5/08/2009

A mí no me habla

Desde su asunción, en diciembre de 2007, la señora que ejerce la Presidencia de la Nación –me resisto a utilizar el femenino de presidente y no puedo omitir que una de las entradas de la RAE para dicha palabra la define como "(coloq.) la esposa del presidente"– ha cambiado mucho su relación con los medios de comunicación. En un principio, sus contactos eran casi nulos y sus apariciones se reducían a los actos partidarios. Luego, a raíz del larguísimo conflicto con los productores agropecuarios, la estrategia dio un importante viraje y una de las dependencias de la residencia de Olivos se transformó en el lugar desde el cual la Primera Mandataria mantiene frecuentes encuentros con la prensa nacional e internacional.
Sin embargo, algo no ha cambiado: la señora Fernández de Kirchner –no sé cómo mantiene ese subyugante "de" alguien que se empeña en complicar sus alocuciones con la multiplicación de los "todos y todas" o "ellos y ellas", impostura verbal de la igualdad de género políticamente correcta– no le habla al país.
Lo repito todo junto: la señora Fernández de Kirchner no le habla al país. Nunca mira a cámara, nunca se dirige a esos "todos y todas" que le delegaron la función que hoy cumple; nunca hace otra cosa que buscar la aprobación de los asistentes a un acto proselitista o de los ocupantes de las primeras filas de asientos en la corte de Olivos, esos fieles seguidores de su gestión, los incondicionales, aquellos que interrogados acerca de su desempeño seguramente la vivarán.
No le dijo al país que enviaría al Congreso la resolución 125; no le dijo al país que habría planes para adquirir automotores, heladeras, cocinas, calefones, termotanques o bicicletas; no le dijo al país que implementaría un plan de obras públicas por $111.000 millones.
Es posible que ese estilo de aparición mediática se deba a que está atravesada por los tics y muletillas de tantos años en el Congreso, donde no se le habla a la ciudadanía sino a los pares con los que se comparte la actividad legislativa. O, tal vez, la típica toma de primer mandatario sentado a una mesa de trabajo con la sola compañía de la bandera nacional le produzca cierto escozor por recordarle las tristes cadenas nacionales de la dictadura. Puede ser también que ese formato la remita al archiconocido escenario del Despacho Oval que, aunque modernizado por la informalidad de Obama, dista mucho de parecerse al "Aló Presidente" de Chávez.
Entonces elige el atril, el micrófono obsesivamente acariciado, la mirada puesta en un auditorio amigable. Pero no me habla a mí. De un modo cortés me deja afuera. A mí y a otro montón de ciudadanos y ciudadanas que, también, somos parte del "todos y todas".

1 comentario:

Danilo Gatti dijo...

No nos habla, ni nos escucha