12/28/2007

Me cansé

Y me cansé tanto que no lo voy a repetir.

12/27/2007

Me quedo

Me queda un cigarrillo
y el vaso a medio llenar.
Me quedan las ganas de gritarte
cuánto odio escuchar tus historias
de amores pasados
y tu mirada eternamente
clavada en el ayer.
Me queda la furia de haber esperado
la caricia que no llega
y la palabra que no decís.
Me queda la sensación
de tu contacto
intermitente,
espasmódico.
Esquizofrenia del sentir y el pensar.
Me quedo con algunos momentos.
Pocos. Cortos.
Con el sabor de una fruta
que podría haber sido dulce.
Me quedo con la dentellada
salvaje que no fue.
Enciendo el cigarrillo.
Apuro el alcohol.
En silencio.
Me quedo.

12/25/2007

Y un día abro los ojos

Y un día abro los ojos
y encuentro que todo ha cambiado.
Ya no amo lo que amaba
y lo que antes me conmovía
hoy me deja impávida.
Me rodea apenas una niebla tenue,
el recuerdo de lo que fue y ya no es,
una música perdida que suena
en mi cabeza
pero que no puedo tararear.
Y un día abro los ojos
con la piel sedienta
sólo para darme cuenta
de que no he hecho nada
para ser tan amada,
que no hice otra cosa
que derramar palabras.

12/10/2007

Código y Etica

En su definición más concienzuda, "código" –para la Real Academia– es el conjunto de normas legales sistemáticas que regulan unitariamente una materia determinada; "ética", en cambio, es el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana. ¡Vaya si hay diferencia!
Mientras el primero opera sobre objetos –ciencias, actividades, etc.– y las normas que propone están diferenciadas según las características particulares de cada objeto regulado; la segunda se orienta al sujeto y tiene carácter universal. Un análisis nada pretencioso y absolutamente elemental nos dice, entonces, que la ética reviste una jerarquía superior a la de cualquier código.
Más allá del diccionario –código maestro de la lengua–, el uso del idioma inscribe otros significados a las palabras desleyendo la norma escrita.
"Tengo código", "Yo respeto los códigos" se escucha hoy una y otra vez. Estas declaraciones parecerían ser un signo de los tiempos en que vivimos. Afirmaciones hechas con orgullo casi infantil por personas que se desempeñan en distintos ámbitos. Están los códigos del fútbol, los del espectáculo, los de la política, los gremiales y hasta los periodísticos. Los miembros de cada grupo, cuando hablan del respeto a sus códigos lo hacen con el inocultable orgullo de quien se siente "del palo" y conoce los secretos de una jerga para iniciados. No muy diferente, a fin de cuentas, de la jerga "tumbera" que implica el conocimiento de ese código tácito cuyas relaciones, jerarquías y ordenamientos están al servicio de la supervivencia en un ámbito salvaje y feroz. Parecida también al lenguaje de la droga, establecido como un idioma protector que excluye a quienes no comparten la adicción y que, a la vez, opera como contraseña identificatoria que les permite reconocerse como miembros de una comunidad cerrada.
En la actualidad, "tener código", lejos de significar el apego a una normativa reguladora, implica connivencia, callar algunas cosas, no ser "buchón" u "ortiba", adherir a pactos de no agresión que jamás fueron explicitados o escritos, guardar ciertas formas para el afuera, deslizarse en el límite sutil entre un "yo te banco" y la velada amenaza de "prender el ventilador". "Tener código" quiere decir "soy parte de este enjuague medio turbio (medio, si es mirado con un solo ojo)".
Los códigos imperan allí donde una mano lava la otra y las dos lavan la cara, donde se puede hacer la vista gorda, donde no hay que sacar los pies fuera del plato y donde es posible pasar por alto tanto pequeñas transgresiones casi inofensivas como flagrantes violaciones a la ley.
Lamentablemente, en el imaginario popular la palabra "código" suele ser identificada como sinónimo de la palabra "ética", lo cual es un terrible error abonado sin disimulo por quienes, haciendo uso de invisibles credenciales corporativas, ensalzan la primera olvidando la segunda. En el uso cotidiano, las cosas son aún peores porque, alteradas las jerarquías, el código gobierna y sojuzga a la ética. Y en la práctica, allí donde ambos deberían verse en acción, el panorama es la desoladora agonía de la ética.
Tal vez el rescate y la puesta en valor de la ética sean tareas ímprobas e infructuosas. Es que la ética es una cuestión de conciencia –conciencia de sí, conciencia del prójimo, conciencia social, conciencia profesional– y, como tal, demanda no una regulación externa –explícita o implícita– en la cual ampararnos, sino el ejercicio constante de nuestra capacidad de autocuestionamiento. El abandono de la costumbre de movernos según las precarias leyes de la conveniencia. Y, finalmente, el regreso a la pregunta primaria sobre el bien y el mal.

12/07/2007

Cambios

El primer signo
del otoño en el verano.
La cuadrícula
palpitante de la ciudad.
Un verso inconcluso,
una mirada que no calla.
Cartas nunca enviadas
al encuentro de una ruta.
La impertinencia azul
del cielo.
Tres copas de vino
vaciándose y vaciándome.
Un éxodo interior
que no admite postergación.
Corriente migratoria
que desvela mis sentidos.
Un nuevo lugar,
un refugio
donde hacer la vida
haciéndola,
evitando los nombres de las cosas
para inaugurar cada mañana
con una declaración de amor
sin palabras.

11/30/2007

1º de Diciembre/Responsabilidad y prevención

Día Mundial del Sida


Mañana es el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA.
No sé si hay mucho para decir. Es más, creo que es muy poco.
Para mí, se resume en dos palabras: responsabilidad y prevención.
Pero, claro, eso nos incluye a todos –como individuos, como sociedad, como integrantes de instituciones y entes privados y estatales, como ciudadanos que ejercen activamente su condición de tales, como profesionales...– y bien sabemos cuánto nos cuesta hacernos cargo –responsabilizarnos– de nosotros mismos y hacer de la prevención una conducta natural y cotidiana.
Solemos esperar grandes soluciones que caigan del cielo, reclamamos campañas a las que después no prestamos atención porque "eso no es para mí" o elegimos hacer la vista gorda e ignorar la situación. Y olvidamos que cualquier movimiento masivo se compone de pequeños, a veces pequeñísimos, movimientos individuales que sumados generan la fuerza necesaria para combatir males enormes.
Mañana es el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Nadie en su sano juicio se atrevería a afirmar que un post puede cambiar la historia de la humanidad. Sin embargo, si un post sirve para cambiar la historia de una sola persona, la humanidad entera habrá cambiado.

11/23/2007

Conversaciones

Le cuenta
tu mano a la mía
una historia.
Habla con mis costillas
y se detiene
en el esternón
luego de haber ascendido
sin apuro
y descendido
la pendiente de mi pecho.
Mientras sigue su relato
cada dedo tuyo
dibuja vuelos de gorriones
sobre mi vientre
y un manojo de flores
en mi ombligo.
Dice tu lengua sin palabras.
Responde la mía.
Confiesa tu piel
con cada roce su deseo.
Declara mi silencio
sin nombrarlo
tu amor
que al expresarse
me ocupa.

11/18/2007

Ella teje

Ella teje con sangre
una mortaja
de la que no pueda escaparse
como escapa de las luces
que le muestran el camino.
Ella teje con filos
un manto de cuchillos
que dejan en su piel
marcas inmunes
al olvido.
Ella teje con pastillas
un velo
que la proteja
de su memoria impiadosa
poblada de fantasmas.
Ella teje con fuego
una trama infernal
en la que se quema
a medida que avanza
punto a punto
hacia el fin.
Ella teje porque ha entendido
que tejer
es la mejor manera
de apresurar su muerte.

11/12/2007

RosarioBlogDay – De vuelta

Los que no me conocen piensan que soy odiosa o, en el mejor de los casos, muy corta de vista. Los que acaban de conocerme creen que soy antipática. Los que me conocen bien saben que soy terriblemente tímida, que padezco un respetable grado de fobia social –sobre todo cuando se trata de grandes grupos de personas–; que, por más que se me dibuje una sonrisa agradable, sufro horrores en situaciones de exposición pública, y que soy mejor escribiendo que hablando.
Hechas estas consideraciones, paso a contar mi experiencia en el RosarioBlogDay. El desafío se inició con la partida de Buenos Aires: Pato Danna (una vieja amiga que hasta ayer no twitteaba), Andy Jofré (a quien había visto sólo una vez), Alejandro Marticorena y
Pablo Bullrich (de los que apenas conocía sus voces en el teléfono) y yo al volante salimos a la ruta el jueves al caer la tarde luego de apresurados saludos y presentaciones. Amparada por mi condición de piloto de ese curioso colectivo, me concentré en el volante y hablé poco. Pasadas las once de la noche llegamos a Rosario, para ser más precisa, al restaurant Amarra donde nos esperaban los organizadores y casi todos los visitantes para una cena de bienvenida. Ahí tuvo lugar mi primer episodio de taquicardia cuando me dijeron: "Presentate" mientras me invitaban a ponerme de pie para que los más de veinte presentes –para mi gusto, toda una multitud– pudieran verme. Balbuceé las pocas palabras que me salieron, como siempre, amontonadas y casi inaudibles, y volví a sentarme con la mirada clavada en la bruschetta que llenaba mi plato. Finalmente, después de los brindis y la despedida, cada uno partió para el hotel que gentilmente nos habían reservado los organizadores.
El viernes por la mañana, con toda la energía y en un lugar precioso junto al río, abrió el RosarioBlogDay. Durante todo el día, los asistentes escuchamos conferencias y asistimos a talleres que nos pusieron en contacto con el caos colorido y displicente de Pablo Mancini, la calidez de Vanina Berghella, la claridad de Guillermo Lutzky, la frescura de Marta Repupilli y los alumnos que participan en el proyecto Prevenblogs, el dinamismo de Pablo Bullrich y los "Federigasicos" (Federicos rosarinos: Picone y Aikawa), la seriedad de Angel Elías, la eficiencia de Leo Piccioli y la dulzura de María Julia Gutiérrez, por sólo mencionar a unos pocos.
Protegida por la oscuridad de la sala de conferencias pude eludir las charlas masivas y dedicarme, en las interrupciones, a entablar conversaciones más íntimas –grupos de hasta cuatro personas no me paralizan–, interesantes y enriquecedoras como la que tuve con María Julia durante el almuerzo o con Gustavo y Agustín mientras fumábamos uno que otro cigarrillo mirando el Paraná.
La noche, con cena de despedida incluida, fue en Silos Davis: más que abundante tapeo, ríos de cerveza –que no tomé precisamente yo, más proclive a la Coca Light– y la vista maravillosa del puente Rosario-Victoria desde un deck al que me prometí volver para disfrutarlo con calorcito y luna. Ahí en los silos la charla me fue más fácil.
El sábado temprano –pero no tanto– emprendimos el regreso. Andy se quedó en San Lorenzo visitando a su familia así que sumamos a Paula Carri y, en alegre montón, salimos a la ruta con un asiento trasero a puro Twitter que relataba nuestra recorrida con todo detalle.
Aunque estuve siempre –o casi– calladita debo decir que a pesar de todas mis limitaciones disfruté muchísimo del Primer RosarioBlogDay. Seguramente, ahora que hay muchas caras conocidas, el próximo me será más fácil. Por eso y por la cálida hospitalidad de los amigos rosarinos, allí voy a estar.

