8/28/2007

Ejercicios vocales

Pienso –a veces pienso– en el objetivo de este espacio y, por exensión, de SEUO. Me pregunto –suelo poner en cuestión mis elecciones– si cumplen con ciertas reglas, tal vez no escritas pero recomendadas. Investigo –sin demasiadas pretensiones– lo que hay bajo este sol además de mi humanidad. Pruebo. Ensayo. Cambio. Vuelvo a cambiar. Me muevo. Regreso. Concluyo.
Que no cumplo con las reglas –escritas o tácitas– del medio.
Que, dado que para este medio no se registra género universal, no me atañe caber en un subgénero.
Que, salvo los días en que mi autoestima visita algún subsuelo y mi devaluado yo reclama factores externos que la traigan a la superficie, poco importan las estadísticas, por contingentes y provisorias. Tan contingentes y provisorias como los vaivenes de la autoestima.
Que el caos de voces que se lee da cuenta de una búsqueda. La misma que se dibuja en los cambios de temas, registros, estilos y formatos.
Que si bien hay mucho de mí en cada palabra, nada de mí queda en ellas una vez puesto el punto final.
Que cuando me asomo a lo que hay bajo este sol, veo lo que no soy y redefino lo que no quiero ser.
Que estos cambios, idas, vueltas y movimientos no son otra cosa que ejercicios vocales.
Y que estos espacios son las salas de ensayo donde mi voz se afina, prueba rangos más o menos amplios, ensancha o estrecha su caudal, se replica o innova.
Lo demás es silencio.

8/22/2007

Silencio

Puede ser desinterés, abulia,
indiferencia.
Una escucha atenta.
La falta de una respuesta.
Indignación. Vergüenza.
Arrobamiento. Fascinación.
Energía. Mesura.
Odio o el amor mismo.
Obligación o derecho.
Una buena costumbre,
el descubrimiento de una novedad.
Compromiso
o abandono.
Sinceridad, ocultamiento.
Mentira.
Felicidad, control
o temor.
Todo cabe
en el intervalo entre
una palabra y otra.
Todo pesa en el paréntesis
entre una voz y otra voz.

8/18/2007

Anestesia

A veces uno anda por la vida anestesiado. Sabe que las cosas lo tocan. Lo advierte con un sentimiento casi ajeno, como cuando el dentista trabaja en nuestra boca pero no duele, son sólo movimientos, trajinar en un espacio que suele ser nuestro pero que la química nos ha arrebatado temporariamente. Las palabras de los otros nos suenan lejanas como el corte del bisturí en la carne dormida. Las propias se desvanecen sin haber sido dichas. No hay nada que decir porque se ha dicho tanto. No hay nada que callar porque tanto se ha callado. Y no hay nada que perder porque lo que se ha perdido es la conciencia de uno mismo.
Yo anduve por la vida anestesiada. Fuera de mí, observándome sin comprender dónde me había perdido. Volví. En algunas cosas soy la misma, en otras alguien que se está descubriendo en sus marcas. Sé lo que es el despertar, la confusión posterior y la dolorosa certeza de no sentirme. De haberme abandonado. De ser baldío. Y, sin embargo, todo pasa. Hasta esa distancia de uno mismo que parece habernos matado un rato.

Ceremonia

Abre la puerta.
Cuelga el sobretodo.
Enciende las luces.
Descorre cortinas
y sube persianas.
Se sienta, sonríe
y espera paciente
que yo abra mis puertas,
encienda mis ojos,
descorra recuerdos
y empiece a
desandar penumbras.

