4/27/2009

Fuera del marco

A veces, de tanto utilizar etiquetas, tengo la sensación de que me transformo en una suerte de repositor de supermercado: fulano es tal cosa y calza en este estante, mengano es tal otra y lo coloco en punta de góndola, o si se trata de objetos, esto es esto y le corresponde el lugar de arriba.
Cuando me doy cuenta de que estoy dejándome llevar por la corriente de ese mecanismo simplificador, trato de pensar fuera del marco.
Desetiquetar es un ejercicio difícil. Mucho más que etiquetar. Desetiquetar es desideologizar el pensamiento restituyéndole a la persona o al objeto su identidad, desnuda de calificativos. Es anular la confusión, más frecuente de lo que sería deseable, que iguala a alguien o a algo con una porción de sí. Es dejar de tomar la parte por el todo.
Pensar fuera del marco implica reconocer la diversidad y la multiplicidad de la mirada, y recuperar la conciencia de que adherimos a cierta ideología porque sintoniza con nuestros valores y no al revés. Es decir que cuando consentimos ponerle un marco ideológico a nuestra vida, lo hacemos porque es el que más se ajusta a nuestro sentido ético, estético y/o moral. Sin embargo, solemos olvidar que ni ese marco ni ningún otro encajan a la perfección ni pueden contener nuestra totalidad y que el elegido sólo es el que más se aproxima.
Con frecuencia, entonces, nos encontramos auto censurando algo por el simple hecho de que no se corresponde con el marco ideológico. Es casi seguro que un examen honesto de dicho marco dejará al descubierto lo que quedó afuera que, aunque sea poco, siempre es relevante. Es probable que por alguna necesidad imperiosa de pertenencia, hayamos desdeñado los sobrantes. Es que, desde adentro, una voz suele dictarnos que ése es el precio del marco: el cercenamiento de las rebabas para garantizar la inclusión completa.
Lo que sucede a continuación es que quedamos presos un dispoositivo que, no nos confundamos, hace más rígido nuestro sistema de creencias pero no por ello lo fortalece. Desarmar el marco y recuperar lo que quedó fuera de él le otorga consistencia al pensamiento. Le restituye la flexibilidad, nos devuelve la máxima libertad a la que podemos aspirar: la libertad de responder a la totalidad de nuestros valores y de lidiar con nuestras propias contradicciones.

4/21/2009

El insulto equivocado

Ni al ojo más distraído se le escapa que la Justicia argentina es víctima de una larga crisis. Faltan jueces, sobran juicios. Lo que desde afuera se ve como lentitud, desde adentro se percibe como desborde. Y todo esto sin mencionar las cuestiones que tienen que ver con presuntos hechos de corrupción.
En los últimos tiempos, los reclamos respecto de la falta de seguridad desencadenaron una polémica en la que –como en casi todas las polémicas argentinas– muchos ciudadanos opinamos sin saber: la polémica en torno al "garantismo" de los jueces.
Con cierta ingenuidad, la frase "jueces garantistas" suele aplicarse de manera desdeñosa, como si fuese un insulto. Parecería ser que un juez garantista es el que está del lado de los delincuentes, propone un estilo laxo, vela por los derechos de quienes no lo merecen y colabora con el incremento de la criminalidad.
Un juez garantista es un buen juez. Los jueces deben –para honrar la alta tarea que les ha sido encomendada– ser garantistas.
La tarea de un magistrado es impartir Justicia. Esto se traduce, por sobre todas las cosas, en la sumisión a la Ley fundamental de la Nación: la Constitución Argentina, que es la que GARANTIZA los derechos de los ciudadanos. De modo que un juez garantista es aquel que está profundamente comprometido con esta Norma y, por lo tanto, en cada uno se sus fallos se enfrenta a un dilema que casi ninguno de nosotros comprende: los habitantes de la República Argentina tenemos todos los mismos derechos, las mismas obligaciones y gozamos de las mismas garantías. No importa cuál sea la presión de la sociedad. No importa si somos damnificados o si hemos damnificado a un tercero, somos iguales ante la Ley.
La irritación generalizada –que no se debe sólo a los hechos de criminalidad sino también a factores como la incertidumbre económica e institucional, al grave proceso de desintegración del entramado social y al aumento constante de la brecha entre ricos y pobres– nos ha llevado a insultar a algunos de nuestros jueces llamándolos "garantistas". Deberíamos aceptar que los delincuentes forman parte de la sociedad y, nos guste o no, estamos bajo una misma ley. Deberíamos entender que, en el caso de tener que presentarnos ante un tribunal, querríamos que nuestros derechos estuviesen asegurados por un juez leal a la Constitución. Deberíamos darnos cuenta de que calificar de manera despectiva a un juez con el adjetivo "garantista" es haber elegido el insulto equivocado.