No soy muy de links pero este post los merece y están plenamente justificados.

10/31/2007

Rosario Blog Day

El próximo 9 de noviembre tendrá lugar el primer Rosario Blog Day.
Gracias a una iniciativa de Marta Repupilli, Federico Picone y María Julia Gutiérrez, el CEC –Centro de Expresiones Contemporáneas– se llenará de un público ansioso por escuchar a los disertantes y descubrir los secretos de la blogósfera.
Asomarse al universo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación supone ingresar a un mundo hiperconectado, atravesado por múltiples conversaciones simultáneas, en el cual la distancia y el tiempo pierden su tradicional estatuto de parámetros para dejar lugar a nuevas coordenadas, unidades de medida relacionadas con la velocidad de transmisión o la capacidad de almacenamiento de los datos. Implica, también, comprender que el carácter de estas tecnologías es el de herramientas; que, como tales, sirven a propósitos y objetivos mayores y que, así como el uso del martillo no convierte al usuario en carpintero, la utilización de las TICs no nos hace necesariamente profesionales.
Servirnos de estas herramientas nos permite relacionarnos con el mundo como un todo, tender redes colaborativas, compartir puntos de vista. Generar un potente entramado comunicacional.
Borrar fronteras para establecer nuevos vínculos. Sumar para multiplicar. Pero sin olvidar que, como cualquier construcción humana, la web innova sobre la base de lo preexistente. Es decir que, en última instancia, replica los modelos de relación del mundo real. Si no fuera así, ¿por qué la proliferación de reuniones, encuentros, "camps" y otros formatos en los cuales todos aprovechamos para enriquecer los vínculos con un "cara a cara"?
Mucho se ha hablado –y se seguirá hablando– de la ilusión de existencia que genera el hecho de "estar en la web"; de la permanente actualización de la información vertida en ella -y la consecuente fugacidad–; de la incesante multiplicación del mismo contenido, abordado desde innumerables perspectivas, repetido hasta el hartazgo o, lo que es peor, hasta que se ha vaciado de significado. Estas preocupaciones son legítimas y merecen ser tomadas en cuenta.
Lo cierto es que la web no garantiza la existencia, la fama ni la popularidad. Lejos de eso, por ser un territorio superpoblado, son muy pocos los que se destacan entre la multitud. Y casi podría asegurarse que son los mismos que, de elegirlo, se destacarían en el mundo real.
La fugacidad y la inmediatez son males que nos aquejan más allá de las fronteras de la virtualidad, y el vaciamiento del sentido es una materia sobre la que no hemos agotado la instancia de reflexión.
Sin embargo, Internet en general y la blogósfera en particular sí garantizan algo muy importante: la democratización de la expresión. Siempre hay un martillo disponible para quien quiera utilizarlo.
¡Nos vemos en Rosario!

10/23/2007

Hay rosas

Hay rosas marchitas en el piso húmedo.
Testigos del desenfreno
de una pasión negociada
a la que el amanecer pone límite.
Vestigios de la noche en los senderos,
recuerdos de amores travestidos.
Ecos de pasos lentos
ahogados por saludables carreras
hacia la nada.
Maltrechas cenicientas huyendo
para que la luz del sol no las desnude.

Hay rosas marchitas en el piso húmedo.

10/17/2007

Palabra

Brújula que
casa cielo y agua,
astro y quilla.
Intervalo de magia
entre silencios.

Cuenta desenhebrada.
Peldaño sin escala.
Sorbo de sed.
Escorpión furioso.
Parpadeo.
Paso titubeante
de penumbra
que desagua
en luces.

Vértebra de un cuerpo
estremecido
que naufraga
incertidumbres
sin orilla.

10/10/2007

Un año

Hace un año, el 10 de octubre de 2006, publiqué el primer post de Cadenas de Palabras.
En este tiempo, el blog se convirtió en parte de mi vida. Fue testigo de los enormes cambios que experimenté. Me acercó a los lectores, con muchos de los cuales entablamos esa relación uno a uno que tanto facilita internet. Me convirtió en lectora ávida de otras voces que hoy, además, tienen rostros conocidos. Transformó mi perspectiva de las redes.
Si algo me impuso Cadenas de Palabras fue el hecho de ser fiel a mí misma. A mi propia diversidad. A mis voces y sus matices. Las búsquedas y los desencuentros. Por eso, tal vez, no se inscribe en género alguno. Ni en listas, nóminas o rankings. Su "authority" es la mía. Sus "tags" apenas un capricho que no pretende posicionamiento. Sus lectores, destinatarios directos de cada uno de mis textos.
Cadenas de Palabras es una ventana con vista a dos horizontes: el mundo y yo. Mientras escribir siga siendo como respirar, estará abierta.

10/08/2007

Como la nieve

Ayer volvió a llamar. Su voz estaba, clarita, en el contestador: “Hola, soy yo. Quería saber de vos”. Su nombre se clavó en mi mente de inmediato, como una dulce y doliente certeza. Con la voz llegaron los recuerdos: ella y yo caminando por el bajo San Isidro en una tarde de otoño; frente a un interminable café, en el humo de los cigarrillos que ella odiaba y que yo me empecinaba en fumar pese a sus advertencias. Ella y yo fugándonos de nuestros trabajos para encontrarnos a solas, aunque fuera por un rato. Cruzando miradas cómplices en reuniones de matrimonios, entendiéndonos más allá de las palabras. Y después, la soledad. Ese largo silencio de mi abandono, inexplicable al menos para ella.
El primer llamado fue en la semana de mi cumpleaños. Me encontré con una nota que sólo tenía su nombre, apoyada en el mármol de la cocina, extrañamente separada de los otros papeles que marcan la cotidianeidad de mi casa: la cuenta del plomero, pagar las expensas, llamó tu mamá o las listas interminables del supermercado, carne, pollos, mermelada, pan. En la vorágine del festejo fue sencillo pasar por alto ese papel. Aunque sólo tuviera un nombre. Aunque ese nombre que ya no figura en mi agenda sólo pudiera pertenecerle a ella.
Tampoco me encontró en el segundo llamado. Pero la pequeña inquietud que había sentido la primera vez creció en mí como una enredadera, lenta y abrazada. Pegada a mi cuerpo. Incontenible. Nuevamente el papel con el nombre, ahuecando las voces de mis hijos hasta hacerlas desaparecer, hasta diluirlas en las imágenes de aquellos años. Entonces recordé esa tarde en la costa al final del verano, nuestros cuerpos tan próximos, devorados por el calor. Los ojos brillando bajo las pestañas endurecidas de sal. La confesión, en voz muy baja, de que Julio le era infiel con cuanta mujer se le cruzaba. Su impotencia frente a la idea de separarse. Y por fin, la revelación que me dejó casi sin aliento: “No sé qué haría sin vos. Sos tan importante para mí…”
De ahí en más todo nos unió. Yo le contaba los problemas de sostener estudios, trabajo y una familia. Ella compartía conmigo sus repetidas soledades y una insatisfacción permanente consigo misma y con la vida que se esfumaba como por arte de magia durante nuestras reuniones cada vez más frecuentes e intensas.
Todos los demás quedaban excluidos de nuestras charlas: familia, otros amigos, hijos, parejas. Sólo permanecían como un eco lejano y temido, filtrado por nuestras voces. Sólo importaba trazar una genealogía que justificara nuestro encuentro en ese tiempo y en ese espacio. Una historia mayor que, prescindiendo del presente, desembocara en esa relación que habíamos construido sin importar lo que dijeran los demás, creyendo que no iba a terminar, manteniéndola en un equilibrio glorioso por precario y por clandestino.
Pero un día no pude más. Empecé a asfixiarme, a sentir que ella pesaba demasiado en mis decisiones, que su necesidad de mí era cada vez más intensa. Y tuve miedo, tanto miedo. No pude más y la llamé. Le dije que no quería volver a verla. La lastimé con las palabras más despiadadas que se le pueden decir a una mujer. Y escuché llorar a mis hijos cuando les dije sin más explicaciones que no veríamos más a esa familia que ellos tanto querían, y pude imaginar a sus hijos, también llorando. Guardé para mí todo el dolor de ese abandono, todo el vacío que me esperaba, sus últimas palabras: “¿Pero por qué, si yo te quiero?”
No volví a saber de ella hasta esos malditos papeles que me la trajeron tan viva y tan presente como el primer día. Al principio supuse sus rutinas, inventé su transcurrir. Después jugué a olvidarla, presumí su inexistencia para poder seguir viviendo. Todo se silenció, era como el mundo cuando está nevando: la voz se pierde entre los copos, los pájaros no vuelan. Los pasos se apagan y el viento desaparece sin mover los árboles. Como la nieve, que se traga todos los ecos. Construí mis días sin ella, sin el consuelo de su sonrisa. Trataba de no estar pendiente del teléfono, esperando oír su palabra.
Me envolvieron los días, me aplastaron las estaciones hasta que la vida cotidiana borroneó su cara. Pasaron cosas que me hicieron feliz, que me dolieron hasta la desesperación, que me llenaron de sentimientos que nunca relacioné con ella. Hasta que sonó el teléfono, hoy, y ya antes de atender sabía quién era. Se había ido acercando poco a poco, del olvido había pasado al papel, del papel al contestador. Y ahora estaba allí, tras el sonido insistente. Esperando. Y atendí. Y lloré en silencio cuando me dijo: “Negra, nunca pude olvidarme de vos. No hubo nadie, no hay nadie que pueda ocupar tu lugar. Me faltaste tantas veces en estos años. Tantas veces te busqué entre la gente diciéndome que en algún momento ibas a aparecer. Negra, no sabés cuánto te quiero”. Entonces, con la misma cobardía con que todo este tiempo hice de cuenta que ella nunca había existido, colgué sin decirle una palabra.