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – V

La publicación de las notas en el sitio web despertó cataratas de comentarios en favor y en contra. Los primeros fueron expuestos; los segundos, cuidadosamente omitidos. También se recibieron numerosas solicitudes de trabajo, cosa común cuando algunos advierten que un viejo amigo está a punto de acceder a una posición legislativa y deciden reavivar un vínculo agonizante para sacar, ellos también, su tajada de la tajada ajena. El gesto del candidato al leer los pedidos de empleo no dejaba lugar a dudas: jamás les haría lugar. Para terminar de mostrar la hilacha, una confusión de nombres hizo que llegara a mi casilla de e-mail la respuesta a un correo enviado por un viejo amor en el cual el señor felizmente casado exponía sus armas de seducción invitándome –en realidad invitaba a la dama con mi nombre– a un encuentro furtivo que le diera cauce al exceso de adrenalina que produce el proceso electoral.
La funcionaria, en cambio, hizo un súbito giro en su actitud y desistió, sin que mediara explicación, de todos los emprendimientos que teníamos planificados. Los folletos, que ya habían sido impresos, se transformaron en una montaña de papel inservible. La fabricación de los kits para la ancianidad pudo ser detenida sin mayores costos. Y el matarial fílmico quedó arrumbado en un rincón. Apenas un mes más tarde, los medios informaron de un acuerdo entre la abanderada de los gerontes y un viejo zorro del partido gobernante. Las fotos los mostraban alzando las manos eufóricamente en señal de victoria.
Mis recuerdos entrecruzados dicen que dos historias diferentes pueden no ser tan diferentes y tener un mismo final. Ambos funcionarios lograron su cometido. El señor del ente ocupó su banca en el Congreso. La benefactora de los viejitos siguió escalando posiciones, esta vez bajo el ala de otro cacique.

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – IV

Con el dinero de esas partidas que habían estado olvidadas, armamos un equipo para producir el material que llevaría a la funcionaria al estrellato. Fotografías en las que se la vería en las calles de su pueblo, rodeada de adeptos de la tercera edad con cara de feliz cumpleaños para ilustrar las portadas de los folletos; un cámara siguiéndola en todo momento para engrosar el material fílmico de archivo que se ofrecería a los medios y que, en un futuro no muy lejano, se editaría para ser aplicado a un video que destacara los logros de su gestión; diseñadores que crearían un kit de manualidades a las mujeres de más de sesenta años y uno de cartas españolas con tanteadores para diversos juegos a los hombres de más de setenta. El día señalado para la producción fotográfica y fílmica, la funcionaria nos recibió en su casa. Llegamos con el auto al portón de hierro, único intervalo en el enorme paredón que aislaba la casa del caserío de chapas circundante; un hombre de mediana edad lo abrió y nos indicó con gestos que siguiéramos hasta el final del camino de cemento. Una vez allí, descendimos. En la puerta de lo que llamó “el quincho” nos esperaba la funcionaria. Se acercó con una enorme sonrisa, copa en mano, haciendo equilibrio sobre los tacos altos. Nos dio la bienvenida y nos invitó a entrar. “El quincho”, construido en ladrillo y con techo de tejas, era un lugar acogedor que despertó nuestra admiración. Fue imposible sustraerse al contraste entre el barrio paupérrimo que rodeaba la casa y el interior suntuoso. Baste decir, para dar una idea del lujo, que en las paredes colgaban cuadros de firmas que provocaban escalofríos y que, a poco de llegar, una mucama de uniforme negro y guantes blancos se acercó a cada uno de los presentes para ofrecernos una copa de lo mismo que bebía la funcionaria: Veuve Clicquot.
Entre risas y burbujas, le preguntamos a la funcionaria si no temía por su seguridad y la de sus bienes, a lo que respondió que “de ninguna manera, los pobres son mi protección”. Un rato después acordamos salir a la zona céntrica del pueblo para hacer unas fotos. Al llegar a la plaza –típica escenografía pueblerina: plaza, iglesia, correo, comisaría y dependencias públicas– un grupo de ancianos se acercó a nosotros. El ánimo era festivo y parecía importarles poco el rigor de la tarde invernal. Intentaban darle un beso o estrechar la mano de la funcionaria. La mayor parte se dirigía a ella llamándola por el apodo familiar: “Mechi”. Y “Mechi” prodigaba sonrisas y abrazos mientras el fotógrafo registraba cada gesto. Viéndola desenvolverse en medio de la gente, sonreír estratégicamente a la cámara que la seguía y derramar expresiones de cariño en el momento exacto de ser fotografiada no quedaba duda alguna acerca de cuál era su modelo de liderazgo. Una mirada algo más atenta permitía advertir cómo, una vez fotografiados, los ancianos se alejaban hacia una suerte de puesto de comidas y bebidas improvisado en la esquina opuesta de la plaza para retirarse munidos de sandwiches y gaseosas. Finalizada la jornada de filmación y con una importante cantidad de tomas fotográficas, volvimos al quincho donde nos esperaba un asado monumental. Ya entrada la madrugada nos retiramos de la casa de la funcionaria. Cuando nuestro auto se alejaba del portón vimos cómo uno de los jardineros sacaba a la calle gran cantidad de sobras de comida y los “protectores” se acercaban rápidamente a cobrar su parte del festín.

8/09/2007

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