4/20/2009

Mucho carácter, pocas pulgas

Lo conocí en 1999 cuando llegó al lugar en el que yo trabajaba y se transformó en mi jefe.
Desembarcó con sus propios colaboradores y empezó por hacer un orden riguroso en la distribución de tareas, cambió el estilo de comunicación y tomó a su cargo responsabilidades administrativas que hasta ese momento habían estado dispersas entre varios miembros del plantel.
Por supuesto, no cayó nada simpático.
Yo, que había tenido un diálogo directo y fluido con el jefe anterior y estaba a cargo de un equipo de casi una decena de personas, sentí que la libertad con la que había trabajado hasta ese momento se esfumaba entre reclamos de cumplimiento estricto de horarios y rendiciones de avances.
Además, la puerta del despacho que siempre había estado abierta para consultas e intercambios se cerró y el acceso quedó a criterio de una de sus colaboradoras más cercanas.
Más de una vez entró sorpresivamente en mi oficina a las 8.15 sólo para comprobar si mi equipo y yo estábamos ahí. Era muy difícil hacerle entender que si la mayoría de nosotros habíamos estado trabajando hasta mucho más allá de la hora en que las oficinas quedaban desiertas, yo autorizaba que a la mañana siguiente la jornada se iniciara más tarde.
En una oportunidad, incluso, le dije esto en un tono nada amigable.
El no me caía bien. Y yo no le caía bien.
No voy a juzgar su desempeño como Jefe de Campaña de Acción por la República para las elecciones presidenciales de 1999. No me corresponde porque, además de ser una falta de respeto, sería olvidar que, harta de tanta presión, un mes antes de las elecciones hice uso del "efecto portazo" y renuncié.
Pero él estaba allí, con un notorio acento cordobés y un rígido sistema de trabajo y organización. Con sus poco frecuentes sonrisas y sus muy frecuentes ironías. Por eso, al seguir su desempeño como "gran recaudador" de la provincia de Buenos Aires, no me sorprendieron su eficacia ni su casi inagotable perseverancia para ir tras los objetivos que se había planteado.
Tampoco me sorprendieron las declaraciones que motivaron su intempestiva y forzada salida de ARBA. Más allá de lo que decida hacer en el futuro, de sus aspiraciones políticas (o no), de cualquier especulación acerca de si su actitud se debió a un exabrupto o a una estrategia; o si la presión que se ejerció sobre él para aceptar una candidatura testimonial en un distrito muy opositor fue una operación, es indudable que Santiago Montoya es un tipo de mucho carácter. Y de muy pocas pulgas.

4/17/2009

(–)

la memoria de la herida
se eleva por encima de la mesa
en la que todavía duermen
los platos de ayer
los restos de comida
aureolas en el mantel

despega del cuerpo como
se despega la carne
de un hueso recocido
tropieza en una silla
y tonta la discusión crece
otra vez

y es dentellada
es furia
es odio
es un insulto y un silencio
es reluciente puñal
que se clava
en el costado del más fuerte

justicia que no redime
sangre que no paga la cuenta

Frases hechas

Aunque están a diario en boca de todos, casi nadie sabe de qué hablamos cuando hablamos de:

  • Bajar la edad de imputabilidad de los menores.
  • Criminalización de la pobreza.
  • Judicialización de un menor.
  • Emergencia sanitaria.
  • El problema de la inseguridad.
  • Sensación de inseguridad. (hermanastra de la anterior)
  • Redistribución del ingreso.
  • Aedes aegypti.
  • Brote epidémico de dengue.
  • Dirigentes agropecuarios.
  • Jueces garantistas.
  • Pools sojeros.
  • Derechos humanos.
  • Contrato moral.

El problema del uso indiscriminado de la palabra es el vaciamiento de su sentido y el ingreso a una zona en la que la información es ruido y la opinión no tiene fundamentos.