Mediocielo

Entre el amor y el tiempo
está la línea que parte
el cielo en dos.
Tajo jubiloso
del que emergen
cuerpos sin ecos
de otros cuerpos,
voces sin memoria
de otras voces.
Pasos temerosos
sobre un camino virgen
interrumpidos suavemente
por la salida del sol.

Venus y Saturno

El, que todo lo devora,
dejó para nosotros
un tendal de restos.
Nos mordisqueó sin pena,
sin esperanza de saciarse,
y nos abandonó a la suerte
de quien lame sus propias heridas.
Con las sobras del banquete
ella dibuja caricias,
pinta de eternidad el instante,
cincela la certeza
de la piel.

9/30/2007

Coordenadas

Kilómetros de piel,
décadas de caricias
suspendidos
sin tiempo
en el espacio
de una sola noche.

9/22/2007

Alcohol

Con el cuerpo desgarrado,
en jirones
roto.
Con la música acallada
por la claridad
del pensamiento.
Con la muerte como meta,
con la vida como carga.
Con el misterio de la lucidez,
con la conciencia dolida
por esta borrachera
que no me regala olvido.
Sigo.

9/21/2007

Vida

Aplasta, estalla,
languidece.
Navega aguas calmas,
resiste tormentas,
engendra brillos de soles
y lunas más o menos llenas
y desata cataclismos
y reconstruye ciudades.
Castiga con una mano
y con la otra, de a ratos,
acaricia.

9/15/2007

Lisbon revisited (1926)

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con la angustia del ávido de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo el soñar inquieto
del que duerme inquieto, a medias soñando.

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron las cortinas ante todas las hipótesis que habría podido ver en la calle.
En el callejón donde me encuentro no está el número de puerta que me dieron.

Desperté a la misma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron la derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida sólo deseada me harta -hasta esa vida...

Comprendo a intervalos inconexos,
escribo en los lapsos de cansancio
y es tedio hasta del tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
no sé qué islas del Sur imposible son las que me aguardan, náufrago,
o qué palmares de literatura me darán un verso al menos.

No, no sé esto, ni sé otra cosa, ni sé nada de nada...
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo soñado,
en los campos más remotos del alma, donde recuerdo sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas,
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haberlo sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.

Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí vivió y aquí volvió,
y aquí volvió a volver y a volver,
y aquí de nuevo ahora ha vuelto a volver?
¿O todos los Yo con los que aquí estuve, o que estuvieron, somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que hay fuera de mí?

Otra vez vuelvo a verte,
el corazón más lejano, el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo--,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por los salones del recuerdo
envuelto por el ruido de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir..

Otra vez vuelvo a verte,
sombra que pasa a través de las sombras y brilla
un instante a una fúnebre luz desconocida
y se adentra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos de oír...

Otra vez vuelvo a verte,
pero, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se ha roto el espejo mágico en el que volvía a verme idéntico
y en cada fragmento fatídico sólo veo un pedazo de mí
-un pedazo de ti y de mí.


Alvaro de Campos

Dos

El camino de regreso
es una sucesión de fotos.
Retazos de memoria
agitándose en cada uno
para completar retratos de otro.
Años en minutos.
La visión de una escritura pasada,
pareja y armoniosa.
Las risas y sus ecos.
Y un abrazo
que, sin reclamos,
todo da.

9/11/2007

Mañana

Septiembre 12 a las 19.00 se presenta la antología en la cual está incluido mi cuento "Miércoles de cenizas".
Es en la Asociación Biblioteca de Mujeres, Marcelo T. de Alvear 1155.
Allí voy a estar.

9/02/2007

¿Usted se masturba?

A raíz de un malentendido sin importancia que tuvo lugar en un intercambio de correos electrónicos hace unos días, recordé –una vez más– mis épocas de estudiante de la carrera de Letras de la UBA. Aula Magna de Puán poblada de casi trescientas almas, muchas de las cuales aún no habían comprendido la Gramática de la benemérita Ofelia Kovaci, aplicadas a la comprensión de la Lingüística, que no podrían probar frente a mesa examinadora hasta no haber garantizado de igual manera la impregnación en los contenidos brindados por las huestes kovacianas. Profesor titular, señor gordito y rubicundo parecido a un Winnie the Pooh pornográfico, en eterno traje, corbata e impermeable, derramando conocimientos sobre pragmática y sudor a chorros, lanza al auditorio las siguientes palabras:
–¿Usted se masturba?
Los amodorrados por el interminable teórico-práctico obligatorio se despabilan. Algunos de los despiertos ahogan risitas nerviosas. Otros, sin salir del asombro, se ruborizan. La mayoría, incómoda con la pregunta, incrusta la vista en sus cuadernos de apuntes mientras Winnie repite la pregunta al tiempo que escribe en el pizarrón una respuesta que todos leemos de reojo: "Yo... yo estoy haciendo la colimba", para estallar en carcajadas un instante después.
Resultado: Pooh se mete en el bolsillo a las trescientas almas presentes por el resto de la clase y comienza a explicar la teoría comunicacional de Grice –inglés, filósofo del lenguaje– que simplificaré a continuación.
Máximas de Grice o principio cooperativo de la comunicación
1. Máxima de cantidad
Sea todo lo informativo que el intercambio requiera.
No sea más informativo de lo que el intercambio requiera.
2. Máxima de calidad
No diga lo que crea que es falso.
No diga nada de lo que no tenga pruebas.
3. Máxima de relevancia
Vaya al grano.
4. Máxima de modo
Evite la oscuridad.
Evite la ambigüedad.
Sea escueto.
Sea ordenado.
Hasta acá, el gringo tuvo una lógica irreprochable. Sin embargo, basta prestar un cachito de atención a lo que se dice y se escucha como para concluir en que si algo valida estas máximas es nuestra constante manía de violarlas. Así, la pregunta del profesor Winnie respondida desde el principio cooperativo de la comunicación sólo hubiera admitido un sí o un no. Pero el muchachito interrogado, probablemente víctima del pudor frente a una pregunta sobre su intimidad, transgredió al menos tres de las cuatro máximas. A saber: la de cantidad porque dio más información de la requerida; la de relevancia, porque brindó información no pertinente; y la de modo porque fue ambiguo y oscuro. En cambio, es imposible determinar si respetó la máxima de calidad aunque es de suponer que, por el tenor de la información provista, su respuesta era verdadera.
Grice imaginó un esquema que podría calificarse como "límpido". E impracticable.
¿Qué sería de nosotros sin la ambigüedad, la ironía, el sarcasmo, la doble intención o la picardía? ¿Cómo hacer un chiste o entablar una charla poblada de complicidades, elisiones, presupuestos? ¿Cómo seducir prescindiendo de los juegos verbales, de los significados implícitos? ¿Cómo mantener cierta elegancia en el decir cuando, habiendo perdido los estribos, nos vemos obligados a guardar mínimas reglas de urbanidad?
En todo caso, podríamos pensar que la comunicación, como hecho cotidiano, empírica, se produce gracias a la permanente transgresión de las bienintencionadas máximas de Paul Grice.
Por cierto, el diálogo invocado por mi profesor era verídico. Había tenido lugar en el programa "Cable a tierra" que conducía Pepe Eliaschev. Y sí, en aquellas épocas lejanas yo ya era una estudiante tardía.

8/28/2007

Ejercicios vocales

Pienso –a veces pienso– en el objetivo de este espacio y, por exensión, de SEUO. Me pregunto –suelo poner en cuestión mis elecciones– si cumplen con ciertas reglas, tal vez no escritas pero recomendadas. Investigo –sin demasiadas pretensiones– lo que hay bajo este sol además de mi humanidad. Pruebo. Ensayo. Cambio. Vuelvo a cambiar. Me muevo. Regreso. Concluyo.
Que no cumplo con las reglas –escritas o tácitas– del medio.
Que, dado que para este medio no se registra género universal, no me atañe caber en un subgénero.
Que, salvo los días en que mi autoestima visita algún subsuelo y mi devaluado yo reclama factores externos que la traigan a la superficie, poco importan las estadísticas, por contingentes y provisorias. Tan contingentes y provisorias como los vaivenes de la autoestima.
Que el caos de voces que se lee da cuenta de una búsqueda. La misma que se dibuja en los cambios de temas, registros, estilos y formatos.
Que si bien hay mucho de mí en cada palabra, nada de mí queda en ellas una vez puesto el punto final.
Que cuando me asomo a lo que hay bajo este sol, veo lo que no soy y redefino lo que no quiero ser.
Que estos cambios, idas, vueltas y movimientos no son otra cosa que ejercicios vocales.
Y que estos espacios son las salas de ensayo donde mi voz se afina, prueba rangos más o menos amplios, ensancha o estrecha su caudal, se replica o innova.
Lo demás es silencio.

8/22/2007

Silencio

Puede ser desinterés, abulia,
indiferencia.
Una escucha atenta.
La falta de una respuesta.
Indignación. Vergüenza.
Arrobamiento. Fascinación.
Energía. Mesura.
Odio o el amor mismo.
Obligación o derecho.
Una buena costumbre,
el descubrimiento de una novedad.
Compromiso
o abandono.
Sinceridad, ocultamiento.
Mentira.
Felicidad, control
o temor.
Todo cabe
en el intervalo entre
una palabra y otra.
Todo pesa en el paréntesis
entre una voz y otra voz.

