pasión, política y ajedrez
Al contrario de lo que suele proclamar la percepción generalizada, la palabra pasión, en las primeras acepciones del Diccionario de la RAE, remite no al ánimo encendido y fuertemente inclinado hacia algo o alguien sino a la acción de padecer, al estado pasivo del sujeto y a la ausencia de acción. Recién la quinta entrada hace referencia a la perturbación o desorden del estado de ánimo, y la sexta y séptima a lo que con mayor frecuencia entendemos por pasión: el apetito vehemente hacia algo o la viva preferencia de una persona enfocada hacia otra.
Me quedo, empero, con lo viejo conocido.
En primer lugar, porque si hay algo que sin dudas me apasiona, es mi trabajo que, por otra parte, nada tiene que ver con la pasividad, el padecimiento o la inacción y, por el contrario, exige una incansable actividad mental.
Pensar es apasionante.
Pensar es abordar el desafío de ingresar a un laberinto que se va construyendo con cada elección y del cual no saldremos los mismos que éramos al dar el primer paso.
Pensar es no perder la calma porque –verdad de perogrullo– la ira, el descontrol, el desborde impiden pensar.
En numerosas oportunidades he tenido, por cuestiones laborales, estrecho contacto con dirigentes políticos de las más diversas ideologías. A la vista del camino recorrido, aquellos que tuvieron más éxito en el logro de sus aspiraciones, en su gestión y en la transmisión de sus ideas fueron los que preservaron por sobre todas las cosas la calma para pensar y decidir con la frialdad que se requiere en estos casos. Los que, en cambio, terminaron rápidamente estrellados contra el impiadoso paredón de la impopularidad fueron los que, presas del descontrol, tomaron decisiones irreflexivas, caprichosas o –valga la irreverencia a la RAE– dominadas por la violencia de la pasión.
Traducido al lenguaje popular, esto podría expresarse como "político que se calienta, pierde".
En todo caso, la pasión política debería parecerse a la que siente un ajedrecista por el juego. Una pasión que, por cierto, raras veces lo impulsa a terminar la partida pateando el tablero y, en cambio, lo incita a seguir pensando, con calma, cuál es la mejor jugada posible, la que ponga al adversario en jaque y lo obligue a, nuevamente, pensar y superarse en su estrategia.
Al igual que en el ajedrez, en la política cualquier movimiento genera un nuevo escenario y abre nuevas alternativas de juego.
Al igual que en el ajedrez, en la política todo momento de estabilidad es el instante provisorio y fugaz entre un movimiento y otro.
Se trata, entonces, de aprovechar ese hiato de precaria calma para prefigurar los próximos escenarios devenidos del nuevo estado del tablero. Por supuesto, sin perder de vista el objetivo final y mayor que es ganar la partida.
Y de paso, si hablamos de ajedrez, ¿por qué, frente a un ataque llevado adelante por piezas menores, se decidió sacrificar a la Dama?
Me quedo, empero, con lo viejo conocido.
En primer lugar, porque si hay algo que sin dudas me apasiona, es mi trabajo que, por otra parte, nada tiene que ver con la pasividad, el padecimiento o la inacción y, por el contrario, exige una incansable actividad mental.
Pensar es apasionante.
Pensar es abordar el desafío de ingresar a un laberinto que se va construyendo con cada elección y del cual no saldremos los mismos que éramos al dar el primer paso.
Pensar es no perder la calma porque –verdad de perogrullo– la ira, el descontrol, el desborde impiden pensar.
En numerosas oportunidades he tenido, por cuestiones laborales, estrecho contacto con dirigentes políticos de las más diversas ideologías. A la vista del camino recorrido, aquellos que tuvieron más éxito en el logro de sus aspiraciones, en su gestión y en la transmisión de sus ideas fueron los que preservaron por sobre todas las cosas la calma para pensar y decidir con la frialdad que se requiere en estos casos. Los que, en cambio, terminaron rápidamente estrellados contra el impiadoso paredón de la impopularidad fueron los que, presas del descontrol, tomaron decisiones irreflexivas, caprichosas o –valga la irreverencia a la RAE– dominadas por la violencia de la pasión.
Traducido al lenguaje popular, esto podría expresarse como "político que se calienta, pierde".
En todo caso, la pasión política debería parecerse a la que siente un ajedrecista por el juego. Una pasión que, por cierto, raras veces lo impulsa a terminar la partida pateando el tablero y, en cambio, lo incita a seguir pensando, con calma, cuál es la mejor jugada posible, la que ponga al adversario en jaque y lo obligue a, nuevamente, pensar y superarse en su estrategia.
Al igual que en el ajedrez, en la política cualquier movimiento genera un nuevo escenario y abre nuevas alternativas de juego.
Al igual que en el ajedrez, en la política todo momento de estabilidad es el instante provisorio y fugaz entre un movimiento y otro.
Se trata, entonces, de aprovechar ese hiato de precaria calma para prefigurar los próximos escenarios devenidos del nuevo estado del tablero. Por supuesto, sin perder de vista el objetivo final y mayor que es ganar la partida.
Y de paso, si hablamos de ajedrez, ¿por qué, frente a un ataque llevado adelante por piezas menores, se decidió sacrificar a la Dama?
7/10/2008
Sílice y cal
Superficie de arena olvidada
en el fuego
que alguna vez lo hizo
lengua ardiente.
La grieta
dibuja un río
que no cesa de fluir
buscando el borde.
Y si hay memoria
es para los golpes
que alguna vez lo conmovieron,
que alguna vez lo quebrarán
sin previo aviso.
Irremediablemente frágil.
Entregado al fervor de las moléculas
que no lo dejan ser cristal.
en el fuego
que alguna vez lo hizo
lengua ardiente.
La grieta
dibuja un río
que no cesa de fluir
buscando el borde.
Y si hay memoria
es para los golpes
que alguna vez lo conmovieron,
que alguna vez lo quebrarán
sin previo aviso.
Irremediablemente frágil.
Entregado al fervor de las moléculas
que no lo dejan ser cristal.
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