9/28/2008

Callejeros y la primera persona

Desde que tengo memoria, escribir es mi pasión. Con el tiempo se transformó, también, en mi profesión y, consecuentemente, en mi forma de vida. Cada día, enfrento el desafío de expresar con precisión lo que siento y pienso sin preconceptos. Poco a poco fui entendiendo que los temas me eligen a mí y no a la inversa, que la escritura es liberadora pulsión vital sólo si pongo en ella el corazón.

Hace casi un año me tocó conocer a siete personas –Santos Fontanet, Djerfy, Vásquez, Torrejón, Carbone, Cardell y Delgado–, escucharlas y transcribir sus palabras como parte de una investigación que, lejos de lucrar con el dolor, me imponía el compromiso de bucear en una tragedia e ir mucho más allá de esas siete voces.

¿Quién puede juzgar y condenar lo que no conoce? ¿Quién puede limitar la búsqueda de información? ¿Quién puede determinar qué protagonistas merecen ser escuchados y a cuáles se les debe negar la posibilidad de expresarse? ¿Quién designa a los encargados de escribir la historia?

En estos días turbulentos en los cuales un libro que aún no salió a la venta generó innumerables pre(-)juicios condenatorios, yo me pregunto si el dolor es una cuestión de bandos y de veredas que se excluyen mutuamente. Si cinco páginas –apenas una parte de la totalidad de una obra– justifican la censura, el descrédito, la intimidación y el vapuleo. Si el único punto importante es quién cobra los derechos de autor.

En este festival de versiones, dichos y rumores, están los que ya dieron por sentado quién se lleva la plata (¡ojalá los libros hicieran ricos a los escritores, pero no es así!); los que opinan que investigar y dar una opinión es lucrar con la muerte; los que descreen de la veracidad de los testimonios; y hasta los que lamentan no tener su tajada.

Yo –que soy, en realidad, la primera persona de este título– apenas salgo de mi asombro frente a tanto sinsentido. Y vuelvo a leer lo que escribí, allá por junio, cuando entendí que la única manera de acercarme a la comprensión del dolor ajeno era invocando mi propio dolor:

En una Argentina en la que, como confirma la historia, el dolor no une sino que divide, Cromañón no podía sino enfrentar a los protagonistas. Nuestras tragedias dan lugar al nacimiento de bandos irreconciliables, a disputas que se prolongan durante años y quedan, como un mal crónico que periódicamente vuelve a recrudecer, en nuestra memoria; a heridas que, después de un tiempo, pasan a formar parte de nuestro discurrir cotidiano. Pero el dolor no cesa. Al contrario, alimentado de resentimiento, se acrecienta y se expande. Se profundiza y se enquista. El pasado, que debería servirnos de maestro, nos conduce, en cambio, a la repetición de viejos errores.

Callejeros en primera persona (pág.137)

9/14/2008

De ningún lado

El sentido de pertenencia es, sin lugar a dudas, algo común a la mayoría de los seres humanos. Clubes, asociaciones, logias, colegios profesionales, comunidades y también familias, parejas, amigos reúnen a las personas según reglas diversas, profesiones o intereses compartidos que, en ocasiones, hasta tienen sus propias jergas, giros particulares de un idioma que les permite reconocerse a poco de haberse encontrado.
El género humano parece sentirse amparado bajo el ala protectora de estas sociedades más o menos formales y pertenecer –sentirse aceptado y reconocido en esa pertenencia– se transforma en un atributo más para el ropaje de la identidad.
Pues bien, yo no pertenezco a ningún lugar. Soy, eminentemente, de ningún lado.
No me atraen los clubes. No adhiero a ninguna asociación, agrupación ni colegio profesional o sucedáneo. Mucho menos a una logia. La familia –que me da identidad formal y a la que sin dudas pertenezco en sentido amplio– no me condiciona con sus leyes explícitas o implícitas. No soy propiedad ni extensión de pareja alguna. No tengo esos grupos de amigos que se reúnen –para charlar, jugar a las cartas o ir al cine– de manera periódica o que pasan juntos las vacaciones. Y, por último, las comunidades –cuanto más específicas y exclusivas, con sus códigos y tics para iniciados– me aburren soberanamente.
Esta rebelión inconsciente frente a cualquier forma de cofradía podría ser vista como una elección de la soledad. Pero cuando no quiero estar sola, siempre tengo con quién estar. Como una imposibilidad. Pero suelo ser bienvenida en casi cualquier grupo al que quiera ingresar y me adapto a su funcionamiento sin dificultades hasta que siento que comienza a operar como un corsé. Como una extravagancia. Pero quien me conozca sabrá que soy bastante más sencilla de lo que parece.
Yo elijo pensar que, por sobre todas las cosas, amo y respeto mi libertad.
Elijo pensar, como Groucho Marx, que "no deseo pertenecer a ningún club que acepte como socio a alguien como yo".

9/06/2008

A golpes de timón

Los seres humanos solemos apostar todas nuestras fichas al smooth sailing pero, claro, en ocasiones, las aguas se tornan turbulentas y, en otras, demasiada calma nos aplasta. En ambos casos, se impone un golpe de timón.
Cuando miro atrás, puedo reconocer cada instante preciso en el cual un golpe de timón –a veces un acto mínimo e imperceptible; otras un verdadero terremoto emocional– cambió definitivamente, para la alegría o para el dolor, el rumbo de mi vida. Una tarde de diciembre de 1976 que tuvo la punzante efectividad de la muerte; un mediodía frío y soleado a fines de julio del 82 y otro, ardiente, a principios de marzo del 85, cuando vi la luz de los ojos de mis hijos. Un amanecer en viaje hacia lo desconocido a mediados de 2000, un viaje que prometía la gloria y trajo el infierno. El Viernes Santo de 2005 en que pude huir de una pesadilla que parecía interminable. La noche del 23 de marzo de 2007 cuando un abrazo postergado durante más de 30 años abrió esta etapa que vivo hoy. El 12 de agosto de 2008, una tarde largamente esperada en la que se concretó un sueño.
Uno guarda en su memoria infinidad de escenas de su vida, infinidad de fotos en las que se congela un instante de la historia. Donde el tiempo se detiene y desaparece.
Sin embargo, sólo algunas de esas fotos reflejan los golpes de timón. Sólo unas pocas responden a las preguntas "¿dónde empezó?" o "¿dónde terminó?". Solemos estar más preocupados por responder la perentoria "¿cuándo terminará (la malaria, la penuria, la mala racha)?" o imbuidos en el no menos perentorio ruego "que no se termine nunca (la bonanza, la felicidad)".
Lanzados al control del presente y a la planificación del futuro, nos olvidamos del pasado. De esos momentos en los cuales un golpe de timón nos depositó en la orilla apacible desde la cual hoy miramos la vida o nos encauzó hacia los rápidos que intentamos atravesar sin estrellarnos contra las filosas rocas.
De una manera o de otra, desde la conciencia del dolor o desde la gloriosa celebración de la alegría, encontrar dentro de nosotros esas fotos, reconocer su valor como origen de un viraje –inesperado o no– que dibuja un mapa único e irrepetible –nuestro mapa–, nos recuerda que para estar donde estamos tuvimos que pasar por donde pasamos.