3/18/2008

Hoy

Amanece.
Las historias que quedaron sobre la cama
se esconden silenciosas
entre los pliegues de las sábanas.
Cierro puertas. Abro ventanas.
Dejo entrar la luz que le devuelve a las cosas
su peso, su forma y su sentido.
Bajo la ducha, despego de mi piel
el olor de la tuya y veo con alivio
los fantasmas escurrirse en la bañera.
Rezo una oración pagana agradeciendo
a los dioses crueles que dictan mis palabras.
Repaso la historia, dibujo un mapa,
una carta náutica signada por estrellas
sólo para entender
que estoy limpia, libre, bendecida;
pronta a iniciar otro viaje,
despiertos los sentidos.
Y voy, como flotando, directo a la salida.

3/13/2008

No me gustan los obituarios

Una sola vez en mi vida, en marzo de 1999, escribí algo parecido a un obituario. Fue en ocasión del fallecimiento de Adolfo Bioy Casares. Tenía que ver con un supuesto reencuentro con su compañero de aventuras literarias, Jorge Luis Borges. Así como siempre hago yo las cosas, con el impulso del sentimiento, la mandé al casi recién estrenado sitio web de La Nación que por ese entonces tenía muchas secciones en las cuales los lectores podían participar. Y me olvidé del asunto hasta que empecé a recibir una catarata de e-mails comentando mis palabras.
El tiempo pasó, Bioy dejó de ser noticia (¡qué horror!) y volví a olvidarme del asunto ("me trabajó el olvido", habría dicho Borges).
Lo cierto es que alguna vez, "googleándome" (una actitud de imperdonable narcisismo) encontré referencias a esa nota. Un colegio la había tomado para que los alumnos trabajaran el texto. Y, lejos de enorgullecerme, me avergoncé.
Es que, me tomó un rato largo entenderlo, no me gustan los obituarios. No me gustan las frases hechas que allí se reproducen. No me gusta el ensalzamiento post mortem, casi siempre injusto y, verdad de perogrullo, tardío. No me gustan los golpes bajos ni la sensiblería. Y mucho menos me gusta que, apenas unas horas después de haber vertido ríos de tinta –reales y virtuales–, el flujo de las noticias haya trasladado el foco de atención hacia cuestiones banales y mucho menos permanentes que la muerte, enterrando –valga la palabra– a la persona.
No me gustan los obituarios porque, sin disimulo y sin escrúpulos, hacen de un ser humano un prócer con fecha de vencimiento. No me gustan porque, en el fondo, si bien me conmueve, no me apena la muerte de quienes han tenido una vida fructífera y llena de realizaciones. Porque eso de que alguien murió y "tenía tanta vida por delante" me parece una soberana estupidez. Porque los seres que amamos o admiramos (o ambas cosas a la vez) viven siempre en nosotros por lo que han hecho, por la huella que han dejado, por los momentos compartidos, por cada una de las cosas que, sabiéndolo o no, nos regalaron con su existencia. Y, lo más importante, ESTAN.
Ojalá pudiésemos aprender a vivir con la conciencia de la muerte como un hito más de nuestras vidas. Con la certeza de la trascendencia de cada uno de nuestros actos. Con la grandeza de reconocer de inmediato los actos trascendentes de nuestros semejantes. Con la humildad de agradecérselos. Con el orgullo de que su desaparición física no nos haya sorprendido sin haberles hecho saber cuánto los admirábamos y cuánto los queríamos. Si así fuese, no sería necesario obituario alguno.

3/04/2008

Día Internacional de la Mujer

Gusz, en nombre de Area Queer NOA, me invitó a escribir un texto con motivo del Día Internacional de la Mujer.
Se puede leer acá.
¡Gracias, Gusz, por la invitación!

3/01/2008

La palabra

Entre las obsesiones que me aquejan no sólo están el escritorio, la heladera o los post-it. Por ser tal vez las más mundanas, ésas son pasibles de ser tomadas con humor.
Pero están las otras. Las que me imponen, más tarde o más temprano, el salto al vacío interior. Las que me obligan a viajes con puntos de partida móviles y destinos inciertos. Las que no puedo controlar. Las que me acosan. Me llevan, me traen, me ponen y me sacan. Y entre ellas, la más pertinaz. La más honda. La más obsesiva de mis obsesiones: la palabra. La arcilla que me modela. El lienzo en blanco que me retrata. El cincel que me esculpe. La materia que me trabaja.
Palabras... Las que nombran lo que hay en mi mundo. La que me nombra y me da sentido. La que no por callada se ignora. La que llega en el momento preciso y la que no llega nunca.
La palabra que se da, se pide, se toma, se tiene, se retira, se cede y se empeña.
La mayor, la mala, la santa. La de honor, la grosera, la última. La media, la clave, la mágica.
La que alguien nos deja en la boca cuando nos da la espalda. La que se lleva el viento. La que cruzamos con algún otro así como al pasar. La que hemos de comernos por haber sido imprudentes o impulsivos. La propia. La ajena. La que viene preñada de sentidos. La vana. La que se tuerce por mal uso. La que se ahorra por hartazgo.
En cuanto a quienes las usan, las abusan o las ignoran. Están los de pocas, los de una sola, los de muchas, los que se van sin decir ni media. Los fanáticos de las cruzadas. Los que con ellas hacen juegos.
Hay libertad bajo palabra. Hay personas de palabra, que repiten palabra por palabra y otras con facilidad de palabra. Hay cosas que se resumen en una palabra o que nos dejan sin palabras.
Y hay momentos en los que no se puede decir ni una palabra más.

Soledad

Lleno de voces
como humo.
Ahogado en un destino
de acordes desgarrados.
Muerto sin saberlo.
Desahuciado.
Solo.
Vas por la vida
cargando con tu cuerpo,
empujándote hacia la nada,
arrastrando los recuerdos,
revolcándote en el miedo.
Vas por la vida
desbordado de sombras.
Solo.
La mirada hundida
en la espalda del mundo.
Solo.
Solo y encerrado.
Corriendo
tras una línea blanca
de esperanza.
Sabiendo con la carne,
entendiendo con la piel
que la luz
muere
en tus ojos.