8/18/2007

Anestesia

A veces uno anda por la vida anestesiado. Sabe que las cosas lo tocan. Lo advierte con un sentimiento casi ajeno, como cuando el dentista trabaja en nuestra boca pero no duele, son sólo movimientos, trajinar en un espacio que suele ser nuestro pero que la química nos ha arrebatado temporariamente. Las palabras de los otros nos suenan lejanas como el corte del bisturí en la carne dormida. Las propias se desvanecen sin haber sido dichas. No hay nada que decir porque se ha dicho tanto. No hay nada que callar porque tanto se ha callado. Y no hay nada que perder porque lo que se ha perdido es la conciencia de uno mismo.
Yo anduve por la vida anestesiada. Fuera de mí, observándome sin comprender dónde me había perdido. Volví. En algunas cosas soy la misma, en otras alguien que se está descubriendo en sus marcas. Sé lo que es el despertar, la confusión posterior y la dolorosa certeza de no sentirme. De haberme abandonado. De ser baldío. Y, sin embargo, todo pasa. Hasta esa distancia de uno mismo que parece habernos matado un rato.

Ceremonia

Abre la puerta.
Cuelga el sobretodo.
Enciende las luces.
Descorre cortinas
y sube persianas.
Se sienta, sonríe
y espera paciente
que yo abra mis puertas,
encienda mis ojos,
descorra recuerdos
y empiece a
desandar penumbras.

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – V

La publicación de las notas en el sitio web despertó cataratas de comentarios en favor y en contra. Los primeros fueron expuestos; los segundos, cuidadosamente omitidos. También se recibieron numerosas solicitudes de trabajo, cosa común cuando algunos advierten que un viejo amigo está a punto de acceder a una posición legislativa y deciden reavivar un vínculo agonizante para sacar, ellos también, su tajada de la tajada ajena. El gesto del candidato al leer los pedidos de empleo no dejaba lugar a dudas: jamás les haría lugar. Para terminar de mostrar la hilacha, una confusión de nombres hizo que llegara a mi casilla de e-mail la respuesta a un correo enviado por un viejo amor en el cual el señor felizmente casado exponía sus armas de seducción invitándome –en realidad invitaba a la dama con mi nombre– a un encuentro furtivo que le diera cauce al exceso de adrenalina que produce el proceso electoral.
La funcionaria, en cambio, hizo un súbito giro en su actitud y desistió, sin que mediara explicación, de todos los emprendimientos que teníamos planificados. Los folletos, que ya habían sido impresos, se transformaron en una montaña de papel inservible. La fabricación de los kits para la ancianidad pudo ser detenida sin mayores costos. Y el matarial fílmico quedó arrumbado en un rincón. Apenas un mes más tarde, los medios informaron de un acuerdo entre la abanderada de los gerontes y un viejo zorro del partido gobernante. Las fotos los mostraban alzando las manos eufóricamente en señal de victoria.
Mis recuerdos entrecruzados dicen que dos historias diferentes pueden no ser tan diferentes y tener un mismo final. Ambos funcionarios lograron su cometido. El señor del ente ocupó su banca en el Congreso. La benefactora de los viejitos siguió escalando posiciones, esta vez bajo el ala de otro cacique.

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – IV

Con el dinero de esas partidas que habían estado olvidadas, armamos un equipo para producir el material que llevaría a la funcionaria al estrellato. Fotografías en las que se la vería en las calles de su pueblo, rodeada de adeptos de la tercera edad con cara de feliz cumpleaños para ilustrar las portadas de los folletos; un cámara siguiéndola en todo momento para engrosar el material fílmico de archivo que se ofrecería a los medios y que, en un futuro no muy lejano, se editaría para ser aplicado a un video que destacara los logros de su gestión; diseñadores que crearían un kit de manualidades a las mujeres de más de sesenta años y uno de cartas españolas con tanteadores para diversos juegos a los hombres de más de setenta. El día señalado para la producción fotográfica y fílmica, la funcionaria nos recibió en su casa. Llegamos con el auto al portón de hierro, único intervalo en el enorme paredón que aislaba la casa del caserío de chapas circundante; un hombre de mediana edad lo abrió y nos indicó con gestos que siguiéramos hasta el final del camino de cemento. Una vez allí, descendimos. En la puerta de lo que llamó “el quincho” nos esperaba la funcionaria. Se acercó con una enorme sonrisa, copa en mano, haciendo equilibrio sobre los tacos altos. Nos dio la bienvenida y nos invitó a entrar. “El quincho”, construido en ladrillo y con techo de tejas, era un lugar acogedor que despertó nuestra admiración. Fue imposible sustraerse al contraste entre el barrio paupérrimo que rodeaba la casa y el interior suntuoso. Baste decir, para dar una idea del lujo, que en las paredes colgaban cuadros de firmas que provocaban escalofríos y que, a poco de llegar, una mucama de uniforme negro y guantes blancos se acercó a cada uno de los presentes para ofrecernos una copa de lo mismo que bebía la funcionaria: Veuve Clicquot.
Entre risas y burbujas, le preguntamos a la funcionaria si no temía por su seguridad y la de sus bienes, a lo que respondió que “de ninguna manera, los pobres son mi protección”. Un rato después acordamos salir a la zona céntrica del pueblo para hacer unas fotos. Al llegar a la plaza –típica escenografía pueblerina: plaza, iglesia, correo, comisaría y dependencias públicas– un grupo de ancianos se acercó a nosotros. El ánimo era festivo y parecía importarles poco el rigor de la tarde invernal. Intentaban darle un beso o estrechar la mano de la funcionaria. La mayor parte se dirigía a ella llamándola por el apodo familiar: “Mechi”. Y “Mechi” prodigaba sonrisas y abrazos mientras el fotógrafo registraba cada gesto. Viéndola desenvolverse en medio de la gente, sonreír estratégicamente a la cámara que la seguía y derramar expresiones de cariño en el momento exacto de ser fotografiada no quedaba duda alguna acerca de cuál era su modelo de liderazgo. Una mirada algo más atenta permitía advertir cómo, una vez fotografiados, los ancianos se alejaban hacia una suerte de puesto de comidas y bebidas improvisado en la esquina opuesta de la plaza para retirarse munidos de sandwiches y gaseosas. Finalizada la jornada de filmación y con una importante cantidad de tomas fotográficas, volvimos al quincho donde nos esperaba un asado monumental. Ya entrada la madrugada nos retiramos de la casa de la funcionaria. Cuando nuestro auto se alejaba del portón vimos cómo uno de los jardineros sacaba a la calle gran cantidad de sobras de comida y los “protectores” se acercaban rápidamente a cobrar su parte del festín.

8/09/2007

Libro de quejas

El libro de quejas se encuentra a disposición del cliente.
Solicítelo en el mostrador.

7/27/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – III

Lo que tenía entre manos, concluí, no era muy diferente. Al menos hasta ese momento. Dos días después ya estaba inmersa en la organización de la tarea: acciones de prensa en medios gráficos, un website de actualización diaria que estaría vigente hasta la semana posterior a las elecciones –cosa de recibir las felicitaciones y agradecimientos– y, por supuesto, los insoslayables envíos de mails a las bases de datos “provistas” por empresas y organizaciones. Para que todo eso pudiera concretarse, nos reunimos en el ente (en, no con) a discutir acerca de las secciones, los temas y el orden de las notas. Una sección se dedicaría tanto a contestar los “agravios” –a la persona del candidato, a otros candidatos, al partido, a quienes ya se desempeñaban en la función pública y siguen las firmas– vertidos en los medios masivos como a señalar las omisiones de información, también consideradas ofensas. Por mucho que traté, no pude convencer al candidato de que ese espacio debía llamarse “Síganme los buenos”. Para mi asombro, no lo rechazó por ridículo sino porque “¿Sabés? La asociación con el color rojo… mmm… no me parece que vaya con lo nuestro”, y se decidió por una obviedad: “El lado verdadero”. Otra sección, estúpida y pseudopoéticamente llamada “Proyectos cumplidos y sueños por cumplir”, daría cuenta del desempeño del candidato en la actividad privada, sus logros y asignaturas pendientes porque, tal como lo había dicho en nuestra primera reunión, para él la tarea legislativa sólo tenía como fin asegurarse el retiro. El tercer espacio, que en mi cabeza quedó grabado como “Qué voy a ser cuando sea grande” pero que en realidad se llamó “Legislar para todos”, tenía como objetivo mostrar la creatividad del candidato en cuanto a proyectos a presentar ni bien confirmado en su función. A todo esto se sumaban las cosas básicas: mail de contacto, formulario para recibir newsletter, etc. Y mi trabajo, era llenar esos espacios recién definidos con notas y reflexiones (¡reflexiones!). Lo que hasta ese momento me había parecido un trabajo pobre y fácil, se transformó, merced a las demandas de la estructura partidaria, en el más grande de los desafíos que se le pueda exigir a la imaginación de una persona. Mi primera nota estuvo dedicada a fundamentar el explícito, y persistentemente desoído por casi todos los medios de comunicación, deseo de la Primera Dama de no ser llamada Primera Dama. En la segunda, debía justificar el clientelismo político de manera tal que la mayoría de los lectores se sintieran compelidos a aceptarlo –y loarlo– como muestra de conciencia social. Mientras las redactaba, mi voz interior vigilante me inquiría por qué me prestaba a semejante barbaridad y mi voz interior inescrupulosa la acallaba gritando que si no era yo, alguien más lo iba a hacer. Y ganaron los gritos.

7/25/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – II

Mientras caminaba por la vereda angosta, cubierta de desechos de oficinas que aún no habían sido recolectados, no pude eludir los recuerdos de aquella otra historia. Una mujer, funcionaria del Ejecutivo de una provincia lejana, había descubierto que su dependencia contaba con una abultada partida presupuestaria, acumulada a través de varios ejercicios fiscales, que, según una ley provincial, debía ser destinada a beneficios no jubilatorios para la tercera edad. El monto del presupuesto, a simple vista, permitiría mejorar de manera sensible los servicios de salud y diseñar programas de actividades recreativas, ocupacionales, educativas y vacacionales. En una provincia chica, eso significaba una ancianidad saludable y feliz. Mientras la funcionaria me explicaba todo esto, imaginé haber sido convocada para elaborar un plan estratégico de inversión de esos recursos. Mi fantasía me llevó a pensar que, por una vez, mi trabajo estaría destinado a la gloria: el bien público por encima de las ambiciones personales, la entrega por sobre la mezquindad, la vocación de servicio venciendo al servilismo. Soñé. Dos minutos después, arriaba las banderas del idealismo y no sin cierta vergüenza guardaba los “trapos” para mejor ocasión.
–La cosa es así: –me dijo la funcionaria- tenemos una oportunidad inmejorable para lanzar mi carrera por la gobernación. Usted estará de acuerdo conmigo en que no se puede entregar todo este dinero sin sacar algún beneficio…
Un súbito ataque de amnesia había sacado del horizonte de la funcionaria al entonces gobernador y candidato a la reelección, su padrino político, el hombre que la había designado y al cual ella había respondido con fidelidad hasta ese momento.
–Imaginate, –siguió– cientos de miles de volantes con mi foto en cada centro de jubilados, en cada hospital, con cada recibo de jubilación.
Imaginé. Una campaña subrepticia, sin afiches, sin grandes despliegues visibles, sin spots televisivos pero con la funcionaria metida en la mayoría de las casas, reportajes en todos los medios, acciones telefónicas y presencia en pequeños actos de donación, presentación e inauguración que, multiplicados, daban una tasa de penetración absolutamente increíble. Un trabajo de hormiga con resultados monumentales.
Si hay algo que, sin lugar a dudas, estorba a mi desempeño como fantasma es la expresividad de mi cara. Veo el paño verde, las fichitas de colores, los naipes franceses. Entiendo el juego, las combinaciones de cartas y palos, las diferentes figuras y el sistema de apuestas. Pero no tengo cara de póker. Cualquiera puede descifrar por mis gestos si tengo escalera real o apenas un par de sietes. Y, como era previsible, se vino la excusa:
–El ya está hecho… Además, si no me busco mi lugar nadie va a venir a dármelo. Esto, mi querida, no es un jardín de infantes.

7/24/2007

Memorias del Fantasma: Esta película ya la vi – I

Después de un tiempo alejada de la actividad de fantasma, regresé no hace mucho convocada para realizar la campaña personal del responsable de un ente –las interpretaciones de "responsable" y "ente" corren por cuenta del lector– que pretendía saltar de la posición que tenía a otra que, según dijo, le asegurara "una buena jubilación, ¿viste?". El personaje en cuestión y yo nos habíamos conocido años atrás mientras él comenzaba su carrera al estrellato como asesor de un candidato y yo, cuándo no, era la mujer invisible. Eran otras épocas, claro. Para él, de vacas flacas arañando apenas los rebotes de los flashes. Para mí, de sentirme poderoso monje negro de una naciente megaorganización.
Nuestro primer encuentro para conversar acerca del trabajo que me esperaba fue en su departamento, situado en un barrio céntrico pero sin ninguna pretensión. Por lo que pude ver, sus días de bohemia e idealismo habían quedado del lado de afuera de la puerta: los pocos ambientes a los que tuve acceso mostraban muebles antiguos, fotografías con importantes personalidades, obras de arte no menos importantes y recuerdos de numerosos viajes por el mundo. Su aspecto, cuidado y con un estilo muy diferente al que yo podía recordar, también denunciaba la bonanza de su presente.
Con una actitud zen que no le había conocido antes, ordenó té en hebras para ambos. Mientras yo me preguntaba cómo iba a hacer funcionar mi cabeza sin la imprescindible dosis de cafeína, comenzó a hablar de sus logros, de sus nuevos patrones, del acceso directo que tenía a las más altas esferas del gobierno de turno. Como, al parecer, mi rostro no le devolvía la expresión admirativa que él esperaba sino una mueca que le permitía inferir que yo estaba pensando algo cercano al "somos pocos y nos conocemos", calentándose las manos con la taza de té, susurró:
–De aquello, nada.
Comprendí que en su curriculum habría un portentoso hueco y que, como testigo de lo omitido, se me solicitaba, una vez más, silencio. Finalmente, dado que sus actividades en la entidad que presidía lo reclamaban con urgencia, acordamos cuáles serían las acciones, con qué tiempo contábamos para llevarlas a cabo y los honorarios profesionales que me correspondían.
Ya en la puerta de calle, antes de despedirnos, me dijo:
–Dale tus datos a mi secretaria... es para que arme el contrato.
Sentí que la saliva no me pasaba por la garganta al comprender que la ciudadanía –y yo misma– se estaría haciendo cargo de mi remuneración y me asaltó una imagen parecida a un déjà vu. Bajo otro rostro y en otro lugar, el pasado insistía en volver.

7/22/2007

Visión

Tengo tan clara la historia
que la veo
como si no fuera mía.

7/20/2007

Tiempo de mudanza

Junto uno a uno los objetos que me acompañan
y los empaqueto con cuidado.
Descarto lo que ha caducado y lo entrego.
A veces es sólo ponerlo en la puerta
y que alguien lo elija y se lo lleve
para incluir en su vida
lo que ya no tiene lugar en la mía.
Otras, va hacia un destinatario prefijado.
Descuelgo cortinas, desconecto aparatos,
vacío cajones, enrollo alfombras.
Reviso papeles. Desarmo.
Reduzco al máximo el peso de las cosas.
Las veo y me veo y comprendo que no las necesito,
que llevan su historia como yo llevo la mía.
Que empezar de cero es una ilusión estéril,
una pérdida de tiempo.
Que, con ellas o sin ellas, seré lo que soy,
mis tropiezos con el olvido
y mis recuerdos despiertos.

7/15/2007

La vida real

A menudo me pregunto quién soy. La que escribe. La que está escrita. La que se retrata como lo que es y, a la vez, como lo que justamente no es. La que tiene todo por hacer. La que se ríe de sí misma. La que cocina. La que habla. La que calla. La que se expone. La que se esconde. La que se preocupa por las vidas próximas y lejanas. La osada hasta la temeridad. La exasperantemente tímida. La que tiene miedo. La que mira con atención –y el corazón un poquito estrujado– a los hijos que hacen sus caminos y aun sabiendo que se viene una colisión que dejará sus humanidades en estado calamitoso, lo único que les repite es lo de siempre: "ahí voy a estar, para aplaudir o para juntar los pedazos". La que se equivoca cuando quiere acertar. La que acierta cuando daría cualquier cosa por estar equivocada. La que ama el silencio y la soledad. La que nunca grita. La que usa la ironía como un bisturí. La que paga las cuentas. La que queda afuera de todo esto.
A menudo me pregunto quién soy porque la vida real me obliga a cambiar de traje con demasiada asiduidad. Y en esos cambios de vestuario voy olvidando cada vez una prenda, un accesorio. O dejándome puesto algo del atuendo anterior. Hasta que una mirada fugaz en el espejo me devuelve la imagen de una mujer disfrazada de mí misma. Entonces me detengo y me despojo de toda vestimenta para poder preguntarme, una vez más, quién soy.

De narradores

Narrar es un proceso laborioso que requiere de cierta obsesividad. No importa quién narra ni qué, el proceso siempre es laborioso y el narrador siempre es obsesivo. Primero se intenta ponerle nombre a una cosa y luego, dependiendo de las necesidades y de las características, se reviste ese nombre con más palabras que vayan delimitando su identidad, que denoten operaciones, conexiones, adiciones o exclusiones. Si el narrador es un purista extremo, pretenderá definir al máximo y, por caso, la mujer no será simplemente una mujer sino que tendrá características físicas, culturales, psicológicas y hasta un nombre propio. Para mayor circunscripción, el narrador purista también podrá optar por definir a la mujer por la negativa, por aquello que no es, extrayéndola del conjunto universal de las mujeres para inscribirla en otro más restringido, diferenciándola de la mayoría. Enfrentándose a la frustración de no poder definirla en su totalidad, de no poder dar cuenta de lo que hace de una mujer ésa y no otra. Intentando borrar lo que de común tenemos todos los seres humanos, hasta los de papel. Pero también, simultáneamente, esperanzado porque, cada palabra lo acerca más a la concreción de su deseo.
Este narrador prefigura un lector a quien hay que darle la mayor cantidad de herramientas que cierren la puerta a cualquier especulación individual. Entonces, se aplica a dibujarla a ella, lamujerqueesellaynotodaslasmujeres.
Otro tipo de narrador, el minimalista estoico, padece tal vez el mismo grado de obsesividad que el anterior pero la diferencia radica en que éste pone el acento en no delimitar, en dejar al lector un enorme margen de libre albedrío para imaginar, y en universalizar al máximo las cosas nombradas. Hace uso de una palabra despojada, llevada a la tensión máxima merced, simplemente, a su peso interno. Las casas, para él, no son blancas, de una planta, antiguas y en medio de un jardín apacible donde el tiempo parece no transcurrir. Son casas. Una casa que representa el universo de las casas. Ni siquiera “la casa”, a excepción de una imperiosa demanda gramatical o sintáctica. Lo que todas las casas tienen de igual. Unacasatodaslascasas.
Si el purista se siente más cerca de la perfección con cada palabra que suma, el minimalista, en cambio, lo hace con cada palabra de la que puede, gloriosamente, prescindir. La angustia y la frustración de este narrador radican en el hecho de saber que, inevitablemente, por más que su tarea haya sido perfecta, el lector investirá a unacasatodaslascasas de una identidad particular, propia, relacionada con su experiencia personal, y habrá hecho fracasar el sueño de lo universal.
Entre el purista y el minimalista hace equilibrio el utilitario. Es, tal vez, el menos emocional de los tres. Soltero empedernido, amante infiel, no se casa con el todo y no se casa con el uno. Sus características más salientes tienen que ver con la especulación y la manipulación. Como un cazador que no pierde de vista a su presa para disparar sobre ella en el momento preciso, como una araña que teje su tela y espera pacientemente a que la mosca quede enredada en los finos hilos de la historia. Goza de la palabra, pero más goza del placer que le causa imaginar el placer de su lector, por eso usa la palabra como más le convenga, de manera casi herética: vestida, desnuda, despojada, florida, afilada o roma. La palabra es daga y fusil, cálida caricia, herramienta de un goce que recorta el vasallaje. Por eso, toda su frialdad y capacidad de cálculo se esfuman al advertir que se debate en una tragedia propia, diferente de la de los otros dos, pero tragedia al fin. Por ser el menos idealista de los tres, su lucha interior no tiene que ver con nombrar mucho o poco sino con el silencio piadoso que da cuenta de ese resto que queda por fuera de la palabra, que no puede ser nombrado. Su optimismo lo obliga a buscar un amparo que encuentra en el hiato entre una palabra y otra, en las comas, en los puntos, en los punto y coma, en los dos puntos. Súbitamente se da cuenta de que ha pasado de ser amo de las palabras a ser esclavo de los silencios. Que es gobernado por los intervalos que se producen en la construcción del discurso, sin los cuales el universo perdería forma y volumen. Que es Vladimir, Estragón, Lucky, Pozzo en busca del eternamente ausente Godot. El revés de una trama en la que escribe para ser escrito por el silencio.

7/10/2007

Bueno, está bien, lo digo...

Después de una ardua lucha interna –que incluyó un amplio coro de voces imaginarias– y externa –que tuvo como implacable contendiente a mi analista–, lo digo. ¡Está bien, lo digo! Mañana me entregan un premio. Sí, ya sé, es una frase carente de todo entusiasmo, metida en medio de otras.
Lo intento otra vez: Mañana, miércoles 11 de julio, a las 19.00, me entregan un premio.
Bueh... entiendo, todavía me falta un poquito para arrimar el bochín, va:
Mañana, miércoles 11 de julio a las 19.00 horas, la Fundación Victoria Ocampo realiza la entrega de los premios del Concurso de Cuentos 2006. El cuento "Miércoles de cenizas" –que escribí yo– resultó merecedor del segundo premio –otorgado también a otros catorce autores– y, por lo tanto, fue seleccionado para formar parte de una antología que editará la Fundación.
A ver si queda claro:
Invita: Fundación Victoria Ocampo
Fecha: Miércoles 11 de julio – 19.00 horas
Lugar: Asociación Biblioteca de Mujeres – M.T. de Alvear 1155
Misceláneas: Se servirá un vino de honor – Entrada libre

¡Lo dije!

7/02/2007

Sólo para amarte

No revuelvas mi pelo siempre liso
ni te enrosques en mi cuerpo cada noche.
No deshagas los nudos de mi espalda
con tus manos hábiles y tibias.
Ni apagues mis cigarrillos eternamente
muriendo en los ceniceros.
No tomes de mi copa, no comas de mi plato.
No robes mis sonrisas
ni quieras conocer mis pensamientos.
No me sueñes mi me pidas que te sueñe.
No calientes mis pies bajo las sábanas.
No me retes por el décimo café de la mañana.
No intentes solucionar mis problemas
ni me digas que estoy loca.
Estoy loca.
Por querer mi pelo siempre liso
y mi agua y mi comida para mí
y los pies fríos y el café amargo
y los cigarrillos haciéndose cenizas
mientras escribo.
Y mis sonrisas y mi pensamientos.
Y los sueños.
Y mi cuerpo libre por las noches.
Y mis problemas dichos en voz alta
sin esperar soluciones.
Y los nudos de mi espalda.
Estoy loca
porque quiero todo eso
sólo para amarte.

6/27/2007

Mi hermana extraña su jardín









Cada uno tiene sus historias. Así como la mía se relaciona con las palabras, la de mi hermana se relaciona con los colores y las imágenes. Como cualquier persona que dedica su vida al arte, ella sabe de perseverancia lindante con la testarudez, de caerse y volver a ponerse de pie, de explorar siempre nuevos caminos y de imponerse desafíos.
"Extraño mi jardín" es una instalación con más de 1000 flores realizadas en técnica mixta que ha sido seleccionada para el Salón Nacional de Artes Visuales 2007.
Nos vemos el jueves 28 en el Palais de Glace para disfrutar del jardín que ella extraña.

6/25/2007

Estados de agregación de la materia – Cuerpos, sólidos, líquidos y gases en la vida cotidiana

La química y la física clásicas definen la materia como todo aquello que ocupa un lugar en el espacio y posee masa, sea visible y asible como una vaca o un arbusto, o invisible e inasible como el aire. Del mismo modo, postulan que la materia se encuentra en tres estados –sólido, líquido y gaseoso– y que una porción limitada de materia es un cuerpo.
Básicamente, entonces, y en buen cristiano, hay cuerpos y hay sólidos, líquidos y gases diversos. Con la gente pasa lo mismo: hay cuerpos. Y hay sólidos, líquidos y gases. Y, al igual que lo que enuncian las ciencias duras, todos tienen propiedades particulares.
Cuerpos:
Son aquellas porciones de materia que ocupan un lugar en el espacio –mayor o menor según la masa y el volumen de cada individuo–, y que, por lo general, no pasan de ser un “cacho’e carne” más o menos modelada por horas de gimnasio y, en ocasiones, alguna que otra intervención quirúrgica. De tener una personalidad, cosa rara pero no imposible, sumarán a sus propiedades las del estado de la materia del que se trate pudiendo llegar a la máxima densidad soportable o a la volatilidad más difusa que se pueda imaginar.
Sólidos:
En su aspecto positivo, los sólidos son estables y cohesivos, independientes, fijos y firmes. Suelen actuar como sostén de otros sólidos y como continentes de los líquidos. Son resistentes a la contaminación en grados que dependen de su permeabilidad.
En su aspecto negativo, son rígidos, resistentes al cambio, poco adaptables y de movimientos lentos o inexistentes. Las presiones excesivas los agrietan, resquebrajan o quiebran pudiendo, según el grado de cristalización, llegar al estallido que los transforma en miles de pedacitos que mantienen las mismas características que cuando conformaban una sola pieza. La fricción y el roce constantes –con cualquier otro cuerpo o estado de la materia– los afectan en su estructura.
Gases:
En su aspecto positivo son expansivos, leves, cambiantes y sensibles a las características del entorno, sobre todo en lo que hace a cambios de temperatura y humedad.
En su aspecto negativo son invasivos, influenciables y se dispersan hasta perder entidad.
En contacto con otros, son los que más fácilmente se contaminan. Si se pretende limitarlos alcanzan grados de presión explosiva aunque toleran muy bien la compresión. Pueden llegar a pasar desapercibidos hasta que su grado de concentración es máximo y, tarde piaste, lo han invadido todo. Son incapaces de contener líquidos. Su fuerte inercia expansiva los mueve siempre hacia arriba.
Líquidos:
En su aspecto positivo son blandos, alegres, dinámicos, adaptables. Poco resistentes al cambio, siempre buscan un cauce o continente que los limite y les provea una forma que copiarán a la perfección.
En su aspecto negativo son débiles y dependientes, sobre todo del sólido que los contiene y sobre el cual, a la larga, tienen un fuerte efecto erosivo, tanto por fricción como por simple contacto.
Absorben gases enriqueciéndose o contaminándose de manera indistinta pero por poco tiempo dado su poder autopurificador.
Tienen una gran capacidad para llegar a lugares recónditos por filtración. No les cuesta descender hasta encontrar un nivel estable pero sí encuentran dificultades para ascender, aunque lo logran de manera lenta y, generalmente, por impregnación.
Resisten bien presiones medias. Altas, sólo si encuentran un camino de escape que tanto puede ser por goteo como por impregnación.
Agregan volumen a los sólidos con cierto poder de absorción y producen fuertes desgastes en aquellos menos permeables.
Nota aclaratoria:
Con el correr del tiempo y sobre todo durante el siglo XX, se distinguieron también otros estados de agregación complejos, sólo observables en laboratorio bajo condiciones específicas de presión y temperatura, como el condensado de Bose–Einstein, el fluido supercrítico, el coloide, la superfluidez, el supersólido, el neutronio, la materia fuertemente simétrica, la materia débilmente simétrica, el condensado fermiónico, el plasma quark-gluón, la materia extraña y la materia degenerada; algunos de los cuales se prestan al chiste fácil pero inevitable porque ¿quién no puede identificar a alguien conocido con un supersólido, un fluido supercrítico o una materia degenerada? Sin embargo, dado que las características de estos últimos estados de agregación de la materia identificados sólo se presentan en condiciones extremas, dejaremos su análisis para el momento en que las investigaciones hayan avanzado lo suficiente como para hacer inferencias abarcadoras.

6/16/2007

Vivir de las palabras

La decisión de vivir de las palabras no fue fácil, aún no lo es y no tengo seguridad de que algún día lo sea. Sólo esperanza y fe, que son dos cosas bien distintas, y la jubilosa convicción de que no tenía más remedio.
A tal punto fue difícil que puedo identificar cuatro etapas bien diferenciadas. La primera, la de la protoescritura, se extendió por años e incluyó una intensa formación. Empezó como un juego para el que uno descubre que es hábil y entonces ejercita sin descanso, siempre tratando de correr el límite, de inventar un nuevo desafío. Fue una época de poesías –no poemas, poesías– Prilutzky Farny y relatos Poldy Bird –de vez en cuando tengo una recaída–, diarios fallidos –la constancia me aburre–, y palabras clandestinas y privadas casi siempre dirigidas a alguien. Tragedias expuestas. Diálogos con la pared. Cartas no enviadas. Preguntas sin respuesta y respuestas a preguntas no realizadas. En esa época hice el primer taller literario “en serio” y comencé la tercera y definitivamente inconclusa carrera universitaria.
La segunda etapa, oscilando entre la iluminación y el sí pero no, tuvo que ver con el descubrimiento de que tanto mi maestro de taller literario como la facultad se habían transformado en un lastre. El primero, porque me quería a su imagen y semejanza para alimento de su ego fagocitador de admiradores. La segunda, venerable institución académica, porque a su manera, también me imponía un corsé que yo me negaba a vestir: el de la crítica literaria. Avivada de que mis tics de mejor alumna no me llevarían por la ruta que yo eligiera, renuncié a ambas propuestas. El sí pero no se enlazaba con la exploración de caminos nuevos, incómodos y siempre inciertos relacionados con la publicidad de la producción literaria. Quiero pero no quiero. Te lo muestro pero no pienses que soy yo. Soy genial. Soy una burra. Soy intrascendente. Sirvo para esto o no sirvo para nada. Argumentos que no servían como convicción motora sino como planteo extremista útil para la parálisis.
La tercera instancia, pasaje de ida a la trampera, provino de un hallazgo: mi aptitud para la ventriloquía literaria. Entonces mis palabras encontraron un destino de muñecos de madera encarnados por narradores afónicos, ensayistas tartamudos, políticos sin calificación y oyentes y lectores proclives a caer en la fascinación facilonga. Escondida tras los hilos, como titiritera, me sentía protegida. Escudada en la penumbra, susurraba en oídos sedientos palabras que jamás me hubiese atrevido a suscribir. Amparada en ese doble juego de ser pública sin serlo, ser édita sin firmarlo, ser “imprescindible” para unos pocos, ser conocida entre los iniciados, pagaba la efímera satisfacción con lo más valioso que tenía: mi propia voz.
Y sobrevino la, por el momento, última etapa –sin nombre aún– a la que ingresé después de un largo período de silencio y oscuridad. He salido victoriosa de una pelea personal y estúpida de la verdad contra la mentira. De a poco, con la timidez que me caracteriza, le voy poniendo palabras a mi música. Navegando sin prejuicios entre la realidad y la ficción. Haciendo de una otra. Mostrando mi carne que parece un traje y un traje con la forma de mi carne. Hablando de mí sin nombrarme y nombrándome sin hablar de mí. Yo, otra, otros. Yo. Nunca y siempre. Yo.

6/15/2007

Renacer

Salir despacio.
Recuperar la luz.
Llenar de música los días.
Beber sin prisa.
Sentir la vida en cada célula,
que se cuela con fuerza,
presiona la escritura
de los huesos,
empuja la sangre.
Salir despacio.
Hecha torrente.
Hecha cauce.
Hecha bocanada feroz
que no claudica.
Que deja atrás el barro
y florece.

Y vuela.

6/13/2007

En el día del escritor

Así como un hijo transforma a una mujer en madre y a un hombre en padre, los libros editados transforman a una persona en escritor. El proceso es el mismo: se necesitan amor, fecundidad, gestación, nacimiento y crianza.
Y se necesitan todas esas cosas.
Amor porque sin él no hay determinación ni objetivo; no hay proyecto ni responsabilidad. Sólo biología y azar. El amor es raíz y ala, condición primera para todo.
Fecundidad porque el terreno fértil imprescindible para que tenga lugar el acto creativo.
Gestación, porque es un proceso que implica paciencia, dedicación y entrega para comprender que las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir y que toda celebración es precedida por un tiempo de espera tanto o más importante que el acontecimiento mismo del festejo.
Nacimiento, porque hay un momento para parir, indefectiblemente, más allá de los deseos, la oportunidad o la conveniencia; y ese momento es impostergable.
Crianza, porque sólo sabe uno cuánta dedicación requiere ver al retoño convertido en adulto o en libro para que, en ambos casos, se independice de nosotros y recorra su propio camino.
Yo, que me hice madre con mis hijos, que he practicado con las palabras desde muy chica, que he garabateado papeles de manera clandestina y apasionada, que he recibido venerables, reputados y numerosos premios por muchas de mis páginas, aún espero el libro que me haga, por fin, escritora.
Un abrazo a todos mis amigos escritores.

Dos preguntas:
1. ¿Un diccionario es un libro?
2. ¿Amigos escritores, escritores amigos o amigos a secas?

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad VII Balance y memoria

Luego de todas las peripecias habidas y por haber generadas por la renuencia de la Junta Nacional Electoral a aprobar las boletas que debían estar en el cuarto oscuro de cada mesa de toda la Nación, finalmente, habíamos llegado a los últimos días antes del comicio con el siguiente balance:
Una nueva pareja formada por el jefe de campaña y la candidata joven y bonita.
Una candidata “camionera” que había resistido como tal los embates del “langa”.
Un “langa” que había sido puesto en caja por la que, aunque por poco tiempo más, todavía era su esposa.
Un amontonamiento deforme de mascarones de proa que ya estaban pensando en nuevas alianzas y rejuntes, visto que se habían resignado los cargos legislativos de la Ciudad de Buenos Aires.
Un ex integrante del Poder Judicial que estaba dispuesto a repartir un pedazo de la torta.
Un candidato principal obeso –lo mío no es hambre, es ansiedad– casi tuerto a manos de su sacrosanta esposa y carcelera.
Un candidato iguana que se quedó con la mejor parte del asado y, por las dudas, lo escupió para que a nadie más se le ocurriera probarlo.
Una banda de sociólogos, psicólogos y creativos casi desempleados y sin invitación para los festejos postelectorales en un conocido hotel céntrico.
Un envido perdido y un truco no querido, muy lejos del uno por uno es negocio.
El saldo personal para mí fue que el día de las elecciones, cuando me metí en el cuarto oscuro, supe que algo de mi candidez democrática se había perdido para siempre. Me tomé mi tiempo, miré una por una las boletas mientras imaginaba las alternativas que todos habrían tenido que atravesar para que esos papelitos estuviesen apilados sobre las mesas. Supuse otras nuevas parejas, otras mujeres sisebutas, otros candidatos paranoicos, babosos o ventajeros. Di por sentado que tras todas esas listas se escondía la misma ausencia de ideas, de debates, de propuestas. Hasta que me golpearon la puerta. Entonces busqué en mi cartera un pedazo de hoja de cuaderno cuadriculado, de uno de esos en los que me había pasado meses anotando sandeces sobre el que garabateé un “yo sé que todos mienten” bien grande. Luego lo doblé, lo puse en el sobre y, sin volver la vista atrás, salí del aula.

6/10/2007

Memorias del fantasma: La invención de la realidad VI De gurú a cuatro de copas

Faltando unas pocas semanas para las elecciones, cada vez se me complicaba más ser un fantasma. Un poco era porque, con la multiplicación de las apariciones públicas de los candidatos, yo vivía a un ritmo enloquecedor, tratando de no perderme entre las nubes de periodistas, fotógrafos y camarógrafos que, además, no debían advertirme; sin olvidar el ejército de guardaespaldas que estaba al servicio de los peces gordos y sus allegados, entre los que, ¡oh, dioses del Olimpo!, tenía el honor de contarme. El otro poco, que en realidad era mucho, se debió a que, seguramente por cuestiones de fragilidad emocional que no me corresponde analizar, los políticos me habían adoptado como una suerte de consejera integral en cuestiones de la índole más variada. Aunque, si lo pienso bien, esa elección tuvo que ver también con mi capacidad innata de hacer de cuenta que escucho con atención mientras en realidad estoy pensando en lo que voy a cocinar cuando llegue a casa. Lo cierto es que, haya sido por lo que haya sido, mi lugar de escribiente silenciosa se tornó en el de casi indispensable gurú que recibía consultas sobre vestimentas, cortes de cabello, lugares discretos para un “almuerzo de trabajo”, estado de las rutas, cronogramas de filmación y grabación, colores de bases de maquillaje y, debido al aumento inocultable del ya prominente abdomen del principal candidato, opciones de dietas, programas de ejercicios e implementación de trucos para que en las tomas fotográficas y entrevistas la considerable busarda no ocupase el primer plano.
Sin embargo, una importante alianza preelectoral de último momento requirió de mi vieja costumbre de observar y anotar en las reuniones, cosa que me provocó alguna satisfacción porque me permitía eludir el estado de excitación que todos padecían en ese momento.
Reunidos en la sede del partido que había manifestado su voluntad de sumarse a “Todos para adelante”, los líderes de ambos movimientos, algunos consultores de los entornos más próximos, los jefes de campaña y yo, cuaderno y lápiz en mano, comenzamos con el encuentro en el cual se pactaría la distribución de los cargos. Como de costumbre, no fui presentada a los convocantes y, desde mi rincón, me apliqué a la tarea de relevamiento de rostros y palabras. Si nuestro jefe de campaña era mitad jefe de campaña y mitad adolescente enamorado de la bonita candidata joven, el jefe de campaña del otro partido era un cuarto de jefe de campaña y tres cuartos de tinto en damajuana. El rostro hinchado, los ojos enrojecidos, el infernal aliento etílico y su hablar empastado no dejaban lugar a dudas acerca de la afición al trago de quien había sido introducido como el máximo referente a la hora de las decisiones. El líder de esa agrupación, cuyo lugarteniente y cuñado tenía un indudable aspecto de gremialista, era un hombre blancuzco y con aspecto frágil; de mirada perdida y piel escamosa, transmitía menos calidez que un reptil.
El líder de “Todos para adelante”, por su parte, parecía haber entrado en un estado de deseperación al advertir que sobre la mesa no había nada que pudiera engullir para calmar su permanente angustia oral.
Llevaba yo unos minutos escribiendo mis impresiones cuando comenzaron a tratarse las cuestiones relativas a la repartija de cargos y la negociación se tornó áspera. En un tardío ataque de lucidez, el hombre iguana advirtió mi presencia:
–¿Quién es ella?, –dijo mirándome con sus ojos fríos, –¿Y qué está anotando? ¡Que no anote más! ¡Esto es inconcebible!
Una vez más, los rasgos paranoides de la clase política se ponían de manifiesto. Los “Todos para adelante” cruzamos miradas y, comprendiendo que la reunión no continuaría si yo persistía en tomar notas, guardé la lapicera en mi bolso y me dispuse a seguir escuchando y, esta vez, memorizando.
El jefe de campaña enamorado intentó una respuesta aplacatoria:
–La señora es…
Pero el jefe de campaña etílico lo interrumpió con un balbuceo que quiso ser tajante:
–Es un cuatro de copas. Y nosotros no hablamos con… ni para… ningún cuatro de copas.
No necesité apelar a ningún profundo conocimiento del juego de truco para darme cuenta de que el mentado cuatro inservible era yo. Tampoco fue difícil comprender que estaba rodeada de anchos falsos capaces de gritar quiero vale cuatro sólo para hacer arrugar al contrincante.
Meter presión fue la estrategia elegida por el reptil. Sus condiciones para sumarse a “Todos para adelante” fueron más que claras: resignaría los cargos electivos nacionales para conservar solamente los de la Capital. Cambiaba un máximo de cuatro diputados por el nada despreciable número de diez legisladores de la ciudad. En ese partido sin cartas bravas, el envido sería, al parecer, la mano ganadora. Y cuando en candidato iguana, de puro macho, cantó treinta el candidato ansioso, de puro cagón, en vez de echarle la falta se guardó sus veinticuatro sin decir palabra.

5/30/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad V Feria de vanidades

Tiempo después, con la alianza ya legalmente constituida, los equipos que hasta ese momento habían trabajado en diferentes lugares se mudaron a la sede oficial de “Todos para adelante”. Allí marché yo también a vivir la experiencia de estar todos bajo el mismo techo, respirar el aire de la campaña, sentir la adrenalina preelectoral y ver a los militantes en acción.
Lo que hasta ese momento había sido un tranquilo discurrir de los días se transformó de pronto en agitación sin respiro. Las militantes de la tercera edad, que ocupaban sus tardes llenando sobres con material promocional, entraban en nuestra área de trabajo cada hora u hora y media gritando como colegialas excitadas: “¿Llegaron los pins y las banderitas? ¿Llegaron los pins y las banderitas?”. Estaban impacientes por lucir en sus pechos el botón con la cara del “líder” y hacer flamear los colores del partido. Los integrantes de la juventud, en cambio, no mostraban interés por el merchandising sino por presentarnos regularmente los productos de su bullente creatividad que se materializaban en irrealizables proyectos de comerciales y actos multitudinarios. La salita verde, por su parte, continuaba con las reuniones semanales, mientras que cada integrante persistía en las actitudes que ya he relatado. Finalmente, en una de esas reuniones, se aprobaron los guiones para los comerciales de televisión y, unos días después, estábamos listos para filmar.
Titánica fue la tarea de juntar a los candidatos de todas las provincias. No menos arduo fue explicarles el tipo de vestimenta que tenían que llevar. Pero lo peor de todo fue recibir, una tras otra, llamadas en las que preguntaban si cremita era lo mismo que marrón, si gris oscuro daba igual que gris claro o gris topo, si negro era mejor que azul, si el cinturón, los zapatos, la corbata y el pañuelito debían combinar, confirmando que cualquier burla que yo hubiese inventado no era más que un amago de realidad, triste realidad.
Llegué a la locación a las seis de la mañana para estar mientras se armaban el set –en la sala de reuniones de una empresa– y el lugar donde se tomarían algunas fotos –en una oficina de la misma empresa–, todo especialmente acondicionado para que pareciera que los muchachos eran devotos del trabajo.
De a poco, empezaron a caer los candidatos, funda con traje en mano, listos para pasar a maquillaje. A medida que se amontonaban, el ambiente se iba haciendo más raro: al equipo de filmación, como treinta personas entre maquillaje, iluminación, cámaras, eléctricos, director y asistentes, nos sumábamos nosotros, los integrantes del equipo creativo, y a todo eso, los inminentes protagonistas de las joyas del séptimo arte que estábamos a punto de pergeñar. De todos modos, nadie perdía sus características propias. El “langa” se paseaba entre la gente con una taza de café y su invariable sonrisa; la “camionera” había venido más enjoyada que nunca; el “líder” mostraba que podía ser el capo de la alianza pero su esposa, pegada a él como estampilla y susurrándole constantemente al oído, denunciaba quién llevaba los pantalones; desde un rincón, la dama joven, devenida candidata a concejal por la gracia recibida y otorgada, le hacía sonrisitas al jefe de campaña; uno de los mascarones de proa, el del traje marrón-cremita, recitaba su parlamento en una esquina, mirando a la pared como si estuviese en penitencia. El clima era de algarabía estudiantil hasta que el director a cargo de la filmación dio la orden de comenzar y comenzó a acomodar a los actores. Luego pidió que se encendieran las luces y, tras el tradicional “se filma”, todos vimos en silencio cómo se desarrollaba el evento. Las cosas iban medianamente bien, considerando que no estábamos trabajando con profesionales, cuando un grito sacudió la escena. La esposa del “líder”, que miraba con atención en el monitor del director, sentada en el sillón del director, haciendo como que era el director, había sido presa de un ataque de histeria:
–¡Pepe! ¡Te brilla la frente! ¡Maquillaje, maquillaje!
La maquilladora, delgada, bonita y simpática, se acercó a reparar tamaña afrenta al buen gusto, seguida por la mirada llamante de la esposa que no era ni delgada ni bonita ni simpática. Y, dos minutos después, todo había vuelto a la normalidad. Casi.
–¡Pepe! ¡Tenés los ojos rojos! ¡Maquillaje, maquillaje, el colirio, rápido!, –volvió a aullar la santa esposa del "líder".

La maquilladora, delgada, bonita y simpática pero ya con cara de embole, llegó corriendo con el frasquito en la mano. Cuando se estaba acercando al “líder” para solucionar el inconveniente, la esposa del capo se le interpuso, le arrebató el milagroso Lidil y se abalanzó hacia su marido, que esperaba ya con la cabeza en alto, con tanto ímpetu que estrelló el pico del frasco contra el interior del ojo del sumiso cónyuge. Resultado: filmación suspendida por un rato y esposa saliendo “a tomar aire” por consejo del “director” que trataba por todos los medios de contener la ira del otro director.
Retomamos la tarea, sin embargo, algo había cambiado en el ánimo de los presentes. Cierto cansancio y malestar empezaba a notarse, sobre todo en los políticos que viendo lo avanzado de la hora se impacientaban por cumplir con los compromisos que llenaban sus agendas. Por fin pudimos volver a rodar. Aunque no todo iba a salir tan fácil como parecía. Uno de los candidatos tenía un parlamento de apenas cinco palabras: “Vamos a combatir la corrupción”. No podía ser más sencillo, sobre todo para alguien que, como él, había pertenecido al Poder Judicial. Pero la escena demandó más de dos horas. Toma tras toma, el tipo intentaba sin éxito decir su línea.
A la quinta vez que el contundente "Vamos a compartir la corrupción" estremeció la implacable luminosidad de los reflectores, medio equipo creativo estaba revolcándose y ahogando las risas bajo la enorme mesa de cristal; parte del equipo de filmación había salido de la sala porque no podía aguantar las carcajadas y el ánimo del director era apocalíptico; y los candidatos intercambiaban miradas de vergüenza ajena y propia. Hasta que alguien, desde el fondo de la habitación, gritó: “Bueno, che, no lo gasten, al menos el tipo quiere compartir”.

5/28/2007

Memorias del Fantasma: La invención de la realidad IV Todos para adelante

Con el correr de las reuniones de la salita verde, que seguían llevándose a cabo con regularidad cada martes y a las que yo tenía que asisitir en mi función de escribiente, los participantes empezaron a conocerme y saludarme con amabilidad. Atrás había quedado mi estupor al saber que las radios encendidas se debían a la paranoia de la clase política –después pude comprobar que casi toda la clase política sufre de la misma paranoia– que temía que sus tan importantes elucubraciones fuesen grabadas mientras una perfecta desconocida –yo, durante el primer encuentro– anotaba cada palabra que se decía en el cónclave (tal vez pensaron que la escritura me saldría con interferencias). Como observadora, por otra parte, había advertido que el incipiente acercamiento entre la dama joven y el jefe de campaña ya era un franco coqueteo en el que, por supuesto, ambos olvidaban que tenían sus respectivos cónyuges; el “langa”, en cambio, se había dado por vencido en la conquista de la “camionera”, y los mascarones de proa llegaban cada vez más temprano para ocupar los lugares próximos a donde supuestamente se sentaría el “líder”, de todos modos, nunca pude saber si lo hacían por ambición política o porque los platos de medialunas siempre quedaban de ese lado.
Por fin, un día, el nombre del nuevo partido quedó fijado como “Todos para adelante”. No me detendré a especificar el recorrido semiológico que condujo a esa elección. Sólo diré que, mientras copiaba las alternativas en mi cuadernito cuadriculado, se me ocurrieron algunos obvios mensajes de campaña del tipo: “Todos para adelante. Estamos para atrás” o “Todos para adelante así te la damos por atrás” o “Todos para adelante te deja para atrás” que seguramente, por ser tan obvios, se le iban a ocurrir a otro para poner en ridículo al partido que, por supuesto, no se llamó partido porque “partido” quiere decir “que no está entero”, sino alianza porque tenía que ver con "el compromiso, el matrimonio, la unión indisoluble". Claro que los cerebros que con tanta profundidad analizaban los contenidos estaban dejando de lado lo nefasto que, en un pasado reciente, había resultado ese modelo de amontonamiento provisorio.
Casi al final de la reunión, el “líder” hizo un emocionado brindis celebrando “el bautismo del nuevo movimiento que sumaría a sus filas a las mayorías silenciosas y hartas de la corrupción” y todos aplaudieron de pie. Antes de retirarnos también quedaron definidas las líneas de campaña sobre las que habría que apoyar toda la producción discursiva: las primarias eran corrupción, seguridad y desempleo –¿alguna vez fueron otras?– y las secundarias, educación y salud. ¡Oh, Dios mío!
Si algo me alegraba, en medio de semejante pobreza de nombre y de ideas, era saber que de ahí en más yo tendría que dejar de anotar para comenzar a pensar en estrategias de campaña. ¡Cuánto me equivocaba! No sólo no dejé de anotar sino que, además, tuve que comenzar a pensar estrategias de campaña, bases fundacionales de la alianza, propuestas concretas para los potenciales legisladores, materiales de promoción y comerciales de televisión y radio.
Mientras yo empezaba a pensar todo eso, las investigaciones continuaban y los asesores legales de la nueva agrupación se dedicaban a hacer todos los trámites necesarios para la obtención de la personería jurídica que les permitiría contar con los beneficios que favorecen la actividad política: presupuesto, desgravaciones impositivas varias, segundos gratuitos de televisión y radio –el famoso “espacio cedido a los partidos políticos” que nos atormenta la tanda durante las campañas electorales–, y la remuneración por cada sufragio, a cobrar luego del comicio; sin contar con los desinteresados aportes de empresas y organizaciones que servirían para pagar, entre otras cosas, los honorarios del equipo creativo del que yo ya era parte.
Para la redacción de las bases me sugirieron que interiorizara acerca de dichos y expresiones de los fundadores de la Nación –se referían al país, no al diario– que servirían también para hacer toda la gráfica de lanzamiento de la joven –¿joven?– agrupación. Obediente, me sumergí en la lectura de documentos y textos históricos desde la mal llamada Revolución de Mayo hasta la también mal llamada Revolución Libertadora. Cuando pregunté al jefe de campaña cuáles eran las personalidades que debían estar excluidas en la búsqueda me contestó con tono ofendido que yo debería saber que estábamos “formando una alianza inclusiva y plural” y que nuestra comunicación tenía que “mostrar el grado de apertura, innovación y modernidad más allá de cualquier diferencia estereotipada y dejando atrás los prejuicios del pasado”. Salí de su oficina preguntándome si me había invitado a incluir la palabra de Evita o si estaba justificando su apasionado romance con la dama